Cómo es... un día como policía

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Por: Leonardo Carvajalino @LeoCarvajalino

Cómo es... un día como policía

Un reportero de este diario se le midió al reto propuesto por la Policía Nacional de vivir una jornada del otro lado, desde la mirada de un agente.

El experimento comenzó un día antes. Recibí una llamada a las 10 de la noche de un viernes. “Dame tu talla de camisa y pantalón. Ah, y aféitate, que mañana vas a ser policía por un día”, me dijo mi editor jefe. 

¿Qué tipo de policía sería? ¿Qué funciones cumpliría como uniformado por un día? Mientras cortaba pelos de mi cara que habían estado allí desde que salieron intenté imaginarme allá, en las labores: parando carros para revisar papeles, pidiendo cédulas para corroborar antecedentes judiciales, manejando una moto a altas velocidades en una persecución de algún criminal. Básicamente, la combinación del concepto que nace del cine y la televisión y mi propia experiencia con los uniformados de verde.  

Estas ideas rondaron mi cabeza hasta el siguiente día, cuando desperté a las 6 de la mañana, oficialmente como policía. Llegué a la escuela de Antonio Nariño con rasquiña en la cara y en mi traje de civil.
Habían preparado uniformes para los participantes con una etiqueta removible con el nombre de cada uno. 

El uniforme tal y como va por capas. Primero una camiseta verde oliva sirve de fondo a una camisa cuello sport, color verde aceituna, manga larga. Después el pantalón largo es de corte recto y ciñe en la cintura para soltarse en los pies y dar paso a unas botas negras pesadas que cubren sobre el tobillo. Una correa sostiene un cinturón multipropósito en donde se portan todas las herramientas, desde el arma hasta la radio. Para terminar, una gorra del mismo verde con la palabra ‘policía’ escrita en dorado. 

Después de estar acomodado en el uniforme se acercó el mayor Jonatan Moreno, quien corroboró que todo estuviera en orden. “Te faltó la motilada”, me dijo con una de esas sonrisas que suaviza una verdad.  
Frente al sol nos formó en orden de estatura. Nos presentó los unos a los otros. Entre los participantes, además de los 12 voluntarios estuvieron el diputado Estefano González y la concejal María Henríquez.  
Después de enseñarnos unos comandos básicos para la postura que debe tener un policía para recibir instrucción nos mostró el gesto con el que se empieza la jornada.

“Buenos días mi general, Policía Nacional, Dios y patria”. El saludo de todos los días para un policía, el de un día para nuestra jornada. 

Era claro que las actividades que estaría haciendo por este día serían un simulacro de la realidad, el único peligro en el que estarían las vidas de los 14 participantes era establecido por nuestros propios límites.

“En el momento que se sientan mal, que no puedan más, levanten la mano y alguien va a venir a ayudarlos”, dijo el mayor Jonatan Moreno.

Desde esta instrucción surgen ideas a la cabeza. Hay una confusión que se da en este día entre la simulación y la realidad. Cuando se escuchan estas palabras imagino lo que sería una situación así en la vida real. Estar detrás de un escudo del Esmad y pedir un cambio porque estás cansado, llevar a un herido en una camilla por un campo minado y alzar la mano para pedir un relevo, estar en medio de un operativo del Gaula y que los nervios te delaten. 

“Lo que hacemos es por otros, después de todo nos recuperamos en la casa pero hay que estar allí por la persona, por el afectado y por el victimario, a él también hay que protegerlo para que nuestra labor sea la de la justicia para todos”, explica el mayor Moreno con una voz firme que llega claro a los oídos de los 14 voluntarios que nos encontramos. 

“Atención, ¡firrrrr!”, grita el mayor como primera orden. De una camioneta blanca se baja el general Gonzalo Londoño. Al escuchar ese cargo, se pensaría una persona regia, de pocas risas y que da órdenes con látigo en mano. 

“Buenos días”, dice con una sonrisa en la cara y un bastón de mando de madera oscura y punta blanca en sus manos. 

“Hoy van a vivir el otro lado de lo que ven, y verán cómo funciona un poco el día a día de ser policía. En la noche me cuentan cómo les fue”, camina de un lado a otro, como midiéndonos. Se acerca y estrecha la mano como si fuera la bienvenida a nuestro primer día en la academia, saluda y se despide de cada uno con su apellido, vuelve a la camioneta y se va.

Inducción
Recibiendo la descarga eléctrica de un taser.
Recibiendo la descarga eléctrica de un taser. César Bolívar

“Siempre preparados, siempre despierto”. 
La primera clase comenzó con un ambiente tranquilo. El patrullero Lewis Blanco, encargado de entrenar a los jóvenes en la academia, estuvo a cargo del trote para calentar los músculos mientras cantábamos “Lo primero para Dios, lo primero para Dios, lo segundo a la cerveza”.   

El objetivo de Lewis era hacernos entender la actitud que debe tener un policía mientras está trabajando. 

“Todos los instrumentos tienen que estar listos para ser usados”, dice mientras muestra la forma correcta de tener las esposas en el cinturón, con tres dientes del garfio por dentro del trinquete. 

“Se deben empuñar como si fueran un puñal, directo hacia la persona, y restringir su movimiento lo más posible para estar seguro”, explica mientras utiliza a uno de los voluntarios para mostrar todas las formas posibles en las que, de no asegurar todas sus extremidades, el aprehendido puede atacar a un policía y no solo causarle humillación sino heridas graves. 

“Hay que estar siempre preparado y siempre atento, el que se confía, pierde”, dice el patrullero Blanco. 

Perder en esta línea de trabajo tiene un alto grado de peligrosidad, por lo que cada acción que se hace como policía debe ser premeditada, llevando el peligro a su minima expresión.  

Luego de hacer ejercicios de cómo se utilizan las esposas, en los que requerían correr y al momento de dar la señal, se debía agachar el piso, el cuerpo del policía por un día debía estar por sobre el detenido, en este caso yo, para proteger su integridad.  “Estoy comiendo tierra”, dice entre carcajadas la concejal Mary Henríquez. 

Luego pasamos a las armas no letales. El bastón tonfa, mejor conocido como ‘bolillo’, solo fue mencionado, pero no recibimos ninguna indicación de cómo utilizarlo. Fuimos presentados al ‘taser’. “Las armas no letales se convierten en letales cuando el portador las utiliza de forma incorrecta”, explica Blanco, con la electricidad del taser resonando en el fondo, pide voluntarios para probar qué se siente.  

La respuesta a esa pregunta es ninguna parte del cuerpo. La actividad, para quienes nos atrevimos, consistía en acostarnos boca abajo. Debíamos alcanzar un arma que estaba a unos pocos pasos. Al momento de levantarse la corriente comienza a correr y tu cuerpo se cae al suelo. 

Un corrientazo de siete segundos que parecen siete horas se apodera de tu cuerpo y te quita toda intención propia, el estremecimiento involuntario de cabeza a pies te agita bruscamente y lo único que puedes hacer es escuchar órdenes y acatarlas para evitar un shock eléctrico de 50.000 voltios de potencia y de 2,5 miliamperios. “¿Quiere más?”, me pregunta con una voz que no oculta la risa dificil de aguantar para quien está del otro lado del electroshock. 

Ponalsar
Durante la actividad de salvar una vida en la pista de obstáculos.
Durante la actividad de salvar una vida en la pista de obstáculos. César Bolívar

“Salvar vidas implica arriesgar la tuya”

El Grupo de Operaciones Especiales en Emergencias y Desastres, conocido como Ponalsar, es el encargado de la atención prehospitalaria, de evacuación y transporte. Aquí la charla fue comandada por el intendente Vodmar Galindo. La charla de introducción comenzó con un conteo que llegó hasta 30. Estos segundos los tuvimos que reponer, por estar sentados tomando agua, a través de flexiones de pecho y saltos de tijera. “Cada segundo es valioso para salvar la vida de alguien”, dice Galindo mientras cuenta las repeticiones celosamente. 

Sus herramientas de trabajo son parecidas a las de un deportista extremo. Desde arneses para escalar hasta linternas de alta luminosidad, pero su herramienta más utilizada es la camilla. Nos capacitaron en su uso y el tacto con el que se debe tratar a un herido para no agravar su estado, para luego poder llevar a cabo la actividad que habían preparado. Debíamos buscar a un agente herido y llevarlo por una pista de obstáculos que habían propuesto, sin prever la lluvia haría fuerte presencia durante el resto del día, para complicar aún más nuestra misión.

Primero debíamos inmovilizarle el cuello para luego llevarlo en grupos de seis personas en una camilla. En primera instancia se debe medir con los dedos la extensión del cuello. Ponerle el inmovilizador sin mover el cuello causándole alguna herida mayor es quizás la parte más complicada de la labor, lo que le sigue es solo esfuerzo físico. Uno no puede dimensionar lo que pesa una persona hasta que lo arrastras sobre cuerdas puestas a una altura de medio metro por sobre la superficie y un charco de barro de terreno. A nuestro alrededor, policías cumplían el rol de observadores, “cuidado me lo dejan morir, ya tengo sus apellidos y de la demanda no se salvan”, decía uno mientras atravesábamos un túnel hecho de llantas. Al finalizar este obstaculo, te recibía un charco que, por la lluvia, se había elevado hasta por encima de la rodilla, para luego pasar a un campo minado que de tocar una de las minas con tus pies, te forzaba a volver al principio.

Luego de este recorrido las piernas comienzan a temblar, del grupo de seis inicial por lo menos tres desfallecieron en el intento de salvar la vida por el cansancio y algunos de los que nos gritaban para presionarnos nos ayudaban en la labor. Una de las lecciones más valiosas que aprendí  fue que cuando se te baja la presión sanguínea y sientes náuseas, debes mirar hacia el cielo para que la sangre baje de la cabeza. Si te  apoyas en tus rodillas y comienzas a respirar es muy probable que devuelvas tu desayuno en un intento por recobrar el aire. “A más de uno por aquí le ha pasado esto”, me intenta consolar el intendente Galindo, “pero pensamos que es mejor sentirse mal y salvar una vida porque uno se puede reponer después, pero los heridos no tienen ese tiempo”, dice mientras apoya su mano en mi pecho dándome ánimos. 

Gaula
Durante la actividad del Gaula.
Durante la actividad del Gaula. César Bolívar

Un almuerzo con extorsionistas

El dramatizado planeado  por agentes del Gaula, constaba de en una llamada en la que se le ofrece a la persona una oferta difícil de rechazar, “plan ilimitado de celular por solo 5.000 pesos más, solo me tiene que dar su nombre completo y dirección”, dice el primer agente. Luego viene la llamada de “JJ, jefe de los rastrojos, mi señora, ¿cómo me le va?, necesito que me consigne cuatro millones o le cae una granada a su negocio”, amenaza con una cadencia paisa casi caricaturesca el otro agente quien se sienta detrás de unas rejas hechas de icopor.

El dramatizado termina como una obra de teatro, con el malhechor  descubierto y la señora sana y salva. Luego trajeron el almuerzo, un menú propio de los policías que se encuentran en el campo, “la ración”, como le llaman popularmente en el cuerpo de la policía a esta comida que viene en una bolsa verde oliva del tamaño de un mercado de aquellos de 8 o 10 artículos.

El menú consistía de pollo a la jardinera, que era una mezcla de vegetales y conservantes que en últimas tenían un buen sabor, y un arroz que era una especie de pasta con pedazos de salchicha.

Esta ración debe durar las 24 horas del día y tiene también artículos para merendar como maní cubierto de chocolate, galletas saladas, que suenan como un martillo cuando se golpean contra una mesa, y un pan de chocolate igual a cualquier pudín que se encuentra en estantes de supermercado pero que parece una masa blanda sin cocinar veteada con líneas oscuras.

Tiro
Disparando una Sig Sauer sp2022.
Disparando una Sig Sauer sp2022. César Bolívar

“El disparo te debe sorprender”

Al llegar al polígono, en el que íbamos a disparar las pistolas Sig Sauer sp2022, el aire olía a pólvora mojada. Diego Aguilera, subintendente y practicante de tiro deportivo, dio instrucciones al respecto. “No hay una postura obligatoria en el tiro, dispare como se sienta cómodo”, dijo mientras señalaba con su cuerpo que  la posición de piernas puede cambiar de acuerdo al usuario. “Lo único importante a la hora de disparar es que el cañón de la pistola esté mirando hacia el frente y que no esté todo el dedo dentro del gatillo. Se hace presión en el gatillo y el disparo los debe sorprender cuando salga”.

Luego entramos al polígono, gafas y protectores de oídos puestos. “Atención, liberen seguro, cinco rondas, a discreción”, dio la instrucción Aguilera. Nadie disparó por 30 segundos, hasta que un estallido acabó abruptamente con el silencio. El sonido era de una agudeza y hacía eco con las paredes pintadas con armas del ejército del polígono. El gatillo tenía una resistencia poderosa, se debía presionar de tal forma que solo en los últimos milímetros registra el disparo que hace retroceder las manos y apretar los dientes.

Después del tercer disparo se naturaliza el proceso, comienzo a intentar apuntarle al centro pero el pulso y la adrenalina se combinan con la fuerza del gatillo para desafinar la puntería.  “Atención, cinco rondas, a discreción”, se escucha el segundo aviso, esta vez nadie espera, los casquetes vuelan y el sonido de las armas se detiene hasta que terminamos en la mitad del tiempo de la primera ronda.

 

Carabineros
Escuchando la charla del intendente José Luis Cobilla.
Escuchando la charla del intendente José Luis Cobilla. César Bolívar

“El diablo se sube por la izquierda”

Los carabineros, que datan desde la instauración de una guardia personal de Simón Bolívar, son una de las instituciones más antiguas de Colombia. Lo supimos por una charla que dio el Intendente José Luis Cobilla, jefe de prevención de un escuadron móvil de carabineros. La actividad consistía en aprender los tratados del compañero de cada uno de los integrantes de este escuadrón, el caballo.

Primero, la limpieza con almohaza, un instrumento redondo de plástico que se utiliza para sacar el pelo muerto del caballo, una cantidad que es equivalente a lo que se usaría para hacer un tapete de baño. Luego, aprendimos acerca de cómo ponerle la montura al caballo, con excepción a los estribos, los cuales “se deben ganar con esfuerzo y tiempo en el escuadron”, dice Cobilla. Para enseñarnos como debe ser la montura de un caballo sin estribos, Cobilla explica,“por la derecha porque el diablo es el que se sube por la izquierda”, referenciando la leyenda de los primeros carabineros del llano. Bajo esta superstición comenzó una competencia en la que se debe asegurar que el caballo esté completamente quieto para brincar encima de él de tal forma que quede el estomago del jinete sobre la silla.

Luego el intendente da la orden, “carabineros, a la montura”; con esta indicación se debe hacer un solo movimiento en el que se debe pasar el pie derecho por sobre el caballo para tomar la postura correcta. El perdedor, que no fui yo por unas milésimas de segundo,  fue montado en un caballo de madera para niños.

Esmad
Diferentes granadas fueron utilizadas por el Esmad en la simulación.
Diferentes granadas fueron utilizadas por el Esmad en la simulación. César Bolívar

Bautizados por el Esmad

La presentación del Esmad comenzó con una mesa llena de 23 tipos de granadas diferentes. Desde químicas, pasando por estruendos hasta humo de colores. Luego, vino la armadura.
Este blindaje cubre el 85% del cuerpo, dejando solo manos, cuello y las partes interiores del brazo descubiertas. El escudo pesa un poco menos de diez kilos de policarbonato y se debe agarrar con el antebrazo para distribuir su peso correctamente. A través del visor del casco no se pueden distinguir caras, solo sombras, luces y movimientos bruscos. Un trote liviano dimensionó el peso de todas las piezas de la armadura juntas. El subintendente Luis Carlos Inca del Esmad nos reunió en la plaza de la escuela Antonio Nariño para enseñarnos acerca del posicionamiento de este cuerpo de policía y especialmente la hermandad que se debe desarrollar, en la que el escudo no solo cubre tu integridad, sino también la de quien está a cada lado suyo. De cada agente depende la seguridad de toda la sección. 

Debíamos alinearnos y aguantar la embestida de los agentes del Esmad, quienes tal y como nosotros usualmente, se hallaban del otro lado del disturbio. Con estas instrucciones comienza a entrar la adrenalina a la sangre, se despierta algún instinto primal, te sientes como un soldado de alguna guerra pasada, escudo en mano, casco puesto, visor abajo, armadura sellada y apretada en cada una de sus partes.

Recibiendo el ‘bautizo’ del Esmad.
Recibiendo el ‘bautizo’ del Esmad. César Bolívar

Comienza una lluvia de botellas de plástico llenas de arena que se estrella en los escudos. Luego una granada de humo rojizo de clorato de potasio nos rodea hasta que se alcanzan a ver siluetas de personas que se acercan corriendo. Nos empujan, prueban nuestra posición de pies -el izquierdo adelante del derecho para mejor equilibrio-, casco apartado del escudo para no recibir el impacto en la cabeza, que estemos lo suficientemente juntos como para proteger los flancos de esta novata cuadrilla de 14 voluntarios. Un aplauso detiene la conmoción.

Ahora viene el segundo round, quitar una barricada; nadie nos avisó del fuego. Nos dividieron en dos secciones: la línea de adelante, debía proteger a los de atrás, a quienes les correspondía mover una barrera hecha con pedazos de troncos y restos de vallas de zinc. El recuerdo que tengo es de la coordinación que se gana con  las voces, “juntos”, gritábamos en un mensaje que parecía un teléfono roto, nos los decíamos y repetíamos mientras los agentes seguían probando la formación, hacían amagos de atacarnos por los flancos, mostrándonos los pedazos descubiertos donde podría hacer daño.

En la fila de adelante es difícil entender lo que está sucediendo con la barricada hasta que, nuevamente el aplauso, cesa repentino el segundo round. “Bueno, para terminar se van a ir hoy contando que los bautizó el Esmad”. Luego de formarnos en una sola línea larga la tanqueta dispuso de su cañon, con su agua a solo la mitad de la potencia para darnos una despedida que dejó a varios sentados y con el escudo descansando en el suelo.

Al terminar la adrenalina baja repentina y el cansancio se asienta sobre nosotros.  “Lo hicieron bien, y sobretodo no se separaron”, dicen los agentes dándonos la mano en una señal de hermandad, de esas que surgen cuando sabes que alguien entiende, así sea un poco la forma en que se vive detrás de un escudo, soportando lo que se viene sabiendo que debes aguantar la embestida de quien no conoce tu nombre ni tú el de él. 

Cierre
Cantando el himno en la ceremonia de cierre.
Cantando el himno en la ceremonia de cierre. César Bolívar

Posterior a la jornada ofrecieron una comida en la que estuvo el general Gonzalo Londoño, actual comandante de la Región 8 de Policía, en un ambiente amenizado por el cansancio de una jornada finalizada. Oliendo a pólvora, mojados por el bautizo y el sudor de un calentamiento tras otro, nos sentamos en el comedor para una ceremonia en la que nos otorgaron el título de “Policía por un día”. 

El general Londoño, nos pregunta: “¿Bueno, y ahora cómo se sienten?”. Las respuestas iban desde “comí tierra hoy” hasta “con ganas de entrar a la academia”. 

“Queríamos que entendieran lo que siente la persona detrás del uniforme, la preparación que se debe tener y lo difícil que es actuar frente a la adversidad”, comenta al respecto. 

Entre comentario que va y viene, surge la pregunta crucial de la profesión: “¿Qué hacer con los malos policías, aquellos que abusan de su autoridad y poder para delinquir y maltratar?”.

“He tenido un proyecto que espero que sea aprobado en algún momento de mi carrera. Quiero que el policía esté en la academia seis meses más antes de estar en la calle. Y no es solamente para que aprenda a ser mejor sino para poder monitorearlos y tratar de apartar a los que no tienen la conducta apropiada para vestir el uniforme”, cuenta Londoño. 

Explica un poco que no es fácil manejar a tantos efectivos, especialmente en un tiempo en el que la tendencia va a hacia la necesidad de más policías y los escandalos no se detienen, ya sea por redes de corrupción o por armas desaparecidas. “Yo sé que es preocupante que haya tantos escándalos recientemente, pero también hay que verle lo bueno, unestros cuerpos de investigación están detrás de todo aquel el que cometa un crímen”, cuenta con una ambivalencia que muestra su preocupación por la imagen del cuerpo completo.  

Luego de una cena acompañada de bebidas isotónicas, para recuperar los carbohidratos, el potasio y el hierro del cuerpo, nos agradeció nuestra participación y tuvo un último pedido. 
“Recuerden, la próxima vez que estén frente a un policía, que como ustedes hay una persona con el uniforme puesto, con miedos, alegrías y especialmente, con ganas de llegar a la casa esa noche”, finalizó el general antes de nuevamente darle la mano a cada uno de los integrantes y partir.

 

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