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Los inuit llegan a Barranquilla

El museo Mapuka de la Universidad del Norte presenta desde hoy una exhibición que da a conocer la cultura de esta comunidad indígena.

Francesc Bailón ultima detalles de la exposición abierta desde hoy.
Por: Estefanía Fajardo De la Espriella @Estefaniafd

El museo Mapuka de la Universidad del Norte presenta desde hoy una exhibición que da a conocer la cultura de esta comunidad indígena.

Cuando le hablan del Ártico, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza? Seguramente los osos polares, perros con rasgos de lobos, trineos, iglús y una población indígena cuyo nombre no está muy claro pero que reconocemos a partir de fotos. 

Esa comunidad, los inuit, está compuesta por alrededor de 160 mil personas y será el antropólogo español Francesc Bailón el encargado de aterrizarla desde hoy en Barranquilla a través de una exhibición en el museo Mapuka, de la Universidad del Norte. 

La importancia, según él, radica en conocer a un pueblo que se identifica más por su nombre que por su realidad. “Cuando los colombianos piensan en el Ártico o los inuit se imaginan que viven en iglús, que se dan besos con las narices, que intercambian sus mujeres o se las ceden”. 

Precisamente, a través de su exposición, Bailón —que los describe como un pueblo ancestral— pretende romper aquellos tópicos. “No se dan besos con las narices, lo que hacen es olerse. Tampoco es cierto que vivan en iglús de nieve o que cedan a las mujeres, no es verdad que tengan 100 palabras para describir la nieve”, afirma. Para él, la realidad es más fascinante de lo que se conoce hoy, “el problema es la tendencia a la exageración”.

La muestra es una explicación muy personal, porque para Bailón la cultura debe estar al alcance de todo el mundo y eso lo enseña por medio de su experiencia.

Solución de los conflictos

Él ha ido más de 30 veces a compartir con los inuit en sus territorios. Recuerda que siempre había sentido interés, como cualquier niño cuando le hablan del Ártico, como cualquier persona que sueña con tener cerca un oso polar e incluso conocer la nieve. Cuando habla de sus viajes, como si fuera un niño que descubre cosas nuevas, pregunta: “¿Sabes de qué color es el pelaje de los osos polares?, ¿y el color de su piel?”. Él sabe la respuesta y también la sorpresa que experimentará la otra persona cuando descubra que el pelo de estos hermosos mamíferos es transparente y su piel negra.

“Tenía esa fascinación pero veía todo lejano”, confiesa. Sin embargo hubo algo que hizo clic con esa cultura: los inuit solucionaban sus conflictos internos –excepto el asesinato– a través de duelos cantados improvisando canciones y poemas. “Consideré que el pueblo que recurría a la violencia lingüística, pero no física, debía ser un pueblo rico culturalmente”, afirma. 

“Cuando leí en un libro esta costumbre de solucionar conflictos, dije que debía dedicar mi línea de investigación a esto, ya llevo más de 20 años. En el 2002 decidí dar mi primer paso, me fui con una mano adelante y otra atrás”, relata. 

En un minuto, sostiene, aprendió más que el centenar de libros que había leído antes, esos textos le hablaron de lo que había desaparecido. 

“Delante de mí tenía un cazador conduciendo un trineo de perros con un móvil en la mano. Ellos viven en el equilibrio aprovechando lo mejor del mundo moderno y siguiendo sus tradiciones”. 

En cada viaje Bailón escribe un diario de expedición. Tras 18 años de búsqueda encontró a un poeta del Ártico, una persona que improvisaba canciones y poemas para solucionar sus problemas. “Ahora está prohibido porque las autoridades consideraban que no era justo que una persona que era culpable saliera inocente en un duelo cantado”. 

El cartel central de la exposición es un duelo cantado precisamente por eso, porque es lo que lo unió a la comunidad que conoció en los libros y a la que se enfrentó en su primera expedición. 

Referentes

“Para el pueblo colombiano los inuit son un referente, sobre todo en cuestión de derechos indígenas. Son el primer grupo en eliminar el analfabetismo, el primero en escribir un periódico en lengua nativa, en crear un estado autonómico semi independiente (Groenlandia). Toda esta serie de logros son un referente para el resto de grupos indígenas”, cuenta. 

Es decir, los inuit se convierten en el espejo sobre el cual “quieren reflejarse los otros indígenas del planeta”, intentar llegar al mismo nivel político, económico, social y de derechos humanos. 

De esa comunidad confiesa haber aprendido el valor de la humildad, sinceridad, honestidad, compañerismo, “aprender a decir cosas sin pronunciar palabra, a escuchar el eco del silencio cuando observas la naturaleza y a encontrarte a ti mismo simplemente subiendo una montaña”.

Experiencias

Los lavabos (inodoros) de los inuit no tienen agujero, no cuentan con cañerías porque el agua se congela, no aprietas un botón para que caiga el agua sino unas bolsas que se ponen en un depósito que tiene la forma de lavabo. Así explica el antropólogo cómo son los baños en esa población. 

“Ahí todo el mundo hace sus necesidades y el último que llega tiene que coger esa bolsa llena de excremento para sacarla. Si estás en un lugar donde hay más osos polares que personas, tienes que coger eso, salirte del pueblo, caminar cuatro kilómetros con tres metros de nieve, a 50° bajo cero con un fusil en la mano, y mientras estás quemando eso estar pendiente que no se acerque un oso. Siempre que voy me toca a mí sacar la bolsa porque me dicen que ya que soy el invitado, que al menos la saque”, recuerda entre risas. 

De cosas más entrañables recuerda la primera vez que compartió con los inuit de la costa este, que han sido con los que más relación ha tenido. “Me vino a la cabeza la expresión de Speedy Gonzáles cuando íbamos en el trineo —Yepa, yepa, pa’ lante, pa’lante—. Ellos se quedaron con el “pa’ lante” y como dicen que mi nombre es horrible, a partir de ese momento me llamaron Pa’ lante”.

El nombre no fue solo para él, tras llevar a un grupo de vacaciones a las Islas Canarias, donde también hicieron un documental llamado La sonrisa del sol, una de las mujeres quedó embarazada y al niño lo llamaron Pa’ lante. “Además, en una de las expediciones una perra quedó embarazada y a uno de los críos le pusieron Pa’ lante.  Mi nombre inuit también lo llevan otros”. 

“La vida hay que vivirla día a día, sabes cuándo te marchas a cazar pero no cuando regresas”, es la filosofía de vida de la población que tiene como eje principal la naturaleza, que practica el neocristianismo chamánico y que en su menú se encuentran focas y osos polares. Básicamente, su cultura y esencia reunida en una sola muestra.

Exposición

La exhibición, que va  hasta el 22 de agosto, tiene también como objetivo conmemorar los cinco años de trayectoria del Mapuka, que ha buscado convertirse en un espacio cultural para la ciudad y la región. 

El museo está abierto de 9:00 a.m. a 5:30 p.m. de lunes a viernes, y sábados de 9 de la mañana a 1:30 de la tarde. La entrada a conocer la cultura inuit tiene costo.

 

 

Una de las vitrinas con parte de la indumentaria inuit en la actualidad.
Una de las vitrinas con parte de la indumentaria inuit en la actualidad. Rafael Polo

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