El Heraldo
El maestro Juan ‘Chuchita’ Fernández con su esposa Arnulfa Mercado. Atrás, su cama donde duerme bañado de luna y se despierta con el canto de las aves del monte. Lorena Henríquez
Entretenimiento

El último gaitero no le teme a la muerte

Desde hace unas semanas, el maestro Juan Fernández, o ‘Juan Chuchita’ como es conocido en San Jacinto, sufre dolencias que lo han alejado de los viajes y de los toques por el trajín de las giras.

En la estación de gasolina, a la entrada del poblado de San Jacinto, se detuvo la camioneta. Bajé el vidrio de la puerta y pregunté:

—¿Dónde vive Juan Fernández?.

Cinco jóvenes mototaxistas dirigieron en el acto su mirada a nuestro vehículo y se atropellaron para responder:

—¡Ah, el maestro ‘Juan Chuchita’! Yo lo llevo, con gusto—, gritaron casi al mismo tiempo.

El más acelerado de todos encendió su moto y nos ordenó: —¡Síganme! Y lo seguimos.

Tomamos camino por una loma, rumbo a la vivienda del último gaitero de la dinastía del fuego de sangre pura, que tiene su trono real en el corazón de los Montes de María, cuyas montañas, después de la gran sequía, hoy se levantan tapizadas de verde esmeralda gracias a los diluvios justos y necesarios de mitad de año.

Lo encontramos a las siete de la mañana, bañado de sol, sentado en la puerta de su casa, con su mujer Arnulfa Elena Mercado, de 81 años; y su hija Marelvis del Rosario Fernández Mercado, ambas tejedoras excelsas de hamacas grandes, tan grandes como el cerro de Maco.

Llevaba varias semanas taciturno y sin pasar bocado. Cosa rara en él.

—No estoy muy bueno, como dijo el otro, comenzó a contarnos, poniéndole buena cara a los malos ratos de la salud.

Su amada Arnulfa Elena dice que su gaitero “anda achacado” y que, desde mayo, cuando fue a Bogotá a una presentación y agarró una gripe, no ha estado bien.

A pesar de las preocupaciones de la mujer y de su hija, en las últimas semanas el maestro Fernández volvió a levantarse al alba y a cantar como los pájaros del monte, que saludan alegres el nuevo despertar del mundo.

Vea, yo no pienso en la muerte. Pero, al fin y al cabo, uno termina siendo abono para la tierra, dice el gaitero, que se protege de la lluvia de rayos solares con su sombrero sabanero, que tanto lo caracteriza.

Hace unos veinte días lo llevaron a una clínica en Sincelejo y el tratamiento médico que le ordenaron lo alentó. Ahora está a la espera de una ecografía para tomar una determinación clínica sobre si es necesaria una cirugía.

El maestro Juan Fernández, o ‘Juan Chuchita, de 86 abriles, como lo conocen todos, es primo del gran gaitero fallecido ya, Toño Fernández, una leyenda que el Caribe y el mundo conocieron como el gran cantor campesino de los Gaiteros de San Jacinto, en los años 60 y 70.

Juan no está en los cuarteles de invierno, como se creyera. Aún canta y toca en tarima.

—Cuando esté mejorcito vuelvo a los toques, asegura.

Es un compositor prolífico. Ganador del premio Grammy Latino en el 2007. No sabe leer ni escribir, y él y su mujer dicen que no tienen idea de cuántas canciones ha compuesto, pero calculan que son “uh, bastantes”.

El amigo del gaitero y coterráneo, el periodista y conocedor de su música y su vida, Juan Carlos Díaz, asegura que pueden ser unas cincuenta a sesenta canciones.

Todas las tiene almacenadas, en perfecto estado, en su cabeza y una vieja o una nueva que se la pidan para cantar, la canta, como él dice, sin equívocos ni olvidos.

El gaitero prodigioso, que no se deja vencer por las adversidades, es quien se encargó de preservar la imagen, grandeza y tradición de los Gaiteros, a través de los años modernos.

En el 1976 ingresó de la mano de su primo Toño Fernández a la famosa agrupación. Antes tocó con Andrés Landeros, otro monstruo de la música de acordeón, ya fallecido. Hijo ilustre de San Jacinto.

En los Gaiteros, tuvo que esperar su turno para cantar porque su primo Toño era la estrella en esos tiempos. Aprendió e hizo correrías por el mundo con la agrupación. Y hoy es el último que queda de aquella generación de genios de la cumbia y de las rondas de fandangos, gaitas y tamboras.

‘Juan Chuchita’ le ha compuesto a todo. Hasta al desamor sufrido en carne propia. Contó la historia de una mujer por la que perdió la cabeza. Por ella dejó a su querida Arnulfa Elena de ocho días de parida y sus seis hijos. Y no volvió en dos años.

La mujer ahora se muere de la risa cuando él cuenta lo ocurrido. Pero fueron años duros para ella porque no volvió a saber de él en ese tiempo, como si la tierra se lo hubiera tragado. Entonces, ella sostuvo el hogar a punta de hamacas tejidas.

El gaitero contó este episodio de su vida en la canción La Pensión de Ocaña, que hizo famosa el también desaparecido Enrique Díaz.

Juan regresó vencido a los brazos de Arnulfa, su mujer, quien no tuvo reparo en recibirlo. Nunca más la dejó. Hoy cuentan sesenta y dos años de vida en pareja.

—Ahora que estamos viejos nos queremos más, dice el gaitero, la abraza y sonríe.

Su esposa le dio cuatro hijos más y a ella también le compuso una canción, esta de amor verdadero.

Yo voy a hacer una cumbia para bailar con mi mujer/ tiene diez hijos que nunca lo olvidaré/esta cumbia es para Arnulfa, que la hizo Juancho Fernández, dice un aparte de la canción.

El gaitero nos cuenta sus historias y canta como un ave. A su edad, como él mismo lo dice: —Si se ofrece de cantar, canto, pero con estas dolencias es mejor esperar.

Por sus males de salud se acaba de perder un viaje a Alemania. Los Gaiteros se fueron a hacer una correría por ese país de Europa hace unas semanas, pero él se abstuvo de acompañarlos porque temía que le pudiera pasar algo tan lejos de los suyos: —Conozco esos trajines, por eso fue mejor quedarme, expresa.

Lo acompañamos al patio. Allí duerme, en una enorme cama, protegida con un toldo y rodeado de gallinas criollas.

No le gustan las cuatro paredes de cemento de la habitación de su vivienda. Prefiere dormir bañado por las lunas y los luceros de las noches y refrescado con los vientos que bajan fríos de las montañas de María.

A ese campo en el que ha vivido casi toda su vida, a esa sabana bolivarense de la que no quiere desprenderse ni en los sueños, también le canta.

Yo vivo en un campo alegre/en medio de una sabana/y cuando el ganado brama/canto para entretenerme/Yo me voy, yo me voy, yo me voy para campo alegre/pero mi amor que no se quede/A las cinco de la mañana salgo a regar mi cultivo/después la paso tranquilo/recorriendo la sabana.

El virtuoso músico cuenta que “en vez de amanecer renegando, me pongo a cantar”. Y entre canto y canto va espantando el temor a la muerte, a la que el gaitero, con su sabiduría campesina y su sencillo hablar, así se refiere:

—Somos como las gallinas que van picoteando alegres por ahí hasta que una mano la escoge y la lleva a la olla.

El último gaitero de la dinastía de los Fernández dice que “nací inteligente para cantar” y ahí mismo vuelve y canta y canta a su mujer.

Nos mira y nos dice, con sus ojos de pajarito y picardía: —Ella está contenta porque estoy vivo, después de que me muera ella sabe que ya no habrá quien le cante.

Y ella, Arnulfa Elena, no puede evitar una lágrima que el sol seca en sus mejillas ajadas.

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