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A través de un estudio científico realizado por el grupo de Geología, Geofísica y Procesos Marino Costeros de la Universidad del Atlántico, se identificó que parte del plástico que contamina playas remotas del Caribe colombiano no proviene de poblaciones costeras ni del turismo, sino de actividades que se desarrollan directamente en el océano, como la pesca y la navegación.

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El informe fue publicado en la revista científica internacional Anthropocene Coasts y estuvo liderado por el profesor Nelson Rangel-Buitrago. En la investigación se analizaron ocho playas remotas del Caribe central colombiano, zonas sin urbanización, sin turismo masivo y sin limpieza mecánica.

Se conoció que, a pesar de su aislamiento, todas presentaron altas concentraciones de residuos plásticos, principalmente redes de pesca, cuerdas, bidones, boyas y fragmentos plásticos de gran tamaño.

“Estas playas no generan el problema. Lo que hacen es registrarlo. Son como sensores naturales del impacto humano en el océano”, explicó Rangel.

Es de destacar que el estudio se enfocó en residuos que se pierden o se descartan directamente en el mar y que luego son transportados por corrientes marinas, oleaje y procesos costeros hasta llegar a la costa.

Este enfoque permitió esclarecer que más del 90 % del material identificado corresponde a plásticos, y una proporción significativa está asociada a la pesca, incluyendo redes abandonadas, cuerdas y equipos operativos.

El problema y la solución

El documento expuso que este tipo de residuos es especialmente problemático por su durabilidad, su capacidad de viajar largas distancias y su impacto directo sobre los ecosistemas marinos.

Para cuantificar este fenómeno, el trabajo desarrolló un nuevo indicador científico: el Índice de Presión de Plástico de Origen Oceánico, que permite identificar zonas donde el impacto del plástico marino es más intenso, incluso en lugares sin actividad humana local. Este índice integra la cantidad de residuos, su diversidad y su origen funcional, ofreciendo una herramienta clara para la toma de decisiones.

“Existe una paradoja ambiental y social: comunidades que casi no contribuyen a la contaminación oceánica son las que terminan recibiendo sus impactos ecológicos, paisajísticos y económicos”, señaló el autor.

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El estudio advirtió sobre fallas en la gobernanza marina, incluyendo debilidades en el control de residuos generados por la pesca y el transporte marítimo, y subrayó la necesidad de reforzar la aplicación de normas internacionales que prohíben el vertimiento de plásticos en el mar.

Además, la investigación propone que las playas remotas sean incorporadas como sitios centinela en los programas nacionales e internacionales de monitoreo ambiental. Debido a su bajo nivel de intervención humana directa, estos espacios permiten detectar con mayor claridad las señales de contaminación que se generan en el océano y que suelen pasar desapercibidas en playas urbanas.