“Luego de la masacre, el Estado se olvidó de Salaminita”

Pese a una sentencia de 2016 del Tribunal de Superior de Antioquia que ordena la reconstrucción del pueblo arrasado en 1999 por las AUC, nada ha cambiado.

Fotos: Jesús Solano
Para conseguir un poco de agua los habitantes de Salaminita (Pivijay) hay que caminar 700 metros hasta el jagüey más cercano. Fotos: Jesús Solano
Magdalena

Pese a una sentencia de 2016 del Tribunal de Superior de Antioquia que ordena la reconstrucción del pueblo arrasado en 1999 por las AUC, nada ha cambiado.

Esbozando una leve sonrisa que revela el paso del tiempo en su rostro, Pedro Vargas Manga, de 79 años, asegura que a su edad el único enemigo que tiene es un viejo gavilán pollero que ronda por los cielos esperando su descuido para arrebatarle, con sus garras filosas, uno de los 50 pollos que cría en su parcela en el corregimiento de Salaminita, en el área rural de Pivijay, Magdalena.

En una mañana diáfana y calurosa, típicas de la sabana, el experimentado agricultor se sienta en una destartalada silla plástica en frente de su casa y dice que retornó a Salaminita hace tres años para sentirse tranquilo. “Es que cuando uno está acostumbrado el campo, andar en la ciudad nos da muy duro”.  Asegura que allí está mejor, aunque no cuente con agua potable, gas propano o una red de alcantarillado.

Desolador es el panorama en el que viven unas 19 familias en Salaminita, ese pueblo que el 7 de junio de 1999 fue víctima de una incursión paramilitar al mando de alias ‘Esteban’, quien ordenó los  asesinatos de la inspectora del pueblo María del Rosario Hernández, de Óscar Barrios y Carlos Cantillo. La masacre provocó el desplazamiento de 44 familias y tiempo después los mismos ‘paras’ destruyeron las casas con un buldócer y borraron los cimientos del mapa.

A pesar de que la Sala Civil Especializada en Restitución de Tierras del Tribunal Superior de Antioquia ordenó el 16 de diciembre de 2016 la reconstrucción total del pueblo, con su puesto de salud, escuela y viviendas con sus servicios públicos domiciliarios, tres años después todo quedó en papel y en los registros noticiosos del fallo histórico.

EL HERALDO recorrió los rincones de Salaminita en compañía de algunos de sus pobladores y obtuvo una radiografía del lugar. A pesar de todas las adversidades que pasaron, primero a manos del conflicto armado y ahora por el olvido del Estado, es un pueblo que mantiene intacta su unión como una sola familia, las sonrisas y la esperanza de que algún día todo mejore.

El secreto de la larga vida

La Colombia rural que muchos desconocemos tiene un aura mística que atrapa. Pedro Vargas Manga se inclina en su silla y con una mirada pícara dice conocer el secreto de la longevidad. “Mis abuelos murieron a 115 y 112 años”, comenta, antes de revelar la fórmula mágica: “dormir temprano y comer productos del campo es lo mejor, es el consejo que siempre doy”, confiesa.

Hacia las 3:30 de la mañana, el sonido de las guacharacas le avisa que debe despertarse para iniciar su jornada. Prepara el tinto en una olla en el fogón que tiene en el patio y sale trabajar antes de que salga el sol. “En el campo soy feliz. Me acuesto hacia las 9 de la noche para dormir unas seis horas. Luego me levanto para ocuparme en los cultivos de yuca, ñame y maíz”, comenta.

El señor Pedro, como lo conocen en la comarca, dice que no se aburre de su día a día, pero lo que más duro le da es la búsqueda del agua, ya que debe caminar unos 700 metros hasta el jagüey y regresar a su casa con una pimpina de unos 20 litros, que en su espalda de 79 años pesa casi el doble. Cultiva sus propias hortalizas y el campo le da la proteína para completar su comida: conejos, ñeques, guartinajas o en época de lluvias, algunos peces que atraviesan el arroyo Caraballo.

Además de trabajar la tierra, Pedro comercializa los pollos que tiene en un galpón, a los cuales alimenta durante 45 días a punta de maíz y luego sale a venderlos en el mercado del municipio de Fundación, a 30 minutos de distancia. Por una gallina, de unos 5 o 6 kilos, le pueden dar unos $15.000, dinero que le sirve para sobrevivir.

Pedro Vargas Manga.
Pedro Vargas Manga.

Elvia Crespo Gutiérrez, de 74 años, una de sus vecinas, comenta que la tranquilidad es el mejor tesoro que tiene. Ella retornó hace dos años a Salaminita y no se arrepiente de su decisión. Durante un tiempo vivió en el barrio Villa Stefany en Soledad (Atlántico), pero la tierra llamaba y no dudó en volver al sitio del que guarda gratos recuerdos de su infancia.

Bajo la sombra de un frondoso trupillo y en compañía de varios niños, o adultos, juega lotería o siglo para distraer la mente. “Aquí nací, me casé, tuve a mis hijos y, si Dios lo permite, aquí moriré”.

Pedro Pacheco pide vivienda para las 19 familias.
Pedro Pacheco pide vivienda para las 19 familias.

Cansados de la montaña

Todo pueblo tiene un punto de referencia para los visitantes y la casa de los tucanes es un símbolo colorido de la nueva Salaminita, como lo fue en otrora la iglesia, la escuelita o la sede de Telecom. Allí residen Amadis Aarón Crespo Gutiérrez, de 72 años, y su esposa Flor Marina Anaya Hernández, de 50, quienes tienen una de las dos tiendas que hay en el sector.

Retornaron en el 2018 y mientras ella se ocupa de los productos del negocio, él trabaja en la siembra de batata y yuca. “Uno de los motivos para volver es que me dolían mucho las rodillas debido a las lomas”, comentó Amadis al recordar su experiencia a tener que caminar durante varias horas las montañas del corregimiento de Minca, en Santa Marta.

En las estribaciones de la Sierra Nevada vieron un sinfín de aves coloridas que les llamó su atención, por eso al regresar a su hogar decidieron dibujar en la fachada de la casa dos tucanes para no olvidar su largo periplo.

Amadis Crespo dibujó los tucanes de la Sierra Nevada. Él retornó en el 2018.
Amadis Crespo dibujó los tucanes de la Sierra Nevada. Él retornó en el 2018.

“Cuando nos entregaron los predios (en el 2016) nos dijeron que podíamos venir, pero aquí no había nada. Con esfuerzo levantamos una tienda hace un año y tres meses, pero todo ha sido duro, no es fácil empezar de cero”, comenta Flor Marina, quien vive en la casa con sus cuatro hijos Amadís Aarón, Jesús y las mellas María y Milena Mercedes.

Una situación similar le sucedió Graciliano Crespo Gutiérrez, de 73 años, quien volvió a su pueblo hace dos años, agotado de  las pendientes que debía atravesar mientras trabajaba también en Minca. “Me aburrí de tanto subir y bajar montañas, aquí armé una casita y me dedico a cosechar yuca y maíz”.

Graciliano Crespo.
Graciliano Crespo.

Preocupados por su salud

En una casa de tablas, de techo de zinc y cuyas puertas son un retazos desgastados de polisombra verde de polietileno, reside Blanca Nieves Gutiérrez Mercados en compañía de su esposo César Palmera y sus hijos de 6, 12 y 15 años.

En las raíces de su cabello  y en la delgadez de su cuerpo se nota el paso del tiempo, aunque solo tenga 44 años. Un pequeño perro de color blanco juguetea con una gallina en el patio del lugar, mientras la ama de casa se quita el tapabocas para explicar que desde hace tiempo padece de problemas respiratorios, en parte, por el humo inhalado al cocinar con leña.

“Me encuentro bien pero estoy enferma. Me dio bronquitis, el médico me prohibió oler el polvo  y no puedo andar sin el tapabocas, pero con estos calores me ahogo y a veces me lo quito”, explica mientras enseña su cocina.

Su marido trabajaba en lo que salga para buscar para la comida y los pasajes para llevarla al médico, ya que deben trasladarse hasta Fundación, el municipio más cercano a 18 kilómetros, o en el peor de los casos recorrer 112 kilómetros a Santa Marta, en un trayecto de unas dos horas y media.

Blanca Nieves Gutiérrez.
Blanca Nieves Gutiérrez.

“Tengo una cita médica en Santa Marta y ahora estoy apurada para conseguir los viáticos. Recibí un resfriado y el polvo en la casa me da alergia. Si pudiera echarle agua al piso, para no levantar tanto, lo haría, pero no hay y me desespero cuando no tengo”, dice resignada ante la situación.

A pesar de las vicisitudes, Blanca Nieves se siente feliz. “Me siento contenta, pero quiero que el pueblo sea el mismo de antes, yo les digo a los demás que si se puede, pero si el gobierno nos  ayuda”.

Camina despacio y sin afán para no ahogarse. En el patio tenía un lugar apartado para montar un galpón para criar gallinas, pero eso sería un problema más para sus pulmones. “Aquí pasamos la seca y la meca, pero soy feliz porque estoy con mis hijos. Hacemos esto para no estar molestando en una casa que no es de uno. Yo no quiero echar para atrás, quiero seguir adelante”.

Salaminita está ubicado en el kilómetro 17 de la vía entre Fundación y Pivijay.
Salaminita está ubicado en el kilómetro 17 de la vía entre Fundación y Pivijay.

Ser líder no es fácil

La lidere María Daza Crespo, de 34 años, dice que el camino para el restablecimiento de los derechos de su comunidad es largo y complejo. A pesar de contar con una sentencia que les da la razón, el Estado no les ha cumplido. “No hemos tenido acercamientos con la Alcaldía de Pivijay ni con la Gobernación”, se lamenta.

Asegura que lo más difícil del proceso ha sido la muerte de sus padres Armando Daza Mercado, de 86 años, en el 2018; y Celmi Crespo de Daza, de 76, en el 2019; quienes no pudieron ver el renacer de la nueva Salaminita.

“Es duro también saber de los compañeros que han muerto sin ver florecer la restitución. Saber que la mayoría de la comunidad es adulto mayor y no ven nada del cumplimiento. Llevamos más de 20 años de lucha de olvido y todavía el Estado no mira hacia Salaminita, aún teniendo una sentencia que nos ampara”, comenta.

Lesa María Daza Crespo.
Lesa María Daza Crespo.

Otra de las mujeres que lucha por la justicia de Salaminita es María Fernanda Valencia Daza, de 21 años. Su prioridad es ayudar a que los niños tengan un espacio en dónde recibir sus clases y puedan jugar sin exponer sus vidas.

En la actualidad hay 26 niños inscritos para el colegio y la idea de la comunidad es que se puedan reunir en una de las casas de palo, pero el espacio es insuficiente. ‘Aquí renace Salaminta’ dice el letrero de bienvenida que los pequeños verán en la fachada de la improvisada escuela.

“Niños de 5 a 10 años tienen que trasladarse a otras poblaciones porque aquí no tienen un colegio, teniendo el espacio donde se puede construir. No hay espacio para la recreación y los niños, en su mayoría, juegan fútbol en plena carretera”, explica Mafe, como le conocen en la región.

Señala que a pesar del talento que puedan tener algunos, muchos no tienen una opción a futuro si logran terminar el bachillerato. “¿En qué parte del plan de gobierno están estos jóvenes?”, se cuestiona María Fernanda ante el olvido de los gobernantes.

María Fernanda Valencia.
María Fernanda Valencia.

 

Érika Rangel Ahumada, de 44 años, manifiesta que lo triste de todo el panorama es que no se ha cumplido ni un 20% de la sentencia fallada en el 2016.

“La gente de Salaminita viven en condiciones deplorables, no tenemos servicios públicos. Para la salud deben viajar a Pivijay o Fundación. No podemos enfermarnos. El agua no es apta, es de jagüey y su consumo ha provocado infecciones virales”, dijo.

La fe es lo último que se pierde, dicen en Salaminita, frente al sueño de reconstrucción total de su pueblo, pero la dejadez del Estado colombiano parece enterrar con el paso de los días la esperanza de una comunidad que lo único que busca es recuperar aquello que el conflicto les arrebató.

Érika Rangel Ahumada.
Érika Rangel Ahumada.

Lo que dicta la sentencia

La Sala Civil Especializada en Restitución de Tierras del Tribunal Superior de Antioquia ordenó el 16 de diciembre de 2016 reconocer el derecho fundamental a la restitución y formalización de tierras a las víctimas.

Pidió a la Defensoría del Pueblo que designe a los funcionarios necesarios para brindarles la asesoría jurídica que necesiten las víctimas para los trámites sucesorios y de notaría. A la Policía Nacional y Ejército que brinden acompañamiento y colaboración para garantizar la seguridad de la diligencia de entrega de predios.

Al municipio de Pivijay, al departamento del Magdalena y a la Nación, a través de los ministerios del Interior, Agricultura y de Vivienda, asumir desde sus competencias la total reconstrucción del centro poblado de Salaminita, prioritariamente para que tengan acceso a servicios públicos domiciliarios (agua, energía eléctrica y alcantarillado) y en la medida en que se produzca el retorno de los desplazados, garantizar la prestación del servicio de salud y educación, con la construcción de un centro de salud y un colegio.

De igual forma,  exonerar a cada predio restituido por el término de dos años de deudas fiscales que causen desde la fecha de la sentencia; a la Unidad Especial para la Atención y Reparación Integral de las Víctimas la inclusión de los solicitantes en el esquema de acompañamiento para la población desplazada.

Asimismo, a la Unidad Administrativa Especial de Gestión de Restitución de Tierras Despojadas que postule de manera prioritaria a los beneficiarios de la restitución en los programas de subsidio de vivienda (construcción de viviendas nuevas) ante la entidad otorgante.

Y al Servicio Nacional de Aprendizaje Sena, regional Magdalena, que ingrese sin costo alguno a l los programas de formación, capacitación técnica y proyectos especiales para la generación de empleo rural y urbano.

 

“Aquí renace Salaminita”, se lee a la entrada. El pueblo espera que el Estado cumpla la sentencia de 2016.
“Aquí renace Salaminita”, se lee a la entrada. El pueblo espera que el Estado cumpla la sentencia de 2016.

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