Atlántico

“Hay cajones que dan ganas de morirse”

El coronavirus  le salvó la vida al negocio de la elaboración de féretros. 

Para Jair Enrique De Ávila Rodríguez hacer ataúdes en su casa es un trabajo tan normal como ir a la oficina, manejar un taxi o dar clases en un colegio.

A sus 40 ‘ruedas’ lo conocen como ‘el Negro Patricio’. Se levanta desde hace 22  años a las 7:00 de la mañana para darle a vida a su “arte”, como lo llama. Vive con su esposa y sus cinco hijos -los cuales le ayudan a diario en el negocio- en una casa en la calle 24A con carrera 24, barrio Las Marías, de Soledad.

“Me levanto temprano para comenzar a hacer los cajones. Mis hijos me ayudan todo el tiempo. La gente ya me bautizó como ‘el Negro Patricio’, y todos por aquí ya me conocen así”, aseguró De Ávila Rodríguez.

A las afueras de su vivienda se pueden ver los cajones listos, esperando que un camión los recoja para llevárselos a sus nuevos dueños. La sala, los cuartos, la cocina y el patio donde tiene su taller, son los sitios dispuestos para que reposen las cajas de maderas que van a ser solicitadas por las funerarias en las próximas horas. De hecho, su casa parece una fúnebre bodega.

John Robledo

De Ávila dice que aprendió a hacer los féretros por un cuñado llamado Jhonny Martínez, quien fue su mentor a lo largo de varios años hasta perfeccionar su técnica.

“Yo aprendí a hacer los cajones hace 22 años por mi cuñado, él me enseñó de todo, y poco a poco fui soltándome”, afirmó.

‘El Negro Patricio’, cuenta que para hacer un ataúd se demora alrededor de dos horas, debido a que tienen que pasar por cinco procesos distintos: buscar y cortar la madera, armar la caja, corregirle los detalles con lija y finalmente pintarla.

Al mes se entregan en total más de 300 cajones que son los que surten funerarias de Barranquilla y Sabanalarga. El precio oscila desde 90 mil hasta  cinco millones de pesos. Claro, hay pedidos especiales que hacen un cajón más caro, como un color especial, modificar el tamaño, colocar decoraciones con madera o incluso personalizarlo con el escudo del Junior.

“La otra vez se murió una señora de 84 años, que antes de morirse dijo que ella quería un cajón del Junior, entonces vinieron los nietos desde tempranito para pedirme el favor si podía colocar el escudo en grande, porque la abuela era full hincha, y yo les dije que sí. Yo que normalmente me demoro dos horas haciendo un cajón, me tardé cinco, pero eso sí, a la familia le gustó el diseño y todo, se veía bien elegante el escudo”, expreso el hombre de 40 años.

John Robledo

Una pandemia de pedidos

‘La Calle del Ataúd’, como es nombrada la zona donde vive Jair, fue testigo de cómo el pico de la pandemia azotó al Atlántico. De 12 cajones que salían diariamente antes del coronavirus, la cifra aumentó hasta casi 40 con la llegada de la Covid-19. Así como los médicos trabajaron 24 horas al día, siete días a la semana para salvar vidas, Jair y sus trabajadores hicieron lo mismo para que aquellos que no pudieron con la enfermedad tuvieran dónde reposar. Terminaban cansados y aun así, los pedidos de féretros parecían interminables. 

“Te cuento que en la cuestión de los meses de la pandemia teníamos que trabajar día y noche. Alrededor de  40 cajas diarias teníamos que entregar. Todo este agite comenzó desde marzo hasta ahorita a finales de agosto. Se triplicó esta cuestión, eso uno no podía dormir porque trabajaba hasta muy tarde, los vecinos se quejaban por el ruido y todo”, dijo De Ávila Rodríguez.

Si alguien supo de lo real y lo letal del virus fue este hombre. “Eso del Covid es verdad, yo lo viví con mi familia porque una cuñada se murió de eso. Al ver tanto cajón que me pedían, esos mitos acabaron y se convirtió en pura realidad”. 

El material se puso caro y escaso debido a que la madera provenía de Ecuador y como las fronteras se encontraban cerradas, se hizo difícil traer la materia prima. Sin embargo, no importó la escasez, se las ingenió para responderles a las funerarias que requerían su servicio.

Le causó curiosidad y hasta tranquilidad el notar que la mayoría de los féretros eran para adultos, muy pocos para niños.

John Robledo

Entregado a  lo que hace

Con una jocosa actitud y la mamadera de gallo común entre los soledeños, Jair se acomoda dentro de un acolchado cajón recién terminado. Cierra los ojos mientras su boca no borra la sonrisa. Parece disfrutar el momento, y según él, esta es la forma de probar que su producto sea bueno.

“Yo mismo los pruebo, me meto y me quedo quieto, porque si empiezo a moverme, se aflojan, y tú sabes que los muertos son estáticos, ellos no se van a mover, entonces yo hago lo mismo. Es como una muestra para que la gente sepa el buen material que van a comprar”, dijo en medio de risas.

Ya escogió el suyo

Jair tiene claro que cuando llegue la hora de empacar para no regresar, quiere que lo sepulten en uno de sus cajones más lujosos: un hexagonal, llamado así porque tiene seis bordes, cuesta alrededor de un millón de pesos. Pero, en casa de herrero...

“Yo les dije a mis hijos que quería ese para el día que me muriera, y lo que me dijeron fue que no me lo iban a dar porque costaba un millón, que mejor me van a dar el de cien mil”, recordó con carcajadas.

La historia de ‘el Negro Patricio’, así como su estilo de vida, es muy peculiar. Es el encargado de hacer las “últimas casas” de las personas que dejan de existir y lo hace con el mismo esmero como si fuera para él.

Nuevamente llena su boca de ironía y carcajadas y deja salir una frase que demuestra su forma de ser y el poco temor que le tiene a irse al otro lado. “hay cajones que dan ganas de morirse”.

John Robledo
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