“Llevaba la esperanza de que no estuviese muerto”

Este lunes se cumplen cuatro décadas del hecho ocurrido durante una tradicional corraleja en la capital sucreña que dejó 400 muertos.

María Victoria Bustamante, Ernesto Benavides y archivo
La tragedia cobró la vida de 400 personas y dejó más de dos mil heridas. María Victoria Bustamante, Ernesto Benavides y archivo
Sucre

Este lunes se cumplen cuatro décadas del hecho ocurrido durante una tradicional corraleja en la capital sucreña que dejó 400 muertos.

Este lunes se cumplen 40 años de una tragedia que dejó más de 400 muertos y 2 mil heridos: la caída de los palcos de una corraleja que para ese entonces era de tres pisos.

Era domingo, se lidiaban los astados de Pedro Juan Tulena y no de Arturo Cumplido Sierra. El reconocido ganadero donaba los toros del día tradicional de la otrora fiesta buena en Sincelejo, la fiesta en corraleja. Era el cuarto día de la temporada taurina y pasadas las 4:00 de la tarde, la hora de la tragedia, había tres toros en la plaza.

La lluvia, al igual que la fiesta brava, estaba en su furor, y aunque había sobrecupo en los tendidos los espectadores continuaban llegando, incluso menores de edad porque para ese entonces no había restricción y controles sobre ese tema.

Los entendidos en la tauromaquia aseguran que el sobrecupo en los palcos aunado a la lluvia que caía desde el mediodía fueron el detonante para que los cimientos de la estructura de madera cedieran y ocurriera la tragedia que es recordada en el mundo entero y de la que en Sincelejo no hay nada que lo recuerde, está en el imaginario colectivo.

La tragedia pudo haber sido mayor, pero solo fue un tercio de la plaza Hermógenes Cumplido, situada en el barrio Mochila, y con unos 10 mil espectadores, la que se cayó.

Aquella tragedia que le costó al gobierno 4.356 millones de pesos hizo colapsar todo porque la ciudad no estaba preparada para ello, de allí que muchos de los enfermos fueron llevados a entes de salud de otros municipios como Corozal y los ataúdes llegaron de departamentos vecinos.

En su momento el Gobierno Nacional a través del Ministerio de Hacienda asumió el pago de la millonaria deuda por concepto de indemnizaciones a los familiares de los muertos y heridos. Con el tiempo esa deuda la asumió el Municipio de Sincelejo y a la fecha adeudan $1.800 millones que quedaron incluidos en el Acuerdo de Reestructuración de Pasivos.

Hoy, y desde hace 7 años las fiestas de toros que tras la caída de los palcos estuvieron en receso por 18 años, ya no se realizan. Esta fiesta ya no tiene ese atractivo de renombre nacional y mundial y por eso no es tan concurrida como en años anteriores.

Anuncia Buelvas Martínez aún llora la trágica partida de su hija Astrid.
Anuncia Buelvas Martínez aún llora la trágica partida de su hija Astrid.

Con cada enero llegan los pesares de Anuncia Buelvas

Es enero y el corazón de Anuncia Buelvas Martínez se arruga de melancolía, dolor y pesar al recordar que la mayor de sus hijas, Astrid, se fue de este mundo cuando apenas tenía 9 años.

De esto han transcurrido 40 años, pero para esta diminuta mujer parece que hubiese sido ayer porque sus ojos se inundan de lágrimas y su voz, recordando lo sucedido aquel 20 de enero de 1.980, se entrecorta.

Era el día más esperado de las fiestas de enero en Sincelejo, la fiesta en corraleja, que en ese momento tenía como atractivo para los niños los juegos de una ciudad de hierro ubicada al lado de la plaza de toros Hermógenes Cumplido. Anuncia siempre llevó a Astrid a divertirse, pero esta vez la niña quiso entrar a la corraleja. Su mamá le insistió en que no podían montar palcos porque no había plata suficiente, pero el palquero de aquel entonces accedió a dejarlas entrar a las dos por 60 pesos.

Se situaron en el segundo piso y cuando vieron que los palcos caían como naipes subieron presurosas al tercer nivel y desde allá, a pesar de estar cubierta entre las piernas por su mamá, cayó Astrid y la misma suerte tuvo que haber corrido Anuncia.

La niña se contabilizaba entre los más de 400 muertos y su mamá entre los 2 mil heridos sin saber la suerte que había corrido su hija.

Anuncia fue atendida dos meses en el Hospital Regional de Corozal porque sufrió fracturas en piernas y brazos, y solo se enteró de la muerte de su hija cuando la trasladaron al Hospital de Sincelejo.

Fue un dolor más, pero lo recibió sin anestesia porque “yo me enteré cuando una mujer llegó a la habitación donde me metieron a mí y dijo: aquí llegó trasladada de Corozal una mujer a la que se le murió la niñita en las corralejas y ella no lo sabe. Enseguida me puse a llorar como loca y llegaron los médicos y les dije que si no me sacaban del hospital me iba a tirar por la ventana para matarme, y entonces me mandaron para mi casa, la que vendí porque me traía malos recuerdos”, relata Anuncia, quien hace 25 años fue indemnizada con la suma de 9 millones de pesos.

El luto de Anuncia es evidente hace 40 años hasta en su vestir, y es de las pocas que cada 20 de enero llega a la tumba de su hija en el Cementerio Central de Sincelejo, al que tiene por costumbre visitar cada 15 días “para acompañar a su hija”.

Reconoce que desde hace 40 años le perdió el gusto a las corralejas y celebra que ya en Sincelejo no se realicen.

Elvira Moreno Gómez, viuda de la tragedia del 20 de Enero.
Elvira Moreno Gómez, viuda de la tragedia del 20 de Enero.

Elvira quisiera tener el poder de olvidar

Cada vez que Elvira Moreno Gómez, de 67 años, se asoma a la ventana de su vivienda en el barrio El Cortijo, en Sincelejo, siente la brisa que le llega desde el parque construido en su honor y en el de las otras viudas que dejó la tragedia de la caída de los palcos aquel 20 de enero de 1.980.

En este sitio, del cual las bancas están quebradas y el piso sucio, no tiene placa conmemorativa sobre la tragedia y que muestre algo tangible que conmemore lo sucedido.

Sin embargo, Elvira siente ese lugar como suyo, así como las demás mujeres que perdieron a sus esposos esa tarde de enero, de las cuales muchas también ya han muerto.

Está en su imaginario, así como la memoria de su esposo José Luis Cruz, quien tenía 49 años cuando las tablas y el peso de la gente lo mataron en las corralejas.

Este señor era oriundo de Tumaco (Nariño) y se dejaba llevar por el ritmo alegre de la Costa, incluyendo la fiesta de toros.

Por esa razón, aquel día, de hace 40 años, salió de la casa que compartía con Elvira en el barrio Pablo Sexto y le dijo que ya volvía. Quería disfrutar un rato a ritmo de porros y guapirreos mientras observaba a los astados brindar el espectáculo. Nunca volvió a la casa, aunque sí lo hizo, pero metido en un ataúd.

Tuvieron seis hijos los cuales hoy en día se convierten en el recuerdo tangible de su marido, de estos a Elvira le ha tocado enterrar a dos.

“Yo no fui a esas fiestas. Cuando se cayeron los palcos eso se regó por toda la ciudad, por eso me enteré de una vez. Yo guardaba la esperanza de que a mi esposo no le hubiese pasado nada, pero no fue así y murió como tantos otros en esa cosa tan horrible”, rememoró Elvira.

Se conocieron en Sincelejo porque a él le tocó trabajar en esta ciudad. Así comenzó el romance que demoró cerca de 20 años y que desafortunadamente terminó ese domingo.

Elvira no quiere recordar eso. Lo confesó cuando el periodista de este medio le pidió que contara su historia.

 

“Todos los años es lo mismo. Ya olviden eso así como yo lo hago”, comentó.

Pero ella no olvida, eso se nota a simple vista al observarle el rostro acongojado cada vez que mencionaba el nombre de su esposo.

Si por ella fuera frenara enero, pero es difícil desprenderse de eso que vivió porque han sido noches de interminable llanto, de preguntas sin respuestas y de ironía, porque cada enero, para los días de fiesta, muchos ríen y bailan, pero ella sufre.

Mercedes Salom Oviedo, viuda del 20 de Enero.
Mercedes Salom Oviedo, viuda del 20 de Enero.

La historia de amor acabada por la caída de los palcos

Mercedes Salom Oviedo todavía llora cuando recuerda ese domingo 20 de enero de 1980. Una atmósfera triste se posó sobre su vida desde esa tarde cuando se dio cuenta de que su amado, el hombre al que le había entregado su vida y le había parido siete hijos, quedó sepultado entre clavos y tablas, pisoteado por la multitud que quería huir de la tragedia.

Tiene 76 años, pero para ella parece que se hubiese detenido el tiempo cuando supo que el moreno fornido, alto y de entradas, ya no llegaría más al umbral de su puerta en la casa del barrio Las Américas, en Sincelejo, porque fue una de las más de 400 víctimas de la caída de los palcos.

Remberto Morales Barboza tenía 49 años cuando falleció. Se desempeñaba como auxiliar de la Defensa Civil y esa tarde estaba en las corralejas ayudando a un amigo en una venta.

“Estaba en la casa cuando vinieron a decirme que las corralejas se habían caído. Mi esposo estaba allá porque un amigo le había pedido el favor de que lo ayudara en unas ventas que tenía en la fiesta. Como él conocía bastante gente por eso le pidió ese favor. Pensé lo peor cuando me dijeron eso, pero llevaba la esperanza de que no estuviese muerto. Cuando llegué vi todo revolucionado y no lo encontré…”.

En este punto el relato se detuvo porque las lágrimas fueron más poderosas que Mercedes y le quebraron la voz. Aun así prosiguió, tanto en el relato como en la vida, con la pesadumbre a cuestas.

“Me dijeron que lo tenían en el Hospital San Francisco (hoy Unidad Intermedia San Francisco de Asís), pero ya estaba muerto. Su cadáver estaba revuelto con esa cantidad de gente que murió, por eso no lo pude ver sino hasta cuando me lo entregaron para el sepelio colectivo”, dijo.

Demoraron conviviendo 18 años, tiempo suficiente para demostrarse todo el amor que se puede dar. Por eso los recuerdos siguen vivos en esta mujer de mirada tierna. De esa misma familia también murieron la esposa de un primo y un sobrino de él, de 12 años.

El núcleo se enlutó, pero la fortaleza los unió con el pasar del tiempo, el mismo que dicen que lo cura todo.

Estas imágenes de hace 40 años son la evidencia de aquella tragedia en Sincelejo.
Estas imágenes de hace 40 años son la evidencia de aquella tragedia en Sincelejo.

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