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Elvinson Acosta lleva 5 años haciendo el recorrido pidiendo por la salud de su madre.
César García
Barranquilla

Los flagelantes de Santo Tomás, una ‘manda’ que no muere

El tradicional recorrido de los flagelantes en la población del oriente de Atlántico estuvo cargado de sangre, dolor y negocio. Historias de mujeres que pagaron mandas por la “salvación” de sus hijos.

Laura Quintero dijo  este Viernes Santo que desde la última Batalla de Flores, realizada el pasado sábado 7 de febrero, no veía tanta gente “distinta” en Santo Tomás.

La joven abanicaba ayer un fogón de carbón, mientras cientos de personas veían desde la calle de La Ciénaga, en el barrio Buena Esperanza, el tradicional recorrido de los flagelantes. Un pasaje de tierra ‘sentada’ de aproximados 2 kilómetros -desde el Caño de las Palomas hasta el sector de la Cruz-  en el que al menos 30 personas, según los espectadores, pasaron pagando “mandas” a punta de azotes y otro tipo de ‘dolorosos’ rituales.

En el recorrido debían detenerse 15 veces, el mismo número que hizo Jesucristo en su camino al Calvario.

Laura vendía ‘chuzos’ de chorizo y butifarra. Los asistentes, como en un acto semejante a un desfile de Carnaval, apaciguaban el calor sentados en sillas plásticas y bebiendo cerveza helada. En la calle de La Ciénaga no hubo palcos, pero sí terrazas de viviendas con frondosos árboles -de mango en su mayoría- con abundante sombra. Ahí faltó la música, que por decreto de la Alcaldía de la población de la banda Oriental del Atlántico, estuvo prohibida por donde pasó el recorrido. Fue una fiesta, pero callada.

“Es que cada vecino de la calle de La Ciénaga pone su negocio en la puerta de su casa para sacarle “alguito” de billete al desfile de los penitentes. Venden cerveza, sopa, arroz, pasteles, dulces y yo chuzo desde hace cinco años”, expresó Laura, sin parar de mover el cartón con el que le daba ‘vida’ a las brasas.

Cecilia Pérez Fontalvo, de 65 años, pagó dos “mandas” este viernes. Primero hizo el recorrido con el “vaso de la amargura”, penitencia que consistió en fijar su brazo izquierdo sobre una estructura de madera, sosteniendo una copa de vino sin dejarla caer. Así debió llegar  de espaldas y descalzo hasta La Cruz, para luego beberse el líquido.

Después, Pérez Fontalvo fue y se cambió a su casa y salió nuevamente, con las vestimentas típicas de los flagelantes, para ‘picarse’ en La Ciénaga.

“Pago una manda por una hija que sufría trastornos mentales. Ella se llama Sandra Marcela. Vino mal de Venezuela después de vivir allá varios años y, de tanto pedirle a Dios por su recuperación, hoy está bien. Está a punto de casarse, por eso pago dos mandas”, mencionó Cecilia, quien lleva 14 años flagelándose: once años por un niño del pueblo que no podía caminar y que hoy, de acuerdo con ella, lo puede hacer y tres por Sandra Marcela.

La cruz de Esilda. 

Sosteniendo una cruz de madera de dos metros de alto por 1,50 de ancho, Esilda Muriel, de 27 años, caminó por la destapada calle de La Ciénaga. Cargó una corona de espinas en la frente y se vistió de púrpura satinado.

“Tuve un embarazo de mellizos con problemas y solo nació uno. Los médicos, cuando el niño nació, me dijeron que no se iba a salvar o que no iba a caminar. Le pedí al Señor de los Milagros y a Jesús de Nazaret que si antes de los dos años mi hijo caminaba yo pagaba esa manda y aquí la estoy cumpliendo”, manifestó Esilda. Según ella lleva 3 años y le faltan 2 para pagar por completo la manda.

A su lado caminó el pequeño por quien agradece a Dios y varios de sus familiares. Por momentos, estos agarraban la pesada cruz para evitarle a Esilda una “caída”.

Mi amigo se flagela por mí.

Edwin Truyol y Kelly Gutiérrez caminaron ayer a tres metros de distancia de “Muriel”, su amigo y quien decidió azotarse por la salud del pequeño Jorge William, hijo de la pareja.

Muriel se azota por su amigo Edwin Truyol, quien paga una penitencia.

Mientras Muriel se pegaba con las siete bolas de cera en el coxis, Edwin y Kelly agradecían a Dios por la manda. Kelly cargaba al niño, de dos años. Ambos explicaron que Muriel, un ‘viejo zorro’ en la práctica de la penitencias, les dijo que iba a flagelarse este y el otro año por el niño, porque se salvó de una afección cardíaca. Según Kelly, Muriel lleva 12 años flagelándose.

“Yo no fui capaz de picarme y él, amigo mío, me dijo que sí. Se viene picando desde Sabanagrande, de donde somos. Mi niño empezó a sentirse mal desde hace cuatro meses, se me ahogaba, no caminaba. Y ya está sano, ya camina”, afirmó Edwin.

Sobre la importancia de quién pagaba la manda en caso de un “milagro”, Edwin dijo que eso no importaba porque “la idea es que se cumpla y no quién la cumpla”.

Negocio “barro”.

En medio de los flagelantes y los espectadores, el vendedor informal Ever Muñoz señaló haber tenido ayer su propio “viacrucis”. Dijo “no pelar un año” en Santo Tomás para el día de los flagelantes pero, a diferencia de otros, este estuvo “barro”.

Según el vendedor, el nuevo peaje de Sabanagrande incidió en la baja asistencia de público al acto y, por ende, afectó las ventas.

“He visto una recaída. Santo Tomás no es el de antes. Yo antes venía a las 8:00 a.m. o a las 9 :00 a.m.y ya había gente. Pero ahora ha bajado el personal. El peaje ha perjudicado a la gente, porque la gente tiene que pagar más plata”, expresó Ever, agarrando la tabla en la que colgaban los accesorios de fantasía que vendía.

En igual opinión que Ever estuvo Víctor Castellano, un joven que ubicó 30 sillas en la terraza de su casa, situada frente a la vía de La Ciénaga. “La silla, si no consumen, la doy en 2.000 pesos”, precisó Víctor.

El joven, de 25 años, luego indicó que tenía proyectado vender 15 canastas de cerveza, cinco más que las vendió el año anterior antes de 3:00 p.m., hora en que de acuerdo con él “pasa el último flagelante”. Sin embargo, ayer hasta las 11:30 a.m. solo llevaba dos canastas vendidas. Para Víctor, la falta de promoción del acto “ha bajado la clientela”.

Aquí puede ver la crónica audiovisual La Manda.

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