Barranquilla

Vientos atmosféricos, desastres naturales y periodismo, la vida de José Bula

El huilense, quien es pronosticador del tiempo del Ideam, suma 40 años al frente de la estación metereológica del aeropuerto Ernesto Cortissoz.

15 de febrero de 1990. Aeropuerto Ernesto Cortissoz. El imponente y admirado Air Force One, en ese entonces un Boeing 707 (SAM 27000) personalizado de 46,61 metros de largo y 44,42 de ancho que sirve como medio de transporte del presidente de Estados Unidos de América, inicia sus maniobras de aterrizaje en el espacio aéreo de Soledad, Atlántico.

Es casi el mediodía y hay algo de tensión en el ambiente.  Pocos saben con certeza lo que pasa. La mayoría de los accesos están restringidos, el personal está alerta y un grupo de periodistas locales e internacionales, que conocían del arribo, están expectantes en los pasillos de la terminal, pero no tienen mayores detalles.

Varios pies debajo de la aeronave, en la pista del aeródromo atlanticense, que tiene una longitud de 3001 m y un ancho de 45 m, no hay ningún movimiento. Solo sopla el viento. Las calles de salida y abordaje están desoladas. El muelle de carga luce sospechosamente tranquilo.

Todo está dentro de los parámetros más normales y seguros para que el Servicio Secreto, la agencia federal encargada de custodiar al presidente norteamericano, dé  el visto bueno para que los pilotos de la prestigiosa nave desciendan, toquen tierra y desembarquen junto a nada más y nada menos que George W. Bush.

Luz verde. Lobo de Madera (Timberwolf), el nombre clave que utilizaba en sus comunicaciones internas el Servicio Secreto para referirse a Bush, está seguro y puede andar a sus anchas por el campo de vuelo del Cortissoz, pero –de un momento a otro– la situación se volvió estresante.

Por una de las cabeceras de la pista, exactamente por el muelle de carga, un hombre de tez clara, claramente con pinta del interior del país, se movilizaba inocentemente en una pequeña moto. No tenía autorización. No debía estar por ahí. Entonces las comunicaciones estallaron. Más de uno entró en crisis. Se armó Troya.

José Luis Bula realiza teletrabajo en la actualidad. Mery Granados

José Luis Bula Vidal, un hombre nacido en Neiva (Huila) y quien logró entrar al Himat para asumir la Oficina de Meteorología en el Atlántico, manejaba indiferentemente su vehículo luego de realizar unas tareas de rutina y cuando alzó un poco más su mirada se dio cuenta del problema en el que se había metido.

Divisó que en la Torre de Control y áreas cercanas varios integrantes de la Policía Nacional y personal de seguridad le hacían afanosamente señas con las manos.

Se detuvo y se cruzó de brazos. No lo supo de inmediato, pero en ese instante pudo morir. Un francotirador norteamericano, uno de esos  tipos rudos que aparecen constantemente en las películas de acción, lo tenía en la mira. Solo faltaba el ‘ok’ y el agente, claramente especializado en este tipo de situaciones, le clavaba una bala en la frente. Pero no pasó.

La Policía rápidamente llegó a dónde se ubicaba y le recriminaron qué hacía ahí, que si estaba loco, que cuáles eran sus intenciones. Él sonrió, fiel a su estilo bonachón, y mostró sus credenciales. No tenía un petardo, una granada o un arma. Bush padre estaba a salvo. El huilense simplemente estaba trabajando y nadie le avisó de los estrictos y nuevos restrictivos protocolos.

El día se calmó. Bush partió luego hacia Cartagena en un helicóptero para hacer parte de una cumbre en la que trataría temas de narcotráfico, y minutos después José Luis se cruzó con el ‘yankee’ de dos metros de altura, mono, ojos azules, que por poco se convierte en su verdugo.

El agente federal, según su relato, apenas lo vio le hizo la marca de la cruz en su frente con una sonrisa pícara. El querido Bula respiró y ahora con risas cuenta la icónica historia, una de las tantas anécdotas que ha vivido en sus 40 años dentro del aeropuerto.

“Me han pasado tantas cosas (risas). Es toda una vida allá. Ese día yo estaba tan inocente y casi me mata un agente de Estados Unidos. Lo peor es que cuando yo entré al aeropuerto lo vi, pero no me dijo nada. Todo eso es bueno porque quedan las anécdotas para contar”, contó José visiblemente nostálgico en cada frase que expulsa de su boca.

Encaró al ‘Pibe’

Más allá de los sofocos que ha pasado, como la vez que tuvo un enfrentamiento con un par de serpientes cascabel que se interpusieron en su camino en el aeropuerto, José Luis Bula ha gozado de su estancia en la oficina de meteorología.

Bula, un tipo querido y que es muy conocido en la terminal aérea, ha aprovechado los privilegios que tiene en el Cortissoz para hacer solicitudes especiales a tipos como Carlos ‘El Pibe’ Valderrama, quien antes de viajar al Mundial de Italia 1990 recibió una jocosa solicitud: patear más al arco.

Bula, quien constantemente se topaba con personalidades de todo el mundo en el aeropuerto, aprovechó una breve conversación con el ‘Mono’ para recomendarle que dejara a un lado su rol de asistidor y tratara de buscar más la red contraria, algo que el legendario creativo samario se tomó con mucho humor, pero que parece haberle servido porque precisamente en esa cita orbital, el considerado mejor 10 de todos los tiempos en el combinado nacional, anotó su único tanto en un torneo ecuménico (ante Emiratos Árabes Unidos).

“Cuando yo vi el gol, salté de la emoción (risas). Yo lo sentí como mío porque se lo había exigido. Luego me lo volví a encontrar en el aeropuerto y (Valderrama) me reconoció y me dijo que había sido por mí. Fue algo muy bonito que me ha pasado en este tiempo. Ya no salen jugadores como él”, explicó.

El ímpetu de Bula no solo fue con los jugadores de fútbol. Desde pequeño fue un tipo coqueto y no sentía temor para expresarle sus sentimientos a una mujer. Sus cualidades siempre fueron reconocidas y hasta la cantante venezolana Neida Lisbeth Freitez, mejor conocida como Liz, fue blanco de sus palabras de amor.

“¡Uffff! Ella y yo tenemos historia (risas). Es una mujer bellísima y yo me tomaba fotos con ella cada vez que venía. Se lo comenté una vez que tuve la oportunidad y me dijo que le pasara las fotos, pero ni modo de hacerlas porque no tenía forma. Pero es de las pocas que me llamaba la atención en el buen sentido”, dijo.

Un tipo sensible

Analizar los fenómenos naturales y predecir el estado del tiempo es algo que apasiona demasiado a José Luis Bula. Pero lo que es su gran amor, también es su tortura. Cada vez que un vendaval o un tornado ha hecho estragos en la ciudad el huilense se hunde. Le brotan las lágrimas a cántaros. Se siente indefenso e impotente por las pérdidas materiales y humanas que causan las manifestaciones climáticas que tanto estudia. Su frustración obedece a que no pudo evitar una tragedia.

Precisamente, la devastación que produjo un tornado el 15 de septiembre de 2001, en el norte de la ciudad, es uno de los hechos que más lo atormenta hoy en día luego de vivir en carne propia algo que él –un hombre dedicado a estos fenómenos– no se esperaba.

“Eso fue muy duro. Los techos de las casas volando, los árboles arrancados de raíz y ver una vía principal como la 38 vuelta nada. Yo visité la zona e hice evaluaciones y fue muy doloroso. Manejar todas estas situaciones no es fácil. Me afecta no predecir un fenómeno como esos porque es muy impredecible, valga la redundancia. A  veces faltan los suficientes elementos tecnológicos para poder evacuar las zonas y evitar la pérdida de vidas. Hay cosas que se pueden evitar. Es algo en lo que uno se siente impotente”, explicó entre lágrimas el hombre.

“Cerca del aeropuerto he vivido cosas feas también. Los vendavales que han levantado container y han caído sobre casitas de tabla en ese entonces. Es algo que impacta mucho”, agregó.

Pero no solo los catastróficos eventos atmosféricos desangran la felicidad de Bula. El hombre, a quien le faltan dos años para pensionarse, le tocó vivir una de las secuencias más desgarradoras de su vida: la mortal caída de una avioneta con seis pasajeros hace un poco más de 20 años.

“Ese día no lo puedo olvidar. Me da mucho dolor. Yo estaba trabajando y salí un momento, y cuando miré hacia el cielo vi una avioneta botando humo. Subí a la torre de control y el controlador estaba en shock llorando. Nosotros escuchamos cómo pedían auxilio, pero no había nada que pudiéramos hacer. Lo peor es que ellos hubieran podido aterrizar antes, pero pidieron permiso para tomar unas fotos sobre Malambo. Ellos venían del interior. No había nada fuera de lo normal y, de repente, todo empeoró. Yo quería poder echarles agua o que pudieran aterrizar, pero no se pudo. Me abracé con mi compañero y lloré y lloré. Se mataron todos”,  reveló.

Bula posa para la foto junto a su esposa e hija. Mery Granados
El periodismo y el amor

Debido a su gran capacidad de oratoria, José Luis Bula se convirtió en vínculo entre los medios de comunicación de la ciudad y el Ideam. El nacido en Neiva atendía constantemente a los periodistas y les informaba del estado del tiempo con toda la calma del mundo. La labor le gustaba y todo transcurría sin mayores novedades hasta que un día, al otro lado de la línea, la voz de Diva Luz Acuña, reconocida reportera, le llamó la atención.

Decidió entonces seducirla con su voz. La invitaba a salir. Le filtraba información privilegiada. Le endulzaba el oído. Hasta intentó bailar cumbia como buen costeño. No se arrugó y  ‘atacó’ con todo hasta generar  una cita presencial con su enamorada, quien ‘cayó’ ante sus ‘encantos’ y le regaló lo único que le faltaba: amor.

“Diva es todo para mí. Mi mejor amiga, la madre de mis hijos, mi mujer. Es mi felicidad y estoy muy agradecido con ella”, expresó el hombre mientras su amada sonreía tímidamente durante la entrevista.

La relación entre Diva y José dio frutos y se mantiene firme hasta el sol de hoy. Pero al querido Bula le tocó apretar tuercas y acostumbrarse al estilo de vida barranquillero, algo que hizo  con el mayor de los gustos. Se volvió juniorista, amante del Carnaval y hasta ha hecho parte de la Chiva Periodística, una serie de vínculos que lo han hecho querido en la sociedad.

“Soy feliz aquí y, a pesar de no ser de esta tierra, tengo que decir que en Barranquilla me quedo”, afirmó.

Hoy en día José Bula se encuentra trabajando desde casa como pronosticador del Ideam. El año pasado sufrió un infarto que encendió las alarmas y que, sumado a la pandemia, le impedía arriesgarse ante un entorno complejo como el de un aeropuerto, pero aun así se mantiene firme resolviendo los misterios que esconden las nubes.

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