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Shoji Morimoto, un ciudadano japonés, convirtió la inactividad en un negocio rentable al ofrecer un servicio tan inusual como exitoso como lo es cobrar por acompañar a personas sin realizar ninguna tarea.

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Es decir, Morimoto se deja contratar para asistir a reuniones, salidas o trámites, con una sola condición que es no hacer absolutamente nada. No opina, no aconseja, no participa en conversaciones profundas y no interviene en lo que ocurre. Su función es estar presente, acompañar a la persona.

Gracias a este servicio, ha logrado generar ingresos cercanos a los 80 mil dólares, una cifra que sorprende incluso en una economía tan competitiva como la japonesa.

Sus clientes lo contratan para situaciones cotidianas como acompañarlos a comer, asistir a trámites tediosos, caminar por la ciudad o incluso presenciar despedidas en estaciones de tren. Él se limita a observar en silencio, sin juicios ni expectativas.

Su rol es el de un acompañante neutral, una figura que no presiona, no exige y no evalúa. Los clientes pagan para evitar la incomodidad de estar solos sin tener que sostener una conversación forzada. Con él, pueden ser ellos mismos sin preocuparse por agradar o impresionar.

Asimismo, sociólogos que han visto el caso señalan que este tipo de servicios surgen para llenar vacíos emocionales que antes ocupaban amigos, familiares o comunidades cercanas.