Bolívar

Chambacú: entre la pobreza extrema y los caballos cocheros

En este barrio pobre de la capital de Bolívar está ubicado uno de los establos de los coches que se ofrecen a los turistas en el centro.

En Chambacú, un deprimido sector de Cartagena, ‘refugio’ de migrantes, niños, niñas y adultos en extrema pobreza que tienen como vecino un pomposo centro comercial, la vista del progreso de la ciudad, la llegada de camionetas lujosas y la felicidad de aquellos compradores que tienen –por mucho– más que ellos, los primeros que comen, según los nativos, son las ‘bestias’. Ellas son la prioridad, la razón del asentamiento y el sustento de las cientos de bocas  que, en medio de un playón disparejo, rocoso y anegado que sirve como cancha de fútbol, viven o, mejor dicho, sobreviven.

Chambacú, al igual que muchos puntos de la capital de Bolívar, es el reflejo de un desordenado crecimiento y de la desidia y olvido hacia los más miserables. Pero – a diferencia de otros barrios– este punto tiene su razón de ser y su marca personal: los caballos, cientos de animales que son alimentados en lo más precario de La Heroica para luego ser los elegantes corceles que tiran del coche a una pareja de italianos enamorados por la romántica y mística noche del centro histórico. Otra bofetada de ironía que atiza a La Fantástica.

‘Clavado’ entre los extramuros del cordón de piedra y la avenida Pedro de Heredia, este barrio es una caldera hirviendo de cientos de necesidades y polémicas. La mayoría de personas que ahí habitan, unas 200, según ellos mismos, se lucran únicamente de las ganancias que dejan los paseos en coche. Algunos son propietarios de los equinos, otros los alquilan y unos simplemente ayudan en las labores diarias en la gigante pesebrera, que se levanta como fachada de un centenar de casas lánguidas, agrietadas y hechas, en su mayoría, con todo tipo de materiales que fueron desechados por otros en algún punto de la ciudad. 

Josefina Villarreal

En el barrio no hay saneamiento básico, servicio eléctrico normalizado ni pizca de dignidad. Para colmo de males, la laguna que se encuentra en la parte posterior ha registrado índices de contaminación por la cantidad de desperdicios que allí se vierten. Todo un coctel de factores peligrosos que mina la humanidad de sus pobladores. 

Hablar con la comunidad no es fácil. Los ‘prietos’ que ahí residen son sensibles al tema de sus caballos y los establos, en gran parte, porque están aburridos y se sienten perseguidos por la molestia generalizada que causa en la ciudad cada vez que se conoce un tema de maltrato animal. Además, aseguran que los catalogan de esclavistas cuando, según su relato, ellos son los que más velan por el estado de los animales. “Compa, ¿cómo carajos vamos a dañar lo que nos da de comer? Eso no tiene lógica”, dijeron.

“En pandemia tuvimos que vender los electrodomésticos y prestar dinero pa’ alimentar a los caballos. No recibimos ayuda de nadie. Es una gran mentira que no prestamos atención a los caballos. ”, dijo Jhon Castelar, cochero de Chambacú, una de las dos pesebreras de Cartagena. La otra está ubicada en Marbella.

Labor costosa

Los caballos que son usados para los coches vienen, en su mayoría, de Arenal. En el municipio bolivarense son comprados flacos, con el pellejo pegado a los huesos y sin rastro de fibra, pero tras unos meses de constante alimentación y de labores extensas para calmar sus bríos, jornadas que han dejado heridos por duras patadas a una costilla humana, los animales se vuelven fornidos y de paso elegantes. 

La manutención no es nada barata. Para su sostenimiento son necesarios $50.000 diarios en alimentación, una dieta que consiste en concentrado, afrecho, hierbas y agua de panela. Ahí se desnuda una grave problemática: ¿cómo sobrevive un negocio que es administrado por personas tan pobres y con una pandemia de por medio? 

“Nosotros siempre estamos es pendientes de los caballos pese a la mala fama. Desde la mañana hasta la noche estamos con ellos. Uno sobrevive es por ellos porque todos los que estamos aquí es por ellos. Por eso duele que nos vean como lo peor. Primero comen ellos que nosotros. Uno a veces aguanta hambre y se va hasta a pie para la casa con tal de que ellos estén bien”, aseguró Bill Díaz Meza.

“En lo de los coches hay más tiempo malo que bueno, pero hacemos el esfuerzo para que estén en óptimas condiciones”, dijo por su parte Carlos Felipe Ramos.

Josefina Villarreal

Pobreza

En Chambacú hay precariedad por donde se le mire. Sacando a los caballos, todo es desnutrición, carencias, lodo, agua sucia y estiércol.

Hay hambre y necesidades. Hay niños venezolanos sin un techo digno. Hay bebés creciendo, según la Procuraduría, al lado de orines. Hay ‘vampiros’ que se incuban en la mierda. Hay olor a hierro y barro. Hay noches donde la única sinfonía es el relinchar de las bestias. Hay vida en medio de la nada.

“Aquí la vida es muy humilde. No tenemos dónde echar la basura o los desechos. Aquí estamos revueltos con los caballos y con el agua. Yo no quisiera que mis hijos crecieran aquí por el popó de los caballos y porque hay muchas plagas. Hay muchas infecciones por eso y por el agua que queda estacanda siempre”, dijo una mujer que prefirió reservar su nombre

La dramática situación, además de ser advertida por los pobladores, fue señalada por la Procuraduría, por el Departamento Administrativo de Salud Distrital y por la Umata. Un problema social que, por ahora, parece no tener una solución definida.

Frente a lo anterior, la Alcaldía de Cartagena y el ICBF trabajan en elaborar un plan de acción articulado e integral para lograr el restablecimiento de los derechos de niños, niñas y adolescentes que viven en estos lugares.

Caballos en mal estado

Al grave problema social que se presenta en Chambacú y en Marbella, se le sumó un informe que reveló que algunos caballos sufren de maltrato animal y no cumplen con las normas para cumplir labores en los coches. 

Tras el análisis de 82 historias clínicas, el estudio reveló que 44 caballos superan la edad establecida (hasta 8 años pueden trabajar) y 20 de estos “están asignados a coches que registran un solo caballo (deben ser dos)”. Cuatro equinos presentan un peso inferior al establecido (350 kilos) y otros 13 presentan heridas. Además, se indicó  que 37 coches tienen registrados un solo caballo y 17 de estos animales no cuentan con el chip de identificación, ocho caballos registraron frecuencia cardíaca alta, seis presentan edad superior a los 8 años y 28 caballos tienen agrietados los cuatro cascos.

“Sentimos que hay un poco de acoso contra nosotros. Ahora nos están molestando con lo de la edad de los caballos, pero si un caballo a los 10 años está bien alimentado, bien cuidado, no entendemos por qué nos dicen que no puede salir. Es injusto”, manifestaron los voceros de los cocheros.

Por otro lado, se conoció que debido a la carencia de recursos para mantenerlos, en pandemia se presentó un importante número de muertes de caballos en las pesebreras por lo que aún no hay un número exacto de los caballos que hay. En 2014 eran 120 equinos por 60 coches, pero las novedades recientes no ayudan para dar claridad en los reportes, según explicó Juan Carlos Simanca, veterinario de la Umata.

“Si hay casos así, pero es injusto que por uno paguemos los platos rotos todos. Aquí no nos ayuda nadie y nos deberían dar la mano”, dijo otro cartagenero dueño de coche.

El debate se ha encendido y, desde muchos sectores, han pedido la clausura y reubicación de estas pesebreras. Pero –por ahora– todo sigue igual en el corazón de Chambacú. Miseria, hambre, caballos y coches. El servicio de los pobres a los más ricos.

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