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En medio de surcos verdes, semillas recién sembradas y manos que trabajan la tierra, las huertas comunitarias de Barranquilla se han convertido en mucho más que espacios de cultivo. Son escenarios de transformación social, aprendizaje colectivo y construcción de comunidad en distintos sectores de la capital del Atlántico.

Actualmente, la ciudad cuenta con cinco huertas comunitarias ubicadas en los barrios Las Gardenias, La Paz, Villas de San Pablo, Lipaya y el corregimiento de Juan Mina, consolidando una red que impulsa la seguridad alimentaria, la sostenibilidad ambiental y el trabajo comunitario.

En conjunto, estos espacios alcanzan cerca de 20.000 metros cuadrados de zonas verdes destinadas a la agricultura urbana, beneficiando a más de 30.000 personas en diferentes localidades del Distrito.

Este modelo también refleja un fuerte componente social, teniendo en cuenta que el 80 % de las personas que participan en los procesos de siembra y cosecha son mujeres, quienes lideran gran parte de estas iniciativas comunitarias.

Durante un recorrido de EL HERALDO por la huerta comunitaria de Villas de San Pablo se evidencia cómo este modelo ha logrado impactar directamente a la comunidad. Lo que antes era un terreno en abandono, hoy es un espacio productivo donde se cultivan alimentos y se fortalecen los lazos sociales.

“Estas huertas nos han traído muchos beneficios. Este era un sitio que estaba enmontado y hoy en día puedes notar el cambio. Aquí estamos produciendo tomate, pimentón, cebollín, yuca, plátano y plantas medicinales”, comentó Iván Hernández Andrade, integrante del proceso comunitario.

Además de la producción de alimentos, la huerta ha permitido que los productos lleguen directamente a los vecinos a precios más accesibles , generando un alivio en la economía familiar. “La comunidad viene y compra a bajo costo. Eso ayuda mucho porque no todos tienen los recursos para comprar en el mercado”, agregó.

El impacto de estos espacios también se refleja en la articulación con el entorno, donde algunos negocios cercanos adquieren productos cultivados en la huerta, fortaleciendo así una economía local basada en la cercanía y la sostenibilidad.

Josefina VillarrealLas huertas comunitarias impulsan la seguridad alimentaria y la integración social de Barranquilla.

Más allá de lo productivo, las huertas funcionan como espacios de integración social. En Villas de San Pablo, por ejemplo, se desarrollan actividades comunitarias como jornadas de lectura, encuentros y ollas comunitarias, en las que participan niños, jóvenes, adultos mayores y personas en condición de discapacidad. Estas dinámicas han permitido que el espacio se consolide como un punto de encuentro permanente para la comunidad, donde no solo se cultivan alimentos, también relaciones, aprendizajes y formas de organización colectiva.

“Acá hacemos muchos procetos con la comunidad. Traemos niños, hacemos concursos de lectura y actividades donde participan. Esto no es solo sembrar, también es compartir”, señaló Hernández al referirse al impacto social que ha tenido la huerta en el sector.

Este proceso hace parte de una estrategia más amplia impulsada desde la ciudad, que ha sido posible gracias a la articulación institucional y la cooperación internacional. La iniciativa se desarrolla en el marco del proyecto GenerACTOR, en alianza con organizaciones como ANCI Lazio, Risorse per Roma y Replay Network, junto con la Alcaldía de Barranquilla.

Este programa ha contado con una inversión de 2,6 millones de euros provenientes de la Unión Europea, sumados a más de 16.000 millones de pesos del Distrito, destinados a infraestructura, adecuación de predios y paisajismo, con el objetivo de consolidar esta red de agricultura urbana que hoy impacta a miles de familias en la ciudad.

En ese contexto, también se han promovido procesos de intercambio de conocimiento que han permitido fortalecer las prácticas agrícolas implementadas en las huertas comunitarias. Estos espacios no solo funcionan como escenarios productivos, sino también como centros de aprendizaje donde se comparten experiencias, saberes tradicionales y nuevas técnicas adaptadas a contextos urbanos.

Judith Payares, una de las líderes del proceso, explicó que su experiencia en Europa representó un punto de inflexión para el fortalecimiento de la huerta y de la comunidad. Señaló que durante su paso por Roma tuvo la oportunidad de conocer modelos de agricultura urbana consolidados, así como técnicas innovadoras que hoy se están implementando en Barranquilla.

De acuerdo con Payares, uno de los principales aprendizajes fue el cultivo hidropónico, una técnica que permite sembrar en espacios reducidos y con un uso más eficiente del agua, lo que resulta especialmente útil en ciudades donde el acceso al suelo es limitado. Este tipo de conocimientos ha sido adaptado a las condiciones locales, permitiendo diversificar las prácticas dentro de la huerta.

Asimismo, destacó la importancia de la sostenibilidad en estos procesos, resaltando el uso eficiente de los recursos como uno de los pilares fundamentales. En la huerta, explicó, se han implementado prácticas como sistemas de riego controlado y la recolección de agua de lluvia, lo que contribuye a reducir el impacto ambiental y garantizar la continuidad de los cultivos.

Otro de los aspectos que resaltó fue el componente formativo. Según indicó, la educación y la capacitación han sido claves para fortalecer el proceso comunitario, especialmente en el caso de las mujeres que participan activamente en la huerta. A través de talleres y espacios de aprendizaje, se han generado nuevas habilidades que no solo aportan al cultivo, sino también al desarrollo personal y económico de quienes hacen parte del proyecto.

En ese sentido, Payares enfatizó que el impacto de la huerta en la vida de las mujeres ha sido significativo. Explicó que muchas de ellas han encontrado en este espacio una oportunidad para sentirse productivas, adquirir conocimientos y generar ingresos a partir de la venta de los productos cultivados.

Además, señaló que estos procesos han contribuido a fortalecer la autoestima y el sentido de pertenencia de las participantes, quienes ahora se reconocen como actores clave dentro de sus comunidades. La posibilidad de emprender, aprender y participar activamente ha permitido que estas mujeres se sientan valoradas y visibles dentro del entorno social.

La huerta también ha incidido en el bienestar emocional y físico de quienes participan. El contacto con la naturaleza, el trabajo en equipo y el acceso a alimentos frescos han generado mejoras en la calidad de vida de la comunidad, consolidando el espacio como un entorno saludable tanto en lo físico como en lo mental.

“Para nosotros, la huerta es un espacio que va más allá de producir alimentos. Aquí las personas se conectan, se apoyan y se sienten valoradas. Esto permite mejorar la calidad de vida y fortalecer el tejido social”, explicó Payares al referirse al alcance del proyecto.

En esa misma línea, destacó que uno de los principales logros ha sido la construcción de comunidad. A través de la huerta, se han tejido relaciones de apoyo, solidaridad y trabajo conjunto, lo que ha permitido consolidar un proceso colectivo que trasciende lo individual.

Aporte voluntario

Uno de los aspectos más visibles de este impacto es la participación de niños y niñas, quienes se vinculan a través de iniciativas como los “huerteritos”. En este espacio, más de 70 menores participan activamente en procesos de formación ambiental, donde aprenden sobre cultivo, sostenibilidad y cuidado del entorno.

Khiara Morales, de 9 años, cuenta que su experiencia en la huerta ha sido significativa. “He aprendido que cada semilla sirve para cosas diferentes, como cocinar o cuidar la salud. También usamos cosas de la cocina como cáscaras para hacer abono”, explicó.

Por su parte, Matías David Blanco, de 12 años, resaltó la conexión que ha desarrollado con la siembra y el entorno natural. “Sembrar me ayuda a refrescar la mente. Yo siento que es importante porque las plantas nos ayudan a respirar mejor”, afirmó.

Estas voces reflejan cómo la huerta se ha convertido en un espacio integral de formación, donde no solo se cultivan alimentos, sino también valores, conocimientos y conciencia ambiental desde temprana edad.

Allí, entre cultivos y aprendizajes, las huertas continúan creciendo, no solo como espacios productivos, sino como escenarios donde la comunidad encuentra oportunidades para mejorar su calidad de vida, fortalecer sus vínculos y construir un futuro más sostenible desde lo local.

Josefina VillarrealProceso de siembra.