Por: Sandra Guerrero @sguerrerob

En video | Raspahierro pudo cambiar su nombre, pero el Venado no

La Guajira

La promotora del cambio de los nombres ridículos para al menos 5.000 wayuu víctimas de políticos y de funcionarios de la Registraduría asegura que solo 50 han podido hacerlo.

Acostado en un chinchorro, bajo la enramada de la ranchería Buenavista y rodeado de matas de yuca pasa sus días Rafael Pushaina, el nombre que lleva con orgullo desde hace cinco años.

Atrás quedó la vergüenza y la indignación por el nombre que tenía en su cédula por culpa de unos políticos que en medio de una cedulación masiva para obtener votos le pusieron en el documento Raspahierro.

“Me daba pena porque cada vez que llegaba a un lugar se reían o me decían que si iba a raspar hierro y yo no entendía al principio porque no sabía leer, pero después me explicaron”, afirma en wayuunaiki  el abuelo   de Angelina López González, quien hizo las veces de traductora.

Su relato es largo porque le gusta hablar del tema y lo hace con la cédula en la mano, la nueva, en la que aparece como Rafael, el nombre que quiso cuando cumplió los 18 años.

“Desde niño me llamaron Michín, pero yo quería llamarme Rafael y así lo dije en la Registraduría, pero como no sabía español pronuncié Raspaye y ellos le agregaron el hierro”, explica mientras se toma un café.

Afrenta contra wayuu

El caso de este wayuu, quien durante mucho tiempo fue autoridad tradicional de la comunidad Orokomana, no es aislado. Como él hay otros cinco mil indígenas de La Guajira que sufrieron esta afrenta entre los años 60 y 80, por parte de politiqueros con la anuencia de funcionarios de la Registraduría. Nunca hubo una  sanción penal ni disciplinaria para los responsables.

Quien la puso al descubierto fue la escritora wayuu Estercilia Simanca Pushaina en su cuento “Manifiesta no saber firmar” y que sirvió de inspiración para el documental “Nacimos un 31 de diciembre”, de Priscila Padilla.

Rafael, que en ese entonces (2011) era Raspahierro, fue el protagonista de la historia y el final feliz fue el cambio de su nombre. “Me siento contento, feliz, ahora muestro mi cédula con orgullo  y la guardo muy bien”, dice con vehemencia el anciano de 88 años.

En su obra, Estercilia narra la burla de la que fueron víctimas miles de wayuu, incluyendo a los miembros de su propia familia.

Coleima Pushaina, el personaje del cuento, una jovencita indígena, manifiesta que en una de esas jornadas de cedulación sus familiares hacían una larga fila para recibir esa “tarjetica plástica”.

De un momento a otro se dio cuenta que uno de sus tíos, Tanko Pushaina, aparecía como Tarzán Cotes; Ashaneish era Cabeza; otro de sus allegados llamado Arepuí se llamaba ahora Cazón; Cotiz era Alka-Seltzer y el primo Rafael Pushaina era Raspahierro.

De la misma manera a su primo Matto le pusieron Bolsillo, y Castorila era Cosita Rica.

La denuncia la llevó a  instancias judiciales para que se realizaran las respectivas rectificaciones y se restablecieran los derechos vulnerados de los wayuu que no cuentan con los recursos mínimos para hacerlos valer por sí mismos.

“El objetivo del cuento fue visibilizar en un contexto local el grave problema de los nombres indignos que llevan muchos indígenas”, expresó la escritora wayuu.

En el transcurso de su investigación, antes de escribir esa historia, descubrió que por cumplir una meta en estas cedulaciones se mostró un nivel “inhumano” alto al poner estos nombres como producto de las “interpretaciones” de los funcionarios de la Registraduría cuando llegaba un indígena y en su lengua manifestaba cómo quería ser identificado.

“Según mis indagaciones solo van unos 50 wayuu a quienes les han cambiado el nombre y creo que son cerca de 5 mil los afectados”, asegura.

Cachón, Choriso, Baloncita, Bombom
Baloncita se llama ahora Elizabeth; Choriso con su nueva cédula como Turizo y  Caíto (antes Cohito) muestra orgulloso su nueva cédula con el nombre que quiso llevar siempre.
Baloncita se llama ahora Elizabeth; Choriso con su nueva cédula como Turizo y Caíto (antes Cohito) muestra orgulloso su nueva cédula con el nombre que quiso llevar siempre.

En la comunidad El Dividivi del corregimiento de Paraguachón está sepultado Felipe Enrique Jusayu, un wayuu que pasó de los cien años de edad y quien murió feliz por no tener que irse de este mundo con el nombre ridículo que aparecía en su cédula y en su registro civil de nacimiento.

En todos sus documentos  aparecía con el nombre de Cachón, aunque nadie lo llamaba de esa manera. “A él no le gustaba ese nombre. Todos le decían Felipe”, afirma su nieta María Isabel Jusayu.

Por eso fue uno de los primeros en asistir a la jornada   que se realizó en noviembre del 2015 en esa población fronteriza, para cambiarle estos nombres indignos a los wayuu que fueron objeto de una burla por parte de políticos y funcionarios de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Felipe Enrique toda su vida se dedicó a cultivar y pastorear chivos y murió hace tres años contento porque en su tumba iba a estar el nombre que siempre quiso que apareciera en su cédula.

La jornada fue gestionada por la escritora Estercilia Simana Pushaina y a la misma asistieron el ministro de Justicia de la época, Yesid Reyes, y el supernotariado de entonces, Jorge Enrique Vélez.

En aquella jornada masiva, los hermanos Choriso, Bombom y Morocho dejaron atrás la vergüenza que les provocaban sus nombres y pudieron celebrar el cambio junto a sus numerosas familias.

Morocho ahora se llama Jesús David; Choriso quiso llamarse Turizo, tal como lo nombró su madre, y Bombom murió hace un par de meses con el nombre de Wilson Rafael, en homenaje al exgobernador encargado de La Guajira Wilson Rojas.

También cambiaron su identificación Elizabeth y su hija Ángela, quienes antes se llamaban Baloncita y Putica, nombres que según ellas no eran dignos de ser llevados.

En esa ocasión uno de los más indignados era Cohito, quien se quiso llamar Caíto, tal como lo declaró ante la Registraduría cuando tramito su cédula por primera vez.

 “Fue un acto de justicia que debe continuarse porque faltan muchos por cambiarse el nombre”, afirmó la escritora Estercilia.

La jornada se llevó a cabo  en Aremasain y Mayapo de Manaure, Taguaira y Nazareth en Uribia, La Paz y Paraguachón en Maicao.

Venado y prisionero No cambiaron sus nombres
Venado Jusaru, quien murió en el 2017 sin poder cambiar su nombre.
Venado Jusaru, quien murió en el 2017 sin poder cambiar su nombre.

Quien no pudo cambiar su nombre fue El Venado Jusayu,  fallecido en septiembre de 2017 con ese nombre, a pesar de que siempre quiso llamarse Genaro. Era natural del corregimiento de Carrizal en Uribia, una comunidad bastante alejada y quizás por eso nunca pudo tramitar su nueva identidad.

Tampoco lo ha podido hacer Prisionero Gouriyú, de Guaimaral, zona rural de Manaure, donde lo conocen como ‘Charranta’. A este veterano artesano wayuu unos hombres lo llevaron a él y a otros de su comunidad para tramitarles la cédula.

 Él dice que cuando llegó dijo cómo se llamaba y después se enteró de que le habían puesto en la cédula el nombre Prisionero. Donde quiera que va le hacen la misma pregunta en tono de burla: “¿Preso?” No, Prisionero, responde.

La escritora dice que, sin embargo, los cambios no se han podido hacer en su totalidad por muchas razones. “Muchos viven en zonas dispersas y apartadas, la mayoría no habla español, sino wayuunaiki y en las notarías y registradurías no hay funcionarios que los puedan entender, pero además algunos no tienen conocimiento de la normatividad”, asegura.

Se refiere al Decreto 1797 de 2015 que emitió el Gobierno nacional mediante el cual se dispuso la posibilidad de que todo indígena que desee cambiar su nombre porque considere que tiene un error o no va de acuerdo con sus usos y costumbres, podrá hacerlo de manera gratuita.

EL HERALDO habló con el notario único de Maicao, Antonio Musiri, quien firmó que en su oficina sí se tiene conocimiento de la gratuidad de este servicio y que han llegado algunos wayuu de manera esporádica a cambiarse el nombre.

Estercilia Simanca asegura que muchos wayuu con estos nombres tienen temor de cambiárselos porque piensan que al hacerlo les quitarán algunos beneficios o subsidios que reciben del Estado.

Grillo no quiere cambiar su nombre

Aunque la mayoría de los wayuu con estos nombres ridículos quieren cambiárselos, Grillo Pushaina Epiayu, del corregimiento de Camarones, en Riohacha, prefiere que lo sigan llamando así, aunque no era el nombre que querían ponerle sus padres.

Como nació bajo de peso y con una talla por debajo de lo normal, quisieron llamarlo Judkai, que traduce “pequeño” en wayuunaiki, pero en la Registraduría le pusieron Grillo, que según él le ha dado fama en el pueblo por lo que se siente orgulloso.

Registro civil de comunidades indígenas

La escritora Estercilia Simanca Pushaina afirma que en todo este proceso también hubo un avance “significativo” y fue el de las diferencias que estableció la Registraduría para las comunidades indígenas a la hora del registro inicial.

A través de la Circular 276, la entidad estableció la inscripción inicial y modificación en el registro civil de nacimiento de integrantes de las comunidades y/o pueblos indígenas.

Esto quiere decir que si un indígena va a ser registrado y le falta alguno de los documentos reconocidos para la inscripción en el registro civil de nacimiento, se utilizará la casilla “otro” para escribir el nombre de la etnia o pueblo indígena y el texto “autorización indígena” con el fin de aportar una certificación de la autoridad tradicional correspondiente.

De esta manera se creará un registro civil de nacimiento de los miembros de las etnias colombianas con la presentación de una  carta o certificación expedida por la autoridad tradicional o quien haga sus veces.

Simanca asegura que para los wayuu, el clan al cual pertenecen hace parte de su identidad, su origen, su parentela y cada uno de ellos tiene características propias.

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