El Heraldo
Josías Domínguez visita la zona del atentado, mientras varios obreros reparan la sede de la Estación. César Bolívar
Barranquilla

Hermetismo y miedo en San José ocho días después atentado

Los vecinos de este barrio, en la localidad Suroriente de Barranquilla, siguen de duelo tras el estallido que los estremeció hace ocho días.

Dolor y rabia. Eso es lo que dicen sentir los moradores cercanos a la estación de Policía de San José, donde cinco uniformados murieron y 38 más resultaron heridos, a causa de dos artefactos explosivos ubicados precisamente en el rincón del parque en el que formaban.

Tocar el tema entre los vecinos significa recordar aquel fatídico sábado 27 de enero, a las 6:40 a.m., cuando el suelo tembló y el fuerte estallido hizo pensar que sería un transformador. Hasta que las sirenas de las cinco ambulancias que atendieron la emergencia irrumpieron el silencio acostumbrado en esa mañana, la comunidad cayó abruptamente en la realidad de lo ocurrido: era un acto terrorista.

Temor a que se repita

Luego de una semana, el silencio persiste, pero no es el mismo. Esta vez, lleva consigo el miedo que produce la acción de imaginar que un hecho aterrador se repita y que no vaya dirigido a la autoridad, sino a los civiles, quienes aseguran que están vulnerables.

A sus 60 años, Josías Domínguez Donado confiesa que es la primera vez que pasa una situación así. “Fue el susto de mi vida”, asegura. 

Ocho días después del hecho dice sentir la misma tristeza de los familiares de las víctimas y, pese al dolor y el temor, se atreve a describir ese momento cuando auxilió a los heridos: mientras veía tres muertos en el sitio, también observaba un pie ensangrentado en la pared y órganos que sobresalían de un cuerpo. “Esto no tiene perdón de Dios”, afirmó.

“La sensación es distinta. Ya yo siento un poco de temor, porque uno nunca piensa que se le iba a hacer esto a unos agentes. Y así como le pasó a ellos, mañana más tarde es en la casa, al vecino. Ya uno se siente incómodo por todo esto…”, expresa al mismo instante en que se ve obligado a interrumpir la entrevista para intentar secar las lágrimas que le recorren la mejilla y suspirar profundo para que no se le entrecorte la voz.

Domínguez, quien vive desde hace 28 años en San José, a 30 metros de la tragedia, confiesa que, así como ayer, a diario se están oficiando misas en el altar diseñado en conmemoración a los policías caídos, les llevan flores y luces cubiertas por faroles. Sin embargo, —agrega— estos actos no superan la crueldad con la que actuaron los victimarios.

Otro hombre, de seis décadas de vida, va más allá y pide “mayor seguridad, porque de pronto en otra oportunidad les pueden hacer lo mismo”.

Las ofrendas yacen en el suelo donde ese día solo se derramaba sangre. Ahora, es centro de correría de vecinos y curiosos que vienen a ser testigos de la magnitud del terror, el cual derribó paredes y dejó otras endebles, las mismas que están siendo reparadas por los obreros a disposición.

Las estructuras se están reforzando. Ese boquete que dejó uno de los explosivos ya hace parte del pasado y lo más probable es que esta zona del parque quede como nueva, como si no hubiera pasado nada. Más que daños, impregna una ‘grieta’ en el corazón de los habitantes de este entorno.

“La gente tiene temor de llegar a ciertos sitios que rodearon la tragedia. Por ejemplo, cerca del cuartel de Policía la gente siente mucho temor. Llevo a mi bebé a hacer deporte a la cancha y uno siempre está a la defensiva”, indicó Luis Mora Arenas, de 55 años.

Ninguno en Barranquilla y su área metropolitana es ajeno a dicho dolor. Los conductores de motos y carros, las madres que llevan a sus hijos a la escuela cercana, los vendedores de raspao y chicha; todos coinciden al detenerse al frente del lugar de los hechos, señalarlo, averiguar los últimos acontecimientos con los vecinos y seguir su camino.

El Carnaval quedó a un lado

La música de Carnaval no suena por estos días en la manzana, la tristeza es común y el dolor es respetado. A dos cuadras del epicentro se escuchan murmullos de los curiosos que preguntan dónde está el CAI, otros han decidido no sentarse en sus terrazas y encerrarse desde temprano.

“En el barrio siempre había mucha tranquilidad. Para esta época de Carnaval todo el mundo estaba emocionado, pero con esto (el atentado) ya no le dan ganas a uno de adornar las casas”, asegura otro vecino de la larga lista que prefiere dar testimonios a la prensa bajo el anonimato.

Y es que la continuidad de las ‘carnestolendas’ fue motivo de debate, en su momento, entre los ciudadanos que cuestionan la seguridad de la capital del Atlántico y se preocupan por supuestos nuevos ataques, y aquellos que creen que la ciudad se repondrá.

Uno de los heridos del acto terrorista, quien no quiso identificarse, defiende la realización del tradicional evento y, con la firmeza en su voz, acompañada de rabia e impotencia, atina a decir: “Que la alegría del Carnaval y la alegría de Barranquilla apague ese terror, esa tristeza por el terrorismo”.

Finalmente, los vecinos consultados coinciden en afirmar que esas imágenes de policías heridos, mutilados y agonizantes en las camillas no se borrarán de sus mentes, por lo que creen que, por el bien del barrio, deberán armarse de valor y superar estos trágicos hechos.

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