Pequeñas causas | La deuda de Fabio que crece como una bola de nieve

Un mecánico industrial, que lleva un año viviendo en un apartamento en el barrio Galán, debe cuatro meses de arriendo y -argumenta- no tener un peso para pagar.

Fabio y Eugenia concilian durante la audiencia en el despacho de la juez de paz Nidia Donado.
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Un mecánico industrial, que lleva un año viviendo en un apartamento en el barrio Galán, debe cuatro meses de arriendo y -argumenta- no tener un peso para pagar.

Así como lo cuenta el mito de la piedra filosofal, a Fabio le gustaría convertir el hierro, o cualquier tipo de metal básico, en oro. Pero a diferencia de los grandes alquimistas de la edad media, mentes prodigiosas en búsqueda de esta sustancia milagrosa, este hombre barranquillero es un humilde mecánico industrial, que aparte tiene una deuda mucho más grande de la plata que se gana.

Para Fabio, atrasado en los pagos del arriendo hace cuatro meses, salir de ese compromiso sería una hazaña mucho más grande que encontrar el santo grial, o incluso la reliquia más valiosa de la historia de la humanidad.

Fabio trabaja como independiente, en una pequeña empresa que él mismo fundó hace unos cuantos días. Maneja hierro, cobre y cualquier otro tipo de metales utilizados en el mundo de las construcciones. Pero aún así, a pesar de que ya ha conseguido unos cuantos clientes, la plata no le alcanza, y sigue debiendo los cuatro meses de arriendo que tiene pendientes. Hace un año, cuando se mudó a un pequeño apartamento en el barrio Galán, pensó que $600.000 al mes era una tarifa que podía pagar. Hoy en día, atosigado por las deudas y los compromisos, se dio cuenta de que no fue la mejor opción.

Pero este sujeto no vive solo. En el apartamento del segundo piso de una casa vive junto a su familia, que quedó al filo de la banca rota por la polémica decisión de Fabio: abandonar su trabajo en una empresa de cerámica tras solo tres meses. En resumen, la plata no le alcanzaba -según contó-, y creía que como independiente le iba a ir mejor. La cuestión es que, aún estando endeudado, se lanzó al mundo del emprendimiento y ahora -lastimosamente- se quedó sin el pan y sin el queso.

A pesar de todo, Fabio sabe -o al menos cree hacerlo- que la situación va a cambiar. Lo que no sabe es cuando. La cuestión es, y aquí es cuando entra una nueva arista a la historia, que los dueños del apartamento en el que vive no piensan esperarlo más. “Se te acabaron los plazos, Fabio”, le dijeron. “Ya después de cuatro meses de deudas, de que nos aplaces y te nos pierdas, no hay más oportunidades”.

Eugenia y Alberto son una pareja que decidió dividir su casa en el barrio Galán para construir unos apartamentos. En uno del segundo piso le abrieron las puertas a un mecánico industrial, un tipo grueso, “que se veía serio y no pícaro”, y de bigote en forma de candado. Él se presentó como Fabio, y llegó con su familia hace un año. Todo transcurrió normal, sin ningún tipo de problemas, hasta que desde junio -como por arte de magia- dejó de pagar. En octubre, cuatro meses después, los esposos tuvieron que intervenir.

Desde que Fabio se mudó al apartamento, fue la mamá de Alberto, una anciana buena gente y piadosa, como la describió el deudor, la que iba a cobrarle puntualmente el arriendo, pero como la señora era tan generosa, y le daba tantos plazos al hombre, el dueño y su esposa tuvieron que ir ellos mismos a ponerle fin a tan engorrosa situación. “Nadie quiere que le estén debiendo”, le dijeron. “¿Cuándo nos vas a pagar lo que debes?”.

A Fabio, que sigue sin plata, se le acabaron los plazos esta semana, cuando Eugenia -enfurecida y con ganas de finiquitar el asunto- lo llevó a una conciliación ante la juez de paz Nidia Donado. El compromiso había quedado agendado para las 10:00 de la mañana, pero a las 10:45 el deudor seguía sin llegar. Al teléfono, furibunda, la mujer le propinó una última sentencia: “¿Es que yo tengo que esperar todo el día a que tú llegues?, yo ya no solo quiero que me pagues; quiero que me desocupes el apartamento”.

Cuando el reloj marcó las 11:00 de la mañana, y luego de todos los trámites correspondientes, la juez dio inicio a la audiencia, a la que solo asistieron Fabio y Eugenia, que se veía notoriamente más tranquila. Su petición fue bastante sencilla: que le pagaran lo que le debían, un total de $2.700.000, antes de que la cosa siguiera empeorándose. Porque -en su punto de vista- los meses iban a seguir pasando y Fabio, “fresco como una lechuga”, le iba a seguir debiendo.

Lo curioso es que, según relataron los presentes, esta era la primera vez que estaban frente a frente, y para Eugenia, una mujer joven y de pelo rojizo, el asunto debía quedar cerrado ahí mismo. Fabio, por su parte, de camiseta militar y jeans, permaneció en silencio mientras la propietaria contaba su versión de los hechos. Durante varios minutos el hombre se limitó a asentir con la cabeza, mostrando que aceptaba lo que ella le manifestaba a la juez.

“A mi suegra ya no le quería pagar, y a nosotros no nos contestaba el teléfono. Alberto se intentó comunicar con él, pero no le respondió. Es que no nos debe dos pesitos, son $2.700.000 luego de cuatro meses. Y para pagar esa deuda solo ha abonado $300.000”, contó Eugenia.

El abono lo hizo en el mes de junio. Desde ese entonces, se le han acumulado los compromisos del arriendo y él, que dice estar buscando la plata, no ha abonado más a la deuda. “Yo pido un poquito más de tiempo, estoy esperando una liquidación. Igual eso no es mucha plata... yo trabajé por tres meses”, le dijo a Eugenia y a la juez.

“Fabio, este problema que tienes es como una bola de nieve. Cada mes que pasa, cada día, la deuda sigue creciendo, y yo no veo cómo vas a hacer para pagar eso. Claramente Eugenia está preocupada, porque es que ella no le ve solución al asunto”, intervino la juez. “¿Qué le propones para empezar a saldar ese compromiso?”

Fabio se quedó en silencio, mientras Eugenia seguía quejándose por los constantes desplantes de su deudor, y por la falta de respeto que esto significaba para ella y para su familia, que viven de esos arriendos y también necesitan la plata. De repente, como inspirado por el espíritu santo, el hombre se soltó en un discurso prodigioso, lleno de halagos para la propietaria, y así siguió por varios minutos. Hasta que Eugenia se dio cuenta de lo que intentaba hacer.

“Bueno, bueno... muy bonito todo, pero ¿cuándo me vas a pagar la plata?”.

“Yo voy a hacer un abono el próximo cinco de noviembre, fecha en la que también me voy a mudar del apartamento. No quiero afectarte más con mis problemas”.

A Eugenia se le iluminaron los ojos. “¿Y de cuánto será ese abono?”.

“Yo, el cinco de noviembre, te voy a dar $300.000”.

Eugenia no pudo contener la risotada. No era una carcajada de felicidad. Estaba furiosa e indignada.

“Tú me debes 2.700.000, cuatro meses de arriendo, ¿y me vas a abonar $300.000?

“Yo sé que es poquito, pero es que no tengo más”, le dijo Fabio. “Es más, cada quincena te abono $100.000, así cada mes te pago $200.000. Apenas tenga más plata te pago, yo no quiero deberte ni un solo peso”.

“No joda, tú si eres descarado”, fue lo que pudo pronunciar Eugenia. “Pero hagamos algo, si la juez está de acuerdo. Fírmame esta letra, te comprometes a pagar la deuda y te mudas el 5 de noviembre”.

Fabio, que no parecía del todo convencido de conseguir incluso los $300.000, aceptó el trato y se dispuso a firmar el pagaré que Eugenia le había llevado. La propietaria, lista para cualquier eventualidad, había sacado el papel de su bolso. Definitivamente no quería dejar cabos sueltos.

“No creas que yo no te voy a pagar, Eugenia, cuando me mude yo te doy mi dirección y vas a saber dónde encontrarme. Yo quiero salir de esa deuda lo antes posible”, dijo Fabio.

Eugenia no parecía estar más tranquila, pero aceptó. A pesar de haber conciliado, a este problema todavía le quedaba tela por cortar. Al menos, por ahora, Fabio tenía una nueva vida, pero seguía sin poder convertir el hierro en oro y así pagar su compromiso.

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