Chalán: la huella imborrable del burro-bomba

Se cumplieron 19 años de la masacre cometida en Sucre por las Farc. Sus habitantes dicen que este hecho de violencia dividió la historia del pueblo.
José Luis Cruz
Plaza central de Chalán, desolada. Por años, después de la masacre, fue conocido como “el pueblo candado” porque quedó casi solo. José Luis Cruz
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Se cumplieron 19 años de la masacre cometida en Sucre por las Farc. Sus habitantes dicen que este hecho de violencia dividió la historia del pueblo.

Chalán, Sucre. En este pueblo se detuvo el tiempo. Las horas se cuentan a través de los tabacos que ennegrecen los labios marchitos de un campesino, los minutos son guiados por el movimiento solar y los segundos escapan en la sonrisa ingenua de un niño que desconoce el pasado.

Todo resulta macondiano. En la mañana el sol es inclemente y la noche es acariciada por el frío. La iglesia, como pocas, no tiene reloj, y el burro, el medio de transporte por excelencia, fue utilizado como arma de guerra.

El jueves 12 de marzo a las 7:30 de la noche el pueblo hacía un duelo silente después de 19 años de un hecho sin precedentes en el mundo: en 1996, a esa hora y día, un burro gris, poco atractivo y con un paso más lento que el resto de su especie, cargó con el peso de su cruz camino al martirio.

El animal llevaba camuflado entre bultos de hierba 60 kilos de dinamita. La comunidad lo vio: un hombre con sombrero de ala ancha lo conducía desde la calle Real, pasando por el 11 de Noviembre, hasta la plaza de Chalán, donde fue detonado.

Once policías que permanecían en la estación perecieron, según reportaron las autoridades en su momento. Pero la comunidad asegura que solo fueron 7 y que a los restantes los mataron y quemaron cuando intentaron hacer justicia por la muerte de sus compañeros a manos de guerrilleros de los frentes 35 y 37 de las Farc.

Las víctimas, de las que no hay un monumento en homenaje, fueron el comandante de la estación, Fernando Luis Carrascal Mendoza, de 38 años, de Momil (Córdoba); José Rufino Alvarado Guillén (31), de Barranquilla; José Ramírez Montes (24), de Chinú (Córdoba); Néstor Marriaga Hernández (29), de Barranquilla; José Déider Díaz Paternina (26), de San Antonio de Palmito (Sucre); John Fernández Ospina (28), de Dosquebradas (Risaralda); John Alexánder Julio Buelvas (29), de Cartagena; Aristides Barrios Álvarez (29), de Corozal (Sucre); Jesús Restrepo Mendoza (31), de Barranquilla; Samuel Díaz Julio (25), de Sincelejo, y Heberto Fernández Rodríguez (36), de Calamar (Bolívar).

Aún hay tristeza

“Ahí se los dejamos para que se los coman”. Esta frase retumba tan fuerte en la mente de Elvira Montes Pasos como la explosión que estremeció a su pueblo. Así, asegura, le dijeron los guerrilleros  que se marcharon dejando a los uniformados calcinados.

Esta mujer, contra viento y marea, dedicó 20 años a prepararles los alimentos y lavarles la ropa a policías; a los últimos que les sirvió fue a los 11 que asesinaron. Ella afirma que a todos los quiso como si fueran sus propios hijos.

“Por aquí pasó el hombre con el burro. Era alto, con sombrero de concha, camisa manga larga, pantalón y botas hasta la rodilla, y estaba acompañado por un joven mono, de suéter rojo, a quien le dijo que se llevara el burro para arriba, donde estaba el comando. A un agente que estaba en mi casa le llamó la atención porque se notaban misteriosos y preguntó que para dónde iban, pero no le respondieron”, recuerda Elvira Montes.

Y continúa: “Mientras el muchacho con el burro caminaba, el otro se pasó a un lado de la calle y simulaba que estaba orinando, pero no. Tenía una mochila y la movía, era que desde acá manipulaba un control porque al poco rato se escuchó la explosión”.

Elvira Montes evoca la tragedia en medio de lágrimas, aunque dice con resignación que fue de las pocas personas que estuvo al servicio de la Fuerza Pública y tiene el privilegio de “permanecer viva” en los Montes de María.

Ataque sin descanso

Primera página de EL HERALDO informando sobre el cruento ataque de guerrilleros de las Farc.

Eduardo Antonio Zambrano González vive a pocas cuadras de la plaza, en la calle Real, y recuerda que el fatídico día estaba sentado en el corredor de su vivienda. A él le llamaron la atención el burro cargado de hierba y su chalán: el animal por su carga, pues llevaba suficiente comida que le podía servir a un astado de su propiedad, y el desconocido por el afán de cubrirse el rostro con su sombrero.

“Voltearon el callejón y cogieron por el 11 de Noviembre, a los pocos minutos se escuchó la explosión. Después supe que aquel hombre tenía que ver con el suceso”, rememora. Zambrano dice que el pueblo se llenó de unos 100 guerrilleros que dispararon durante toda la noche. Las armas solo las silenciaron en la mañana siguiente cuando ingresó la Fuerza Pública por tierra y aire.

Después de ese hecho, no más de 50 familias quedaron en el pueblo, las casas permanecían cerradas, por lo que asegura el inspector de Policía Ramfis Yépez Yépez, que el municipio fue llamado “el pueblo candado”. La explosión también destruyó el centro de salud, el colegio Gabriela Mistral y la sede de la Alcaldía.

Poca justicia

El atentado con el burro-bomba generó el rechazo de la Policía Nacional que en ese momento dirigía el general Rosso José Serrano, y en Sucre la comandaba el coronel Luis Encizo Varón.

Luego de la masacre el Ministerio de Defensa consideró que Chalán no merecía la Policía que tenía, creía que la comunidad había tenido alguna participación en los hechos y, en razón de ello, ordenó retirar la institución. Lo mismo ocurrió en otras poblaciones de Sucre.

La Fiscalía 80 de la Unidad Nacional Especializada inició la investigación con el radicado 32483 para procesar a los responsables de tan atroz hecho y fue así como el 9 de junio de 2004 acusaron a 125 personas, entre hombres y mujeres.

Muchos de ellos, identificados con alias, estuvieron privados de la libertad y luego la recobraron. En un principio los sindicaron de concierto para delinquir, terrorismo, secuestro extorsivo, homicidio agravado, lesiones personales, rebelión y otros delitos, pero, con el pasar de los años, unos fallecieron y la justicia no logró probar todos los delitos. Solo el de rebelión.

En diferentes oportunidades, la Policía ha recapturado a varios de los presuntos responsables, entre ellos a Gilberto Jiménez Borja, a quien el 10 de febrero de 2012 condenaron a la pena de 26 años y 8 meses de prisión por rebelión y homicidio múltiple.

El 20 de septiembre de 2013 el Juzgado Penal del Circuito Especializado de Sincelejo declaró una nulidad en el proceso, a partir del cierre de la investigación. Este regresó a la Fiscalía Segunda Especializada, que en 2014, al calificarlo, acusó a por lo menos 50 de los cerca de 100 guerrilleros del delito de rebelión.

Como ese delito ya no era competencia de un juez especializado, el proceso fue enviado al Juzgado Segundo Penal del Circuito de Corozal y actualmente está para fallo en el despacho.

Todo fue peor

El inspector Ramfis Yépez recuerda que solo hasta el 17 de octubre de 2002 llegó de nuevo la Fuerza Pública, en especial la Policía. Por años, el pueblo estuvo a merced de los grupos armados ilegales. “Hasta ese momento vuelven a mirar hacia los Montes de María, reconstruyen la estación y el Ejército recupera esta subregión donde hicieron salir a los grupos insurgentes”, dice.

Para el funcionario, Chalán tiene un atraso de 20 años porque antes de lo del burro-bomba había fábricas, almacenes y tiendas prósperas que se acabaron con la inseguridad. “Las inversiones que hizo el Gobierno Nacional no han generado el cambio que se pensaba.

Cada día se ve más desolado el pueblo con el peso de un hecho que nos marcó de por vida”, enfatiza.

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