El Heraldo
El inspector Manuel Pedraza le explica el procedimiento a la pareja que asistió voluntariamente a la inspección de policía. Luis Felipe De la Hoz.
Barranquilla

Pequeñas causas | “Que él me dé los muebles y se quede con el apartamento si quiere”

Una pareja se encontró cara a cara frente a un inspector de Policía de Barranquilla para solucionar un caso de despecho, separación y repartición de bienes.

La Unidad de Servicios Especializados en Convivencia Ciudadana y Justicia (UCJ) no es precisamente el mejor lugar para tener una cita romántica. Pero, quizás, sí es necesaria para ponerle punto final a una relación de manera conciliada. El edificio, antes llamado UPJ, es la sede de la Inspección de Policía número 13, en donde toma lugar esta historia. 

Era un poco más de las 11:00 de la mañana cuando una mujer ingresó al despacho del inspector. Vestía de flores y llevaba el cabello oscuro recogido. La oficina, dividida en varias habitaciones de paredes blancas y sillas negras, se encuentra junto a las salas de medicina legal y otros cubículos policiales. Todo estaba en silencio, en una pausa muda, cuando ella entró a la sala de espera, en donde yo la esperaba.

Rápidamente, con el afán de quien quiere concluir un asunto apremiante, la mujer se sentó frente al escritorio del inspector, un hombre veterano de cabello corto. Manuel Pedraza, la autoridad encargada de conciliar el caso, le dio también la bienvenida a otra persona, que ingresó a la habitación con paso lento y con la mirada fija en el suelo.

El hombre se sentó también frente al inspector, al lado derecho de la mujer, y, por primera vez, levantó la mirada dirigida hacia el inspector que presidía la audiencia. Inmediatamente, como por acto reflejo, él movió la silla hacia un lado, sin fijarse ni medio segundo en la señorita que estaba a su izquierda. Hubo un silencio incómodo. Manuel Pedraza carraspeó.

Un saludo formal, acompañado de un par de apretones de manos y miradas fijas. Todo en la habitación estaba quieto. Todo excepto la pierna derecha del hombre, que se movía con intensidad en pequeños compases verticales. Llevaba una camiseta sencilla y un corte de pelo al ras, con el cabello en puntas, como un puercoespín.

Callado, sin mirar ni de reojo a la mujer que estaba a su lado, esperó a que el inspector iniciara la audiencia, a la que se habían presentado de manera voluntaria. La mujer, que se revolvía en su asiento, tomó la palabra antes que el inspector y declaró el motivo por el cual estaban ahí reunidos.

—Este hombre y yo no tenemos ninguna relación, pero hemos venido aquí a conciliar por una situación que se presentó hace unos días.
—Nosotros somos pareja... —dijo el hombre mirando hacia el suelo—. Perdón... expareja.
—Él y yo no somos nada. Recalcó, con voz seria, la mujer, mientras se acomodaba en el asiento.
—Es cierto—, confirmó el hombre con voz apagada. Nosotros ya no somos nada.

Curioso, el inspector se reclinó hacia adelante. Revisó el documento que tenía en las manos y se ajustó los lentes. Miró otra vez a las dos personas que tenía en frente. Esta vez, preguntó con agudeza.

—¿Ustedes son pareja?
—10 años de relación, señor. —Le contestó el hombre con un tono fuerte, atípico en su voz—. 
—¿Es eso cierto? —preguntó Pedraza, con la mirada fija sobre la mujer. 
—Sí —dijo ella, y añadió: “Pero terminamos desde octubre del año pasado”. 

Manuel Pedraza firma el acta de la conciliación. Luis Felipe De la Hoz
Audiencia

Fue en ese momento cuando el inspector pasó lista e identificó a los presentes. Héctor Márquez, de 27 años, y Tatiana Cuervo, de 31, cuyos nombres fueron modificados por petición de ellos, habían sido pareja por cerca de 10 años, hasta que las rosas se marchitaron y los sueños cambiaron a pesadillas.

Los motivos, los comunes: desempleo, mal temperamento, falta de atracción y empatía, enojo, frustración y por último, como una estaca de hielo, la resignación, lo que le puso punto final al cuento de hadas. 

Ella, profesora de un colegio del norte de Barranquilla, y él, desempleado, habían sorteado los altibajos de la relación dentro de un apartamento en Chiquinquirá. Con el dinero del rebusque y de algunos pequeños trabajos que surgían, Héctor pagaba el arriendo y los servicios, pero Tatiana había comprado todos los muebles: un juego de comedor, la lavadora, el equipo de sonido, los enseres de cocina y los utensilios de alcoba.

—Aquí revisando el documento —dijo el inspector— me encuentro que el señor Héctor atacó con cuchillo a otro hombre en el apartamento donde residen...
—Residíamos —interrumpió Tatiana—.
—¿Ya no viven juntos? 
—No. —contestó Héctor—. Ella se fue después de los sucesos de aquel día.

Una mañana de uno de los primeros días de Héctor con un nuevo empleo, contaron los protagonistas, el hombre salió del apartamento con rumbo a su lugar de trabajo. Ya estaban separados hace meses, explicó Tatiana, cuando, a los minutos, él regresó al inmueble y la encontró a ella con su nueva pareja en plenos actos íntimos.

Enfurecido, Héctor agarró un cuchillo y cortó al visitante, quien también forcejeó con el atacante, dejando un rastro de sangre sobre el colchón y en parte de la habitación. Fue ahí, cuando en pánico, Tatiana agarró unas cuantas mudas de ropa y se dio a la fuga con su nueva pareja. Ah, y junto a su hijo de seis años.

—¿Ustedes tienen un niño? —Preguntó, alarmado, el inspector.
—Sí, él ahora vive conmigo —dijo Tatiana rápidamente—. Él nunca le prestó atención, yo le pagaba todo.
—Eso es verdad, inspector. Yo nunca me hice cargo del niño, pero eso es algo que yo quiero cambiar.
—Qué vas a cambiar ni qué nada —le dijo Tatiana a Héctor, mirándolo por primera vez a los ojos—. El niño solo se queja de que su padre nunca está y yo estoy cansada de toda esta situación, no lo quiero ver más.

Perdón

—¿Qué quiere usted en esta conciliación? — preguntó el inspector.
—Yo solo quiero mis muebles, porque el niño ya vive conmigo — contestó enérgica Tatiana—. Ah, y que deje de amenazar a mis amigas en redes sociales. No quiero que me dirija la palabra ni a mí ni a ellas.

Héctor, en completo silencio, empezó a sollozar, lo que hizo a Tatiana suspirar con fastidio. El inspector, atento, tomó la palabra, retomando así la conciliación.

—Lo primero en estos procesos siempre debe ser el perdón, por eso, antes de continuar, debo saber si ustedes dos se perdonan.
—Si eso es lo que basta para terminar con esto —dijo Tatiana—, sí, lo perdono.
—Yo también la perdono, porque la amo —contestó, lloroso, Héctor, mientras se secaba las lágrimas con el antebrazo derecho.
—Entiendo que ustedes ya no son pareja y que usted, Héctor, no tiene problema en que ella, temporalmente, tenga al niño —expresó el inspector Pedraza. 

En estos casos, explicó el interventor, será la Comisaría de Familia la que se encargue del asunto del menor. Por ahora, recalcó, “lo importante es solucionar el tema del inmueble, en el que aún reside el señor Héctor Márquez, que es lo que le incumbe a este despacho”.

—Que me devuelva mis muebles —dijo Tatiana— que se quede con el apartamento si quiere, a mí no me importa, pero que deje a mi hermano recoger mis cosas. La última vez que intentó ir por las cosas él lo echó.
—¿Va a permitir que recoja los muebles?
—Sí... —contestó Héctor—. Que pase el próximo lunes si quiere, pero que se lleve también el colchón. Yo no quiero dormir ahí.
—¿Y promete que no va a amenazar a sus amigas y respetar su deseo de no verlo más?
—Sí, lo prometo.
—Siendo así, ¿dónde firmo? —preguntó, ágil, Tatiana.

Olvido

El inspector le mostró el acta, que había venido redactando al tiempo que los interlocutores exponían sus puntos de vista. En ella, según contó, quedaba documentado que todo tipo de agresión (física, verbal, económica o psicológica) debía cesar y, así mismo, permitir a Tatiana llevarse todos los muebles antes enumerados.

Con un movimiento rápido de la mano derecha, la mujer firmó el papel en el espacio bajo su nombre y número de cédula y miró al inspector a los ojos, quien asintió en señal de que era todo lo que necesitaba. De un salto, Tatiana se puso en pie, se colgó el bolso al hombro y se marchó de la habitación.

En el asiento a su derecha, Héctor, estupefacto, firmó también el acta y bajó la cabeza, llorando, ante el silencio absoluto de la sala. Viendo que todo había terminado me puse en pie y me despedí con una seña del inspector, que le había puesto una mano en el hombro a Héctor al tiempo que le decía adiós, antes de que también abandonara el despacho de igual forma como entró: con paso lento y con la mirada puesta en el suelo.

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