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Más de una década de gestación silenciosa dio forma a Los hombres de mi vida, el más reciente libro de la laureada escritora colombiana Piedad Bonnett. Se trata de una de las voces más relevantes de la literatura contemporánea. Su poesía, íntima y reflexiva, ha sido traducida a numerosos idiomas y galardonada con premios tan prestigiosos como el Casa de América de Poesía Americana por su libro Explicaciones no pedidas (2011) o el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por toda su obra.

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En diálogo con EL HERALDO la autora oriunda de Amalfi, Antioquia, revela cómo una intuición nacida de la lectura del poeta griego Yannis Ritsos derivó en una obra que explora las tensiones entre lo femenino y lo masculino, el dolor persistente del duelo, la fragilidad de la vejez y las huellas emocionales de la pandemia.

Con una mirada íntima y reflexiva, Bonnett se adentra en las contradicciones del amor, los recuerdos y la condición humana, abriendo un nuevo capítulo en su escritura. A continuación reproducimos apartes de la entrevista.

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¿En qué momento sintió que debía escribir ‘Los hombres de mi vida’ y qué experiencia personal o reflexión detonó este libro?

Es un libro que nació de una manera muy extraña y hace mucho tiempo. Mirando mi computador, los primeros poemas son de hace 12 años, o sea, yo tuve una idea leyendo a un poeta que me gusta mucho, que se llama Yannis Ritsos, que es un poeta griego. Él habla de la Grecia de hoy a través de la Grecia antigua, y aborda el ánimo guerrero, de esos griegos antiguos. Y mientras leía eso, pensé en los hombres de la guerra, así fue como se me ocurrió hacer este libro, porque me venía rondando desde hace mucho tiempo toda la cuestión de la masculinidad. Se me ocurrió primero el título, que pareciera no tener nada que ver con la cosa de la guerra, porque se llama Los hombres de mi vida, pero ese título se me vino a la cabeza porque las mujeres a veces decimos en conversaciones íntimas una cosa que es bastante ridícula, “ese fue el hombre de mi vida”, y lo hacemos para hablar sobre todo de amores pasados, me pareció que esa frase era una introducción irónica a un mundo donde hay mucha disonancia entre hombres y mujeres, donde hay muchas fricciones, incomprensiones, distancias y muchos silencios.

En el libro también aparece la vejez de los padres. ¿Cómo cambia la relación con ellos cuando uno empieza a mirarlos desde la fragilidad?

Yo tuve unos padres muy viejos. Mi padre está vivo, pero mi madre murió en octubre, mi madre tenía 103 años, mientras que mi papá va a cumplir 100. O sea, soy uno de los pocos seres humanos que ve esa longevidad tan enorme de los padres. Mi mamá no sufrió como tantos viejitos, mi papá está enteramente lúcido, aunque está ciego, como describo en el poema, también está sordo y con muy poca movilidad, entonces él no sale de su apartamento. Lo que un padre así nos suscita es la gratitud con la vida de tenerlos, de poder visitarlos todavía. O sea, mi padre Diego, que fue un gran lector, ya no puede ni siquiera ver la televisión, no puede leer los periódicos, tiene que conformarse con oír las noticias con un aparato que le conseguimos (…) En este poema que escribí sobre mi padre la imagen que utilicé fue la del pez en su pecera, porque mi papá está encerrado en su oscuridad, en su sordera y en su apartamento. Él gira sobre su propia vida, porque el mundo de afuera permanece con candado.

Cortesía

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El libro también dialoga con el tiempo reciente, marcado por la pandemia ¿Qué dejó ese período en su forma de pensar la vida y la escritura?

Yo creo que internamente a todos nos cambió la pandemia, porque lo primero que nos hizo ver es la posibilidad como especie de extinción, porque donde llegue una pandemia que no alcancemos a controlar, nos arrasa, pero además lo otro que creo que fue muy doloroso para todos fue no poder abrazar y ver también el mundo de afuera clausurado. Entonces, yo, por ejemplo, tengo el que creo que es mi poema más significativo de esa parte, El heladero, porque veía en pandemia a un señor de unos 80 años que subía las calles empinadas haciendo un esfuerzo gigantesco con su carro de paletas, y nadie le compraba, ese heladero se me convirtió en símbolo, porque así es como nace la poesía, del empecinamiento, de la fe, de creer en nuestro trabajo, de aferrarse a la vida. El heladero sintetizó lo que fue la lucha de tantos seres que tenían que comer diariamente en un mundo que les estaba cerrando todas las oportunidades y todas las puertas.

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¿Qué le gustaría que un lector descubriera en ‘Los hombres de mi vida’ que quizá no haya visto en sus libros anteriores?

Creo que este libro se sale de lo que venía haciendo, que era una trilogía muy dolorosa, que tenía que ver con la muerte de mi hijo Daniel, pues esta no es que tuviera que ver con él, está atravesada por el dolor de esa pena que yo tenía, y entra a otro territorio. Y lo que pienso es que me estoy desprendiendo de un momento de mi vida que cuajó en poesía y estoy incursionando en otra cosa, que su esencia es la relación entre lo femenino y lo masculino (…) Hay unos poemas de amor, porque yo creo que los hombres, pues lo que nos ofrecen a nosotras es mucha posibilidad de amor y de realización, son los padres de nuestros hijos. Y ya después hay otras variaciones, o sea, el poema al padre y los dos poemas a Daniel.