Magdalena

SOS por Salamina: el clamor de un municipio angustiado

Los habitantes de este rincón del Magdalena están preocupados por los constantes derrumbes a causa de la erosión. Piden agilizar obras al Gobierno nacional.

Tic, toc. El tiempo ha seguido corriendo, el agua ha seguido erosionando, el grueso del río Magdalena ha ido aumentando y en Salamina, desde los más optimistas hasta los más catastróficos, tienen claro que el día de la recontra advertida y profetizada inundación, una tragedia que para sus habitantes podría ser de la escala del cono sur del Atlántico, está más cerca que lejos.

Una terrorífica idea que se sigue afianzando.  Cada día más. Cada centímetro más. Cada derrumbe más.

Entre el río Magdalena y el municipio ribereño hace mucho tiempo que dejó de haber tregua.

El ‘monstruo marrón’, que esta vez no ha sido tan intempestivo, sino más bien pausado y sistemático, sin dejar de ser destructor, ya se ha ‘devorado’, según la comunidad, más de 100 metros de tierra, partió en dos la otrora vía principal que conducía a El Piñón y se ha seguido tragando sin prisa ni freno el puerto del Ferry y los distintos negocios que antes estaban afincados en esa zona.

Neveras, mesas de madera, utensilios y hasta fogones ahora están enterrados en el lecho del cuerpo de agua. Ya no queda casi nada. Solo los restos apilados de lo que fue una especie de plaza de diferentes locales comerciales para atender a la población que descendía de los Jhonson.

 Solo una casa verde, que ya no tiene techo, sigue en pie, pero su ‘vida’ ya tiene fecha de expiración y más temprano que tarde se vendrá abajo por el caudal, que ya ha agrietado el inmueble y todo a su alrededor. Todo lo demás está cercado por cintas amarillas de la Policía para impedir el paso debido al riesgo de derrumbe en cualquier momento del día.

Es -literal- caminar sobre un terreno traicionero que en cualquier momento cede cuál terremoto y se traga todo su paso.

El ferry reactivó sus operaciones con muchas dificultades al momento de atracar. Josefina Villareal

Pero el drama no para ahí, al contrario, pica y extiende. La margen derecha de esta zona del Magdalena ha presentado desde 2019, cuando se prendieron las primeras alarmas por el fenómeno erosivo, una serie de desbarrancamientos que llena cada día más de zozobra a la comunidad.

Es por eso que en Salamina ya están hartos de la situación actual. Se han cansado de clamar auxilio. De los pedidos de SOS. De las solicitudes urgentes de intervención antes de que sea tarde.

Pero -sobretodo- están iracundos por las pérdidas económicas que han tenido a causa del Río y del riesgo inminente que un día el agua se adueñe de más de 150 mil hectáreas y  les llegue hasta el cuello.

“Estamos que nos hundimos en pocas palabras. #noshundimos en salamina. Nos sentimos atemorizados porque vemos que el río está  furioso y se quiere llevar el pueblo en estos momentos. Se ha llevado un poco de hectáreas. Lo que antes era tierra hoy solo es río”, manifestó Pablo Emilio Gámez, quien se dedica al mototaxista.

“La situación es crítica.  Ya eso (la inundación) está avisado. No hay medidas y no han hecho nada para evitar esto. El pueblo está atemorizado por la creciente del río, que puede generar algo catastrófico”, dijo por su parte.

La vida en la zozobra

Salamina, a priori, parece todo menos un pueblo que está en un riesgo altísimo de inundación. En la ribera del Río conviven todos los actores, de cada uno de los extremos, sin prestarse mayor atención.

Por un lado hay contratistas llenando con arena unos enormes sacos para luego tirarlos al agua, como medida preventiva para evitar la erosión, mientras que por el otro se desarrolla la operación del ferry, el servicio de mototaxi y la venta de cualquier tipo de comida. Todo normal hasta ahí, pero en cuanto alguien habla del Río, de ola invernal o del tema erosivo, arde Troya.

Entre todos se echan culpas. Entre todos se dan ánimo. Entre todos llueven soluciones. Entre todos se quejan. Entre todos maldicen. Entre todos cuentan las desgracias que les ha tocado vivir de un tiempo para acá con la caída constan de los terraplenes, una serie de fallos estructurales que ha generado pérdidas individuales de hasta 45 millones de pesos.

Y, por más irónico que parezca, entre todos hasta perdonan al río por el devastador presente.

“La verdad es que estamos bastante tristes porque el río dio espacio para que la administración  interviniera y de pronto no estuviéramos en esta situación. Hay bastante miedo porque no solamente es Salamina, sino muchos pueblos vecinos que corren el riesgo de inundarse. Serían pérdidas muy grandes por los cultivos y los animales”, aseguró Darnel Parejo, un comerciante de la zona.

El Gobierno nacional viene realizando trabajos en la ribera del río Magdalena para mitigar los efectos del fenómeno erosivo.

“El río se ha comido por lo menos 200 metros. Yo le aposté a la economía de este puerto. Esto estaba afirme, pero de un año para acá se ha puesto todo muy mal. Mi negocio se lo comió el río. He tenido muchas pérdidas. Mis dos kioscos costaron 45 millones y se los llevó el agua”, agregó.

El miedo aflora en cada declaración y en cada ruido extraño que haga el río en las noches.

Por eso y, teniendo en cuenta que el terreno se deshace en los bordes con mínimas pisadas, en el casco urbano de Salamina, que está a cinco minutos en moto de la zona más afectada, los líderes comunales han pensado en construir jarillones para que, en caso de que el río vuelva a  romper, la comunidad “no se vea tan afectada”.

“Más tarde puede ser peor. Ya hay una zona que está rompiendo y si llega a pasar, el río se va a llevar toda una región. Aquí en este pueblo nadie duerme por ese problema. Si se rompe de nuevo todos los pueblos llevan del bulto”, señaló Arnaldo Santander.

“Aquí todo se ha encarecido por esta situación. Queremos que nos reubiquen a los comerciantes porque todo está muy feo”, dijo.

Más allá de las quejas, de los miedos, de las críticas y de las obras por hacer, la vida sigue igual en Salamina. Pasan los días, las semanas, los meses.

Pasa agua, mucha agua, y mientras tantos, propios y foráneos, esperan que la tragedia que todos piensan que va a ocurrir, no suceda. Se espera lo poco usual y casi inevitable: frenar a la naturaleza. Que el río Magdalena tenga piedad de Salamina.

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