En los zapatos de un mesero

El 4 de octubre se celebró el Día del Mesero, fecha en la que se visibiliza y exalta este oficio. Una periodista de EL HERALDO relata su vivencia en un restaurante.

Lorayne Solano atiende a una pareja de novios, los primeros comensales en llegar al restaurante.
Entretenimiento

El 4 de octubre se celebró el Día del Mesero, fecha en la que se visibiliza y exalta este oficio. Una periodista de EL HERALDO relata su vivencia en un restaurante.

La puerta de vaivén marrón se abría y cerraba sin detenerse, y su rechinar daba la voz de alerta  a los comensales de que había órdenes humeantes a punto de salir de la cocina hacia sus mesas, transportadas por las manos ‘gigantes’ de hombres y mujeres que, cual malabaristas, equilibraban platos y vasos en las bandejas. 

“Esto es un circo, en el buen sentido de la palabra”, me dijo con una sonrisa Ana Linero, la administradora del restaurante El Pulpo Paul, negocio que aceptó la solicitud de EL HERALDO (a ese y otros  establecimientos de la ciudad que por distintos motivos no acogieron la propuesta) para  vivenciar un día como mesero. “Ellos son payasos, acróbatas, magos, sirven y hacen reír a las personas que vienen a comer acá”.

Brillar los cubiertos marca el inicio de la jornada.
Brillar los cubiertos marca el inicio de la jornada.

Vestida con un pantalón negro, baletas del mismo color, sombrero y una camisa estilo hawaiano, de palmeras y hojas en tonos azules,  me puse a las órdenes de la ‘maestra de ceremonias’. Este oficio no se trata solo de llevar la comida a la mesa, hay una serie de actividades que están tras el servicio. 

Mi primer encargo fue brillar los cubiertos. Con unas servilletas pulí los tenedores, cuchillos y cucharas con el fin de dejarlos relucientes como espejos. Luis Carlos Viloria, un mesero que va a tener un año de trabajar en el restaurante, me indicó lo que debía hacer. “Cuando terminemos esto, organizamos los cubiertos en los puestos. Los cuchillos con los cuchillos y los tenedores con los tenedores. Eso hace parte del mise en place para que todo esté organizado”. 

A las 3:00 p.m., mientras organizaba los cubiertos en compañía de Luis Carlos, al otro lado del restaurante estaba Albert Solano, mi ‘primo de Salamina’, como le pusieron enseguida sus compañeros por tener el mismo apellido, sacando su sentido del humor a flote para hacer reír a sus colegas. “Esta hora es quieta, por lo general aprovechamos para hablar, comer y molestar”.

Su personalidad cálida y entrona, pero terca al mismo tiempo, no lo deja estar quieto en un solo lugar. Tiene más de 10 años trabajando al servicio de los comensales en diferentes establecimientos, y esa experiencia lo hace desenvolverse como pez en el agua. “Aquí hay que estar atentos a todo. Cuando llega un cliente, uno se las debe pillar todas para ofrecer un buen servicio”, me explicó.

Las manos me temblaban y mi sonrisa nerviosa, dibujada en la comisura de los labios, delataba que era novata en el oficio

Entonces la puerta que da a la calle se abrió y ahí supe que empezaría mi encuentro con este difícil mundo. Como si fuera una experta tomé un menú, siempre bajo la supervisión de Albert, y me presenté ante los comensales, una pareja de novios que llegó con maleta en mano al lugar. “¡Hola, bienvenidos! Mi nombre es Lorayne Solano y estoy para servirles. ¿Desean tomar algo?”.

Las manos me temblaban y mi sonrisa nerviosa, dibujada en la comisura de los labios, delataba que era novata en el oficio. Atemorizada de hacer un desastre, resultado de mis frágiles manos, agarré la bandeja, en la que llevaba un jugo de mandarina sin azúcar, tan fuerte que me quedó pintada la línea de plástico en la palma. 

El 4 de octubre se conmemora en Colombia el Día del Mesero, una fecha en la que se rinde homenaje a la labor de estos trabajadores que, con su vocación de servicio y buena actitud, son el puente entre los clientes y los establecimientos.

Durante la preparación de una limonada frappe.
Durante la preparación de una limonada frappe.

Ellos hacen de todo: mientras unos atienden, otros lavan los implementos, montan  las mesas y preparan el lugar para recibir a otros comensales. 

Nunca están sentados. Caminan de la mesa al computador, donde escriben la orden, y de ahí a la cocina a entregar la solicitud, en un círculo que se repite una y otra vez hasta que los clientes van desocupando las mesas con el “corazón contento”, como dice el viejo refrán. 

“Esto es un ‘boleo’ constante, pero cuando uno se acostumbra le coge el ritmo”, me comentó uno de ellos al ver mi desesperación mientras intentaba multiplicarme para cumplir a tiempo los pedidos.

La periodista organiza las servilletas antes de empezar el servicio.
La periodista organiza las servilletas antes de empezar el servicio.

En el ajetreo del día aprendí a hacer distintos tipos de jugos, doblar las servilletas de tela, preparar el plato con chips de plátano verde y suero que se da como cortesía de la casa y llevar las órdenes a la mesa, siempre con una sonrisa en el rostro aunque el cansancio aflore.

Aunque mi jornada laboral no duró las ocho horas regulares, sentía que los talones me palpitaban del cansancio cuando estaba tras el mostrador llenando el vaso de la licuadora con zumo de limón y hojas de hierbabuena. 

Mi cuerpo ya daba señales de fatiga, y eso que el horario de mayor clientela apenas estaba por comenzar.

Un grupo de diez personas llegó al lugar, y aproveché para estrenar mi don de equilibrista: les llevé las cervezas micheladas que ordenaron y ayudé a tomar el pedido. Digité las indicaciones en el computador, y el sistema me generó el vale interno que me recibieron los cocineros para empezar a ejecutar los platillos. 

Así fue pasando la tarde, entre olores exquisitos, preparaciones de recetas, entregas de menús y recepción de pedidos,  todo en medio de meseros que pasan más de 12 horas entre cuatro paredes, caminando de un lado a otro hasta desgastar las suelas de sus zapatos.

La jornada transcurre entre servicios y chistes, esos que se cuentan los compañeros para hacer más amena la tarea. “La mamadera de gallo no se puede perder, eso es casi que política de aquí”, aseguró Albert. Y es que las risas retumban como un antídoto ante el frenesí de una labor que no es para nada sencilla. 

Se enfrentan a comensales amables y a otros que tienen que domar como si fueran leones hambrientos. Las propinas son uno de los principales alicientes para no desfallecer en esta labor estresante en la que, se comporte como se comporte, “el cliente siempre tiene la razón”.

Albert Solano da las instrucciones para tomar los pedidos.
Albert Solano da las instrucciones para tomar los pedidos.

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