De nada sirvió el toque de campana de la iglesia de Barranca Vieja cuando el pasado 4 de diciembre el río Magdalena empezó a crecer incontrolablemente.
Acostumbrados a los desbordamientos del caudal, sus habitantes recurrieron al mecanismo de advertencia y entre todos atrincheraron este corregimiento de Calamar. Pero esta vez los sacos de arena no lograron evitar que las aguas se apoderaran del territorio que hace más de 200 años fue recorrido a caballo por El libertador Simón Bolívar. De hecho, hasta el mismo monumento del prócer quedó entre el agua.
“Se sintió un solo chorro para arriba, y a medianoche nos tocó salir corriendo a buscar tierra alta”, relata Nidia Mercedes Padilla, de 62 años, mientras le arranca las escamas a un pescado que luego servirá de almuerzo. “No alcanzamos a agarrar nada, el agua se entraba muy rápido a la casa y no dejaba de subir”, añade.
Aquella noche, niños, ancianos y adultos despavoridos corrían hacía la loma que está pegada a la barranca mientras que otros, como Nidia, se refugiaron en la destapada vía principal. Allí el inclemente sol penetra el interior de los techos provisionales que los damnificados han ido construyendo con palos, plástico y zinc.
La vecina de Nidia es Angie Milena Amor Bolívar y tiene siete días de haber dado a luz a Gleide David. El pequeño, aún con residuos negros del cordón cordón umbilical, duerme sobre un corral humedecido que su padre logró rescatar de la casa inundada.
A dos metros de la entrada a su plástico hogar, así como los más de 50 que alinean la vía, se encuentra el vasto Río.
Pese a la cruda situación hay moradores como Purificación López Manera, que se rehusan en abandonar el lugar. Luego de que su casa quedara sumergida, se refugió donde un vecino que construyó más alto que los demás. “Mi esposo va hasta la loma para cocinar y me trae la comida”, dice desde una mecedora.
En la loma, del otro lado de la inundación, está Julio López, padre de Purificación. A su alrededor hay una villa de cambuches y por lo menos mil personas tratando de guardar refugio. “Sabía que esto iba a pasar porque ya en el 75 se desbordó el Río igual”, dice el anciano de 75 años. Su premonición no fue escuchada y aunque le hubiesen prestado atención tal vez no hubiera servido, así como la trinchera de sacos con la que infructuosamente intentaron detener las aguas.
BARRANCA VIEJA, BOLÍVAR.
























