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El titulo es:Un viaje al corazón del ‘Mar rojo’

Un viaje al corazón del ‘Mar rojo’

Detalles de una visita a Galerazamba, municipio que queda en los límites de Bolívar y Atlántico. Actualmente es visitado por cientos de turistas a diario, atraídos por el color que produce la extracción de sal. Sus habitantes aseguran que su vida ha cambiado desde que despertó el turismo en su tierra.

Douglas Badel
Douglas Badel
Douglas Badel

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Detalles de una visita a Galerazamba, municipio que queda en los límites de Bolívar y Atlántico. Actualmente es visitado por cientos de turistas a diario, atraídos por el color que produce la extracción de sal. Sus habitantes aseguran que su vida ha cambiado desde que despertó el turismo en su tierra.

Salgo de Barranquilla en el automóvil de Mauricio –un InDriver 4,7 estrellas–, son las 8:00 a.m. y en la radio suena Eclipse Total del Amor, pero en inglés, en la voz de Bonnie Taylor, y en los coros el mismo Mauricio. Yo me imagino un sol eclipsado sobre el mar rojo.

Tomamos la Vía al Mar y no hacemos otra cosa que andar derecho. Cruzamos el peaje de Puerto Colombia, y en cuarenta y cinco minutos, en el kilómetro 52, se ve la Ciénaga del Totumo deslizarse bajo del puente que lleva el mismo nombre. A la derecha de la carretera, aunque no se vea, está el océano Atlántico. Pasamos la curva de Zarabanda, bien conocida por sus 16 restaurantes que venden almuerzos, yuca, queso, ñame, chicharrón, patilla, mango y ciruela, bollo limpio y de mazorca.

Estamos en Loma Arena, o más bien Lomita Arena. En pocos minutos nos desviaremos a la derecha justo antes de la bomba de gasolina, cruzaremos Pueblo Nuevo y el caserío los Olivos, y tal vez en diez minutos llegaremos a Galerazamba. Corregimientos de Santa Catalina, del departamento de Bolívar. Hay quienes piensan que deberían ser del Atlántico.

El señor Mauricio me explica que esto por acá fue fantasmagórico, como los pueblos abandonados del viejo oeste donde hay vaqueros, caballos y ramas secas en forma de círculo saltando al ritmo del aire. “Primero hubo bonanza, pero después esto no lo miraba nadie”. Me cuenta que el mismo Estado, a través del Banco de la República, explotó la mina de sal por más de cien años. Que en el 92 las cosas se pusieron feas y todo se volvió este cuento del viejo oeste que imagino sin vaqueros, pero con galerazambunos sin hospital, sin seguridad, sin vías y sin agua potable.

De eso poco ha cambiado. Vía hay; a medias, pero hay. Hospital también. Los burros que cargan pimpinas plásticas llenas de agua dicen que a lo mejor de la pluma no sale nada. También lo dicen los tanques de agua regados en las calles del pueblo, en cada esquina.

“Acá llegan carrotanques de agua de todos lados: de Cartagena, de Barranquilla, de Nueva York, de todos lados, compae...”, me explicaría después un guía turístico que encontré en una tienda. Es su día de descanso; mañana el turno en el Mar rojo comienza a las 6:30 a.m. “Hay unas listas y nos repartirnos los días de trabajo en el turismo. Eso es para que todos ganemos y para organizar a la comunidad, está llegando gente de todos lados a vender y a guiar turistas”. ¿Tú de dónde eres?, pregunto, y me responde primero su amigo: “Lomero, lomero”, es decir de Lomita Arena. Él nos responde a su amigo y a mí: “Yo soy de aquí”, casi gritando.

Mauricio y yo cruzamos Loma Arena de un solo pisotón en el acelerador. Le digo que se detenga, que preguntemos si vamos bien. En un costado de la vía hay un hombre de unos 20 años, ondea una pañoleta azul y señala un letrero que dice: Restaurante La Mar Beach Club.

—¿Amigo, el mar rosado?  –le pregunto y veo su pañoleta azul señalar la vía en la que vamos. Es la única vía.

—Dele derecho hasta que vea la fila de carros —responde. Su trabajo es quedarse en la vía y señalar ese letrero, que también dice: Kayak Tours, Pasadías y Salinas El Prieto.

Carlos, empleado de La Mar Beach Club, me cuenta: “Nadie sabe que acá se prestan estas atracciones turísticas, entonces la primera tarea que hay que hacer es mostrar que hay más que el Mar rojo”. Me cuenta también que “cuando el mar rojo no esté rojo la gente se acordará de que acá los paseamos por la Ciénaga del Totumo en kayak, los llevamos al Faro y hasta le podemos enseñar la Original India Catalina, no la de Cartagena. La India Catalina Original es de aquí”.  

Una pareja observa las fotografías tomadas en el ‘Mar rojo’.
Una pareja observa las fotografías tomadas en el ‘Mar rojo’.

“Cuando vino el cantante Carlos Vives le dije, Uff, al día siguiente hicimos plata, esto se llenó. Marica el último”. 

El Faro de Galerazamba está al oeste del pueblo desde hace ocho años. Tiene 15 metros altura y está construido en fibra de vidrio. Lo rodea una cadena de hierro que podría despedirse en cualquier momento por culpa del óxido. Está en el predio de Antonio Polo. En ese predio también está su casa y un corralito de madera con una vaca que dice “mu”, mientras Antonio me cuenta que es maestro de obra y que trabajó en la Dimar –igual que su padre– construyendo faros desde Castillete, en La Guajira, hasta Cabo Tiburón, cerca a la frontera con Panamá. Toda la costa atlántica. “En 1951 el faro estaba más al norte, cerca de las salinas; lo construyeron sobre arena y la arena se lo comió, después se construyó aquí, en el patio de mi casa”.

Camino errado 

Estoy de pie en la orilla de la carretera Vía Galerazamba, en Pueblo Nuevo. Una mujer dice que huele a moñica. Pregunto qué es, me dicen que mierda de vaca. Se acerca una motocicleta negra, Boxer 2015, pita y estiro mi brazo derecho.

—¿Cuánto a la Salina El Prieto? –le digo. Me responde que esa Salina está cerrada: “Nada compae, ¿vas al Mar rojo?”, dice. Yo le respondo que antes a la de El Prieto.

—Vamos, cinco barras –me dice.

El mototaxista se llama Juan, es de Lomita Arena y, aunque la brisa a 70 km/h no me deja escuchar bien, me cuenta cómo ha cambiado todo por el Mar Rojo. Por lo menos para él. Me dice que todo comenzó cuando Dumek Turbay, el gobernador de Bolívar, llegó al pueblo y dijo que le iba a meter el hombro a este sector abandonado. Tiempo después colocaron una bandera de Bolívar gigante en la entrada de Galerazamba. “Pues sí –me sigue contando–, antes me hacía la plata de la comida y algunos diez mil pesos. Ahora relajao me puedo ganar setenta barras. El domingo pasado me hice cien lucas, por ejemplo. Pero igual están llegando muchas motos de Piojó, Juan de Acosta, Arroyo Grande, Arroyo de Piedra, de todos lados y hasta algunos venezolanos ya están aprovechando el turismo de la zona; pero ojo, solo los que tenemos este carné –lleva la moto con una sola mano, mientras me señala el carné– en el brazo somos mototaxistas del pueblo, los demás… bueno nadie te va a responder por nada porque ellos no son de aquí”.

Nos acercamos a la Salina El Prieto y Juan me pregunta si sé que Shakira visitará el pueblo el jueves santo y le respondo que no sé. Me dice que eso están diciendo, que nadie confirma, pero quiere saberlo para decirle a su mujer “que venga a lavar pies fuera del Mar rojo. Cuando vino Carlos Vives le dije. Uff, al día siguiente hicimos plata, esto se llenó. Marica el último”.

Juan me explica que El Prieto está cerrado para turistas, pero que él conoce la trocha. Llegamos, y cruzamos un portón hecho de palos y púas. Caminamos pero no se ve ninguna Salina. Juan no conoce la trocha. Estamos perdidos caminando entre el bosque seco tropical, me dice que no me agarre de nada, que “mire el piso y mire pa’ arriba, ojo te cae algo encima”. Seguimos caminando y un jagüey nos detiene. Me mira y lo miro. Me dice que regresemos, y no me dice que está perdido. Seguimos y Juan se sube en una piedra y con la mano en la frente dice: “¡Ya la ví!”.  Camino hacia donde él, y se baja de la piedra. Me subo en la piedra y veo, a lo lejos, una piscina gigante con algunos visos rosados; justo al lado, el mar Caribe chocando con estruendo en las piedras gigantes que están en la orilla. Es la Salina El Prieto.

—Eso está lejos, ¿la ves? En esto se pone toda rosada, la trocha como que se cerró. Vamos, te llevo a la India Catalina –me dice Juan, mientras abre el portón de púas y palos.

Una mujer lava los pies a una visitante con agua de sal extraída del ‘Mar rojo’.
Una mujer lava los pies a una visitante con agua de sal extraída del ‘Mar rojo’.

“Antes la tenía una empresa privada, pero ahora la tiene la población y se le da publicidad. Pero siempre ha existido la artemia”.

El monumento de la India Catalina está en pleno pueblo, a varias cuadras de la vía principal, en el barrio Miramar. Está en la mitad de un parque que tiene los senderos pintados de azul celeste, y justo al lado está la Biblioteca India Catalina. Bajo el cartel de la biblioteca, pintado sobre la pared, dice: “Bolívar sí avanza”. En el parque hay cinco columpios de los cuales solo funcionan dos. Catalina tiene la misma posición erguida, el mismo color bronce y misma la pluma en la frente que la Catalina de Cartagena. La única diferencia es que el pie derecho de la India Catalina de Galerazamba está medio abierto, corroído. Me dicen que es por la salinidad. Abajo de la India Catalina dice: Galerazamba 510 años.

Al frente del parque, en la terraza de una casa de un piso color mamón, un señor organiza una caja de herramientas. Le pregunto sobre la india Catalina, y reseña: “Antes de que Cartagena fuera fundada hace 486 años, todo este territorio, desde Santa Catalina hasta acá, fue explorado por un tal Alonso de Ojeda, quien sería conocido por darle el nombre al país vecino, Venezuela. Un navegante español. Llegó en 1509 y se encontró a un grupo de indígenas Mokaná en cabeza de Zamba, el cacique. Nicolás Nicuesa, otro de estos europeos bandidos, juntó a sus hombres y asesinó a los Mokaná y secuestraron a la hija/nieta/sobrina de Zamba, Catalina. Tiempo después sería esclavizada y vendida en Cuba, y Pedro Heredia, fundador de Cartagena, la traería como intérprete y bueno… ya ahí vamos sabiendo la historia. Esa que tienes al frente es la original”.

Fila de carros en búsqueda de un lugar para parquear.
Fila de carros en búsqueda de un lugar para parquear.

La llegada

Mauricio se adelanta en la vía. Nos detiene una hilera de 42 carros, somos el número 43 y detrás tenemos 9 más. Preguntamos por inseguros, pero el camino parecía estar salpicado de agua roja por todos lados: agua roja en el sudor de la gente del pueblo, parquean carros en todas las direcciones, donde quepan; agua roja en los puestos donde venden agua, speed max y big cola, en la mirada de las mujeres y sus trenzas, en sus uñas y pañoletas amarradas al cuello también, en la piel de los turistas y en algunos carros en la fila. Todo rojo.

En Galerazamba ahora todo es un parqueadero: terrazas, patios, andenes, la misma carretera de tierra amarilla que cocina mis pies, detrás de la iglesia y  alrededor de la plaza. También hay carros estacionados en los costados de la antigua bodega de sal de Galerazamba. La hilera se hace más lenta y decido bajarme y caminar como los demás peregrinos. Mauricio –un InDriver 4,7 estrellas– se va cantando El cóndor herido de Diomedes Díaz.  Son las 10:40 de la mañana y los peregrinos toman fotos en el camino, posan de a dos, de a tres, saltan, hacen muecas y gritan: ¡Mar rojo!

—¿De dónde vienen? –Pregunto a una mujer que se toma una selfi mientras camina hacia la entrada de las salinas. Lleva un vestido de baño más amarillo que el sol. Me responde que ella y sus amigos vienen de Manizales. “Nadie se quiere perder el Mar rojo”. Una chica está sentada a pocos metros con una cava de icopor. “Yo no sé dónde se va a meter en el Mar rojo con ese vestido de baño, si eso no es ni mar, eso es un charco”.  Su nombre es Lucy y tiene 16. La mamá la trajo desde Luruaco, Atlántico, para que vendiera agua en Semana Santa.

Estamos justo en la entrada. Nos detiene una reja blanca de un metro y veinte centímetros de alto, y seis de ancho. Ahí en ese portón están una moto de la Polícia Nacional, tres  agentes y un kiosko que entregó Icultur (Instituto de Turismo y Cultura de Bolívar) el 29 de marzo para reglamentar los precios y tener un centro de información para el turista. La entrada al Mar rojo cuesta $5.000, los niños no pagan. El parqueo cuesta $2.000, pero la gente se queda tanto tiempo que termina dando más plata. Los guías se distinguen por sus camisetas manga larga de color blanco con una cinta horizontal,  de un verde fluorescente, que cruza el pecho. Todos, se supone, nativos de Galerazamba.

Decenas de turistas caminando hacia el ‘Mar Rojo’.
Decenas de turistas caminando hacia el ‘Mar Rojo’.

Reactivación de salinas

El 11 de marzo, luego de dos años, se reactivó la extracción de sal. Ese día, Dumek Turbay estuvo en el pueblo con Silvana Habib, directora de la Agencia Nacional Minera, y el alcalde de Santa Catalina, Salomón Castro. Dieron las buenas nuevas a la gente del pueblo: reactivación de salinas y, con eso, apertura al turismo. En alianza con  la empresa Brisna S.A. entregaron las camisetas blancas que llevan los guías, también linternas, gorras, pantalones y agua potable. 150 kits. “Hoy definitivamente es un gran día para la población de Galerazamba. Es al desarrollo integral y turístico al que este Gobierno le está apostando”, afirmó el gobernador en cadenas nacionales de televisión.

Y sí, Galerazamba no es lo mismo. Y no es por la sal. Una tonelada de sal, me cuenta un chico de 19 años que está sacando un cristal de las salinas, se vende en $24.000, y una camioneta que llegue con cinco turistas representa $25.000 solo la entrada, más el parqueo y lo que le den a la gente que está acá en las salinas, algunos $35.000. Le pregunto para qué saca el cristal, y responde: “La pongo ahí en mi puesto, para que la gente vea los cristales, para el turismo”.

Pago la entrada y entonces veo un río de gente peregrinar hasta al Mar rojo. Al frente de las salinas hay una fila de carros que no termina. Hay mototaxistas y motocarros, vendedores de mango y bolis de fruta. Camino entre los cientos de personas y me acerco a un guía. No me dijo su nombre, pero me comentó: “Antes la tenía una empresa privada, pero ahora la tiene la población y se le da publicidad. Pero siempre ha existido la artemia, que es la que da el color rojo, el mar rojo siempre ha existido aquí. Ahora la gente puede venir a ver lo que hace la artemia, este efecto natural tan bonito”. Algunos peregrinos comentan sus reacciones: “parece sangre”, “así se debieron ver las aguas del Nilo cuando Moisés amenazó al Faraón”, “dicen rojo pero esa vaina se ve rosada”.

Y es que el ingreso de turistas a las salinas disminuye el efecto de la artemia. Y en las salinas, aunque no esté permitido, hay un docena de bancas y sillas donde la gente se puede sentar a tomarse fotos. Cuando termina la sesión fotográfica una mujer espera al peregrino para lavarle los pies. La recomendación es no estar más de 10 minutos adentro. Me acerco a una de estas señoras y le pregunto cuánto cuesta el servicio de la banca para fotos y la lavada de pies y me responde que lo que la gente quiera dar. Marta es de Galerazamba y me cuenta que con la banca y la lavada de pies, malo, malo, se hace de cien a doscientos mil, y “el domingo hago más, es el mejor día. El pasado me hice $390.000”. También me dijo que hay que estar pendiente de los puestos de venta. Los de al lado, por ejemplo, son lomeros y le quitaron el puesto a un nativo. “Y así no se puede”.

Igual que todos los peregrinos, estoy sorprendido por las 380 hectáreas de salinas de Galerazamba vestidas de rosa. La artemina ni se imagina la locura que produce en los peregrinos que corren por un par de fotos en el Mar rojo.

Enrique Caraballo, uno de los líderes de Galerazamba, me contó al salir que el tope máximo de carros ha sido 1.200 por día y yo de verdad no puedo creerle. Me muestra unos registros que llevan en la entrada de la empresa Brisna: de 700 a 900 carros en promedio.

Enrique Caraballo es la voz de 90 personas inconformes luego de ver dos años al pueblo sin prosperidad. De esas 90, cuatro acompañaron a Enrique para llevar una propuesta a la empresa Brisna y a la Gobernación: vender Galerazamba como sitio turístico. Estuvieron en mesas de trabajo con la Gobernación en Cartagena y Bogotá. En Cartagena también visitó varias agencias de turismo para educarse en esta empresa de recibir forasteros ávidos de nuevas aventuras. Poco a poco llegaban carros con turistas de Cartagena. Luego, el 22 de marzo, con la invitación de Carlos Vives en su cuenta de Instagram, donde le siguen 5,6 millones de personas —casi cinco veces la población de Barranquilla—, Galerazamba dejó de ser un pueblo fantasma. Más bien, se convirtió en un pueblo que no está preparado para recibir centenas de visitantes. De ahí comenzó la carrera por organizarse en listas de trabajo, por recolectar la información y comenzar a señalizar los sitios.

Enrique me contó también que no es nada nuevo esto el Mar rojo, que pasa siempre que se extrae sal y aquí eso se hace “desde siempre”, pero que ahora necesitan aprovechar todo el potencial para que la gente del pueblo tenga ingresos y viva mejor.

—¿Enrique, por qué ahora le ponen el ojo a Galerazamba y no antes? -Galerazamba es el último pueblo de Bolívar y el primero del Atlántico. Geográficamente somos Atlántico, jurídicamente Bolívar.  El conflicto existe desde 1954 y tiene mucho que ver las variaciones de El Canal del Dique.

El año pasado, en noviembre, el Instituto Geográfico Agustín Codazzi volvió a pronunciarse sobre el lío limítrofe entre los dos departamentos. Eduardo Verano, gobernador del Atlántico, aseguró que este tema no tiene prioridad en su administración. Por otro lado, Dumek Turbay dijo: “Bolívar no cederá ni un solo milímetro al Atlántico”.

“Dumek hizo el 80%, se apropió de Galerazamba… En el tiempo no hay cosas malas que por bien no vengan. Sí, él tomó posesión, hizo una izada de bandera ahí en la entrada. Vea, cuando él se dio cuenta del potencial del pueblo y de la disputa entre Bolívar y Atlántico dijo: a este corregimiento le meto el hombro yo”.        

Le pregunto a Enrique sobre si él se considera de Bolívar o de Atlántico y con un golpe leve en la mesa donde acaba de almorzar, sonríe y dice: bolivarense, toda la vida.

 

*Textos y fotos especiales para EL HERALDO

Monumento a la India Catalina, en Galerazamba.
Monumento a la India Catalina, en Galerazamba.

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