Ley del Montes | La brecha social: una bomba de tiempo

La lucha contra la pobreza extrema será uno de los principales retos que tendrán las nuevas administraciones en la Región Caribe, que serán elegidas el próximo 27 de octubre.

 

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Tasajera, corregimiento del Magdalena, está ubicado entre Barranquilla y Santa Marta. Su pobreza extrema es más que notoria. Archivo
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Región Caribe

La lucha contra la pobreza extrema será uno de los principales retos que tendrán las nuevas administraciones en la Región Caribe, que serán elegidas el próximo 27 de octubre.

 

La campaña electoral entró en tierra derecha, como dicen los cronistas hípicos. Esto significa que llegó la fase definitiva. Es decir, llegó la hora de que los votantes elijan a conciencia y de forma autónoma a alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles del país. El próximo 27 de octubre conoceremos sus nombres.

Y aunque hay agendados muchos temas fundamentales que concentran la atención de candidatos y electores, entre ellos la lucha contra la corrupción, existe uno que debe ser atendido con eficacia y prontitud: el crecimiento de la brecha social entre los pocos que tienen mucho y los muchos que no tienen nada. Esa iniquidad es la responsable de los paupérrimos indicadores que muestra la Región Caribe en materia de necesidades básicas insatisfechas, así como de mayores y mejores coberturas en Salud y Educación, entre otros.

El crecimiento de los cordones de miseria se da en las principales ciudades del país, pero en el caso de la Región Caribe su impacto es mucho mayor dado el rezago social y económico que muestran algunas de nuestras ciudades. La brecha social en varias de ellas no solo es enorme, sino creciente.

Algunas ciudades, como Barranquilla, por ejemplo, han logrado enormes avances en la lucha contra la pobreza y la marginalidad. La capital del Atlántico tiene hoy mayor cobertura y mejor calidad, tanto en Salud como en Educación, pero se trata de un caso aislado en medio de otras ciudades capitales que siguen sin poder acortar la distancia entre los que tienen todo y los que no tienen nada.

El resto de los departamentos y ciudades de la Región Caribe muestran un evidente deterioro en indicadores y proyectos que apunten a cerrar la brecha social. Algunas que venían mostrando una mejoría en el cumplimiento de ese propósito, como Valledupar, evidencian hoy un preocupante estancamiento o retroceso. Algunos atribuyen este hecho a la masiva migración venezolana, que ha impactado duramente a la Región Caribe. Pero ello no puede prestarse para justificar la falta de políticas públicas, encaminadas a reducir la pobreza y generar más empleos formales y dignos por parte de los gobernantes.

Y en lo que tiene que ver con la generación de nuevos empleos, son los jóvenes y las mujeres quienes muestran los indicadores más preocupantes. Estudios recientes indican que en Colombia, en promedio, 24 de cada 100 jóvenes no estudian ni trabajan. Se trata de una cifra escandalosa. Pero hay algo peor: muchos de los que estudian con grandes esfuerzos, una vez se gradúan como profesionales, no consiguen empleos dignos. Todos tenemos que entender que un profesional recién graduado, con deudas por pagar y sin empleo, es una persona desmotivada y resentida cuya autoestima se encuentra por el piso. Igual ocurre con mujeres que están al frente de sus hogares, con hijos pequeños por sostener, quienes ven como les cierran las oportunidades laborales en sus narices. ¿Cuáles son las ofertas, serias y concretas, de los candidatos para poner fin a esta tragedia social de unos y otros? ¿De qué forma piensan transformar sus vidas y cambiarles su presente y su futuro, tanto a los jóvenes como a las mujeres que hoy hacen parte del creciente ejército de desempleados a lo largo y ancho de la Región Caribe?

Del ejercicio responsable del derecho que tenemos a elegir depende la suerte de nuestras ciudades y de nuestra Región. Los malos gobernantes son producto de malos electores. La Región Caribe no puede seguir jugando con su presente y su futuro por cuenta de electores que desprecian el derecho más sagrado de un sistema democrático: el de poder elegir y ser elegido con absoluta libertad y autonomía.
¿Cómo cerrar la brecha social? 

Mucha más inversión en educación y salud

 

El crecimiento y la evidente mejoría en algunos indicadores sociales que muestran varias ciudades de la Región Caribe no alcanzan a cerrar la brecha social acumulada por décadas de atraso. Es decir, el ritmo de crecimiento y desarrollo sostenido de dichas ciudades y departamentos debe ser mayor para que el grueso de la población —los sectores más marginados— puedan beneficiarse de esa mejoría de los indicadores. Presupuestos como los de Barranquilla ($3,47 billones) y Cartagena (1,8 billones), por ejemplo, deben orientarse mucho más a combatir la pobreza extrema y a mejorar las condiciones de vida de los sectores más marginados. Las nuevas administraciones deben hacer un mayor énfasis en educación, salud y generación de empleos dignos para contribuir de esta manera a cerrar la 
enorme brecha social que se presenta en ciudades y municipios de la Región Caribe. Es un asunto de distribución de recursos, sin duda, pero también de falta de voluntad política.

¿Qué hacer con el desempleo y la informalidad?

 

El más reciente informe del DANE muestra a Cartagena y Barranquilla como dos de las ciudades del país con menor desempleo. Mientras en buena parte del país la desocupación galopa desbocada hacia el 11 por ciento, en Cartagena y Barranquilla está por debajo de los dos dígitos. En la primera la tasa de desempleo en agosto pasado fue de apenas 6,5 por ciento, mientras que en Barranquilla fue de 7,6 por ciento. El problema, sin embargo, radica en la creciente informalidad laboral, que encontró en la masiva migración venezolana un buen aliciente. El pago de salarios sin el cumplimiento de los mínimos requisitos y sin ningún tipo de prestación social o de salud se ha convertido en un serio problema para mejorar las actuales condiciones de contratación en la Región Caribe. Contratar mano de obra venezolana por debajo del salario mínimo es ya una costumbre en varias ciudades capitales de la Región Caribe.

¿Quiénes se preocupan de la Cartagena profunda?

Combatir la pobreza extrema debería ser la principal bandera de las administraciones departamentales y municipales a partir de 2020. Algunas registran unas cifras realmente dramáticas, como ocurre con Cartagena, donde el 26 por ciento de la población vive en condiciones de pobreza. ¿Cómo se explica que la ciudad que mejor nos vende como país ante la comunidad internacional presente un indicador tan lamentable? Una explicación es —sin duda— la corrupción y el caos institucional que reinan en la ciudad —que la ha llevado a tener cualquier cantidad de alcaldes en pocos años— pero también es indudable que las administraciones recientes se olvidaron de la “Cartagena profunda” y se concentraron en la “ciudad postal”, que es la que se vende en los paquetes turísticos. Mientras aquella sea olvidada y escondida, la otra Cartagena no tendrá paz ni tranquilidad. Cerrar esa enorme brecha debe ser el compromiso de la nueva administración, independientemente de su color político.

Transporte y medio ambiente

Optimizar la prestación del servicio de transporte masivo en las ciudades, integrando todos los sistemas mediante un eficiente modelo multimodal, que incluya el Río Magdalena, en el caso de Barranquilla, y el mar, en el caso de Cartagena, es uno de los “pendientes” de las nuevas administraciones. El modelo de sistema masivo de transporte que impuso Bogotá con Transmilenio se volvió ineficiente y colapsó. Punto. El único que mantiene esa apuesta es Enrique Peñalosa. Nadie más. Y el otro “pendiente” es el Medio Ambiente. Preservarlo, cuidarlo y promover su respeto también debería ser tarea prioritaria de las nuevas administraciones. Ese compromiso tampoco da espera. Se requiere formar a las nuevas generaciones para que tomen conciencia de la grave situación que vive el Planeta por cuenta de la irresponsabilidad con que nosotros nos hemos manejado. La tragedia medioambiental que hoy vivimos es producto de nuestro desprecio por la naturaleza.

 

 

 

 

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