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Lo peor que le pudo pasar a las cuatro principales capitales del país –Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali– fue la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia. En lugar de encontrar en él un aliado, para sacar adelante sus programas, los cuatro alcaldes se toparon con un gobernante mezquino, ruin y hostil. Como “‘mula muerta”, Petro se atravesó en su camino para que aquellas iniciativas que necesitaban del respaldo del Gobierno nacional fracasaran.

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Que lo diga el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, que lo ha tenido que padecer, desde el 7 de agosto del 2022, cuando Petro llegó a la Casa de Nariño. La larga lista de “cuentas de cobro” comenzó con la cancelación de los Juegos Panamericanos, cuya sede había sido designada a la ciudad. Desde entonces Petro no escatimó esfuerzos para hacerle daño a Barranquilla.

Cansados, aburridos y molestos con el trato que han recibido de Petro, desde la Presidencia, los alcaldes explotaron en la más reciente asamblea de Asocapitales, celebrada en Medellín. El gremio agrupa a los 32 alcaldes del país. El vocero de las “cuatro grandes capitales”, Carlos Fernando Galán, alcalde de Bogotá, resumió la situación en una sola frase: “El Gobierno nacional le dio la espalda a las ciudades capitales”.

Y en un país afrentosamente centralista como Colombia, ese comportamiento significa tanto como expedir un acta de defunción a muchos de los programas que los alcaldes llevan a cabo, pero que necesitan del Gobierno nacional para sacarlos adelante. Sin ese músculo es imposible.

En la asamblea de Asocapitales, la voz de Alejandro Char –el alcalde con mayor aprobación del país, por encima del 82 por ciento– se hizo sentir con franqueza y vehemencia: “Esto es terrible. La Policía Nacional no tiene ni motos. Tuvimos que comprárselas nosotros. No tienen un radio, no tienen una cámara. Si no fuera por los presupuestos del Atlántico y de Barranquilla, no tendrían cómo moverse, porque ni siquiera tienen gasolina”, afirmó Char, muy molesto con la situación.

En términos similares se expresaron Federico Gutiérrez, de Medellín; y Alejandro Éder, de Cali. El primero habló del “odio” que le tiene Petro, tanto a él como a la ciudad, mientras Éder se quejó de la falta de ayuda de Petro a Cali y al Valle del Cauca.

Al terminar su mandato, no hay duda de que Petro atentó contra las cuatro principales ciudades del país, las mismas que generan el 54 por ciento del PIB y agrupan el 73 por ciento del tejido empresarial. Es decir, las que más y mejores empleos generan. El 50 por ciento de la población nacional está concentrada en estas ciudades. Atentar contra el desarrollo de ellas –como han hecho Petro y sus ministros– es atentar contra el desarrollo nacional.

¿Cuáles son los efectos que tiene la hostilidad de Petro contra las principales capitales del país, entre ellas Barranquilla? ¿Qué hacer? Veamos:

Petro prefirió ser rival de las principales ciudades en lugar de ser su aliado

El modelo centralista –que agobia a Colombia desde hace décadas– atenta contra el progreso de las regiones y –sobre todo– de las ciudades capitales. Si el Gobierno nacional no es un aliado estratégico es muy difícil que buena parte de las iniciativas de los alcaldes prosperen. Siempre van a necesitar del visto bueno y de “una firma” de Bogotá. Es por ello que alcaldes y gobernadores terminan mendigando favores ante el Gobierno nacional. Hasta las sillas de un colegio en un municipio apartado debe tener la aprobación del “señor ministro”. Por ello, cuando el presidente de turno es un aliado las cosas fluyen. Pero cuando es un rival las iniciativas se atascan. Y por desgracia Petro y sus ministros no fueron aliados de los alcaldes de las cuatro principales ciudades del país. Todo lo contrario: fueron sus enemigos. Llegaron a la Casa de Nariño para vengarse. Punto. El mejor ejemplo es lo que sucede con Barranquilla. La triste y vergonzosa historia que contó Alex Char en Medellín –de la Policía sin motos y sin gasolina para “tanquearlas”– es solo un botón de muestra. En el caso de Barranquilla, le toca al alcalde sostener al Gobierno nacional para poder garantizar la seguridad de la ciudad, deteriorada de forma grave por cuenta de la “paz total” de Petro, que consintió a bandidos y delincuentes.

Petro no fomentó la descentralización, todo lo contrario: fortaleció la de centralización

Así como todos los candidatos promueven la lucha contra la corrupción –algo que ninguno cumple, cuando llega a la Presidencia– también deberían comprometerse con la descentralización y la autonomía regional. Petro no fortaleció la Constitución del 91. Todo lo contrario: su modelo centralista de gobierno la debilitó y la sigue debilitando mucho más, pues la constituyente que promueve sería el golpe de gracia a la carta magna que nos rige. De manera que –en lugar de asfixiar la Constitución del 91– lo que debería hacer el próximo presidente es darles desarrollo a los puntos que siguen pendientes. El sueño de la “bancada costeña” de la Constituyente del 91 sigue sin materializarse, entre otras cosas, porque siempre se estrella con el muro de contención del centralismo dominante. Es ese centralismo el que hace que Petro –desde Bogotá– atente contra los planes de seguridad del alcalde de Barranquilla. Si está demostrado que desde las cárceles extorsionan a los comerciantes, entre ellos los de la capital del Atlántico, ¿por qué el Gobierno nacional no acaba con la corrupción del Inpec? Es el gobierno el que debe eliminar ese nido de corrupción, pero al no hacerlo, son los alcaldes los que padecen el caos de las cárceles.

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El negocio irresponsable de Petro: atacar a los alcaldes para buscar réditos electoreros

Mientras Petro no ayude –ya no ayudó, porque le quedan pocos meses de gobierno– es imposible que los alcaldes combatan con eficiencia el narcotráfico, la extorsión, la trata de personas y el secuestro en sus ciudades. Durante su mandato, Petro prefirió la confrontación y el insulto a los alcaldes, en lugar de promover el diálogo y la búsqueda de consensos. Apostó por atacar a los alcaldes, buscando con ello réditos electoreros, en lugar de diseñar conjuntamente planes responsables de seguridad y convivencia. Por eso recortó los presupuestos de forma irresponsable y mezquina a todo lo que tenía que ver con seguridad. Después –cuando la inseguridad en las ciudades se desbordó por su proceder de mala fe– entonces cuestionó a los alcaldes con severidad y los señaló de pertenecer a la “oligarquía esclavista”, que “atenta contra el pueblo”. Promoviendo esas confrontaciones irresponsables y necias, contra los alcaldes de las cuatro principales ciudades, se les fueron los cuatro años de gobierno. Lástima.

A Barranquilla siempre le va bien con gobiernos nacionales aliados y amigos. No fue así con Petro

“Si el próximo gobierno ayuda a los alcaldes y gobernadores empezaría un período de gobierno nacional histórico para Colombia”, afirmó el alcalde Char en la asamblea de Asocapitales. Y tiene razón: el próximo presidente –o presidenta– debe trabajar de la mano con alcaldes y gobernadores, como siempre ha ocurrido. Los mejores momentos de Barranquilla los ha vivido cuando encontró presidentes aliados en la Casa de Nariño. Antes de Petro, todos fueron generosos con la ciudad. Los hechos y las obras así lo demuestran. El próximo gobierno deberá recuperar esa senda. ¿Qué ofrecen los candidatos presidenciales a las regiones? ¿Piensan seguir con el actual modelo centralista, que aplica con rigor y sin rubor la “ley del embudo”: lo ancho pa’ ellos y lo angosto pa’ uno. ¿Apostarán –¡pero en serio!– por la descentralización administrativa y la autonomía regional? Está visto –mucho más con Petro– que el centralismo voraz y perverso es el mayor enemigo de las regiones y las ciudades. Planes y programas que fortalezcan el funcionamiento de las capitales y sus áreas metropolitanas necesitan –sí o sí– de la ayuda del Gobierno nacional.