Sentada en una esquina de la misma estación de tren que pisó por primera vez en noviembre de 1937, hace 88 años, la colombo-polaca Sarah Pancer contempló cómo los altos representantes de la comunidad judía develaron una placa con la que se reconoce a Puerto Colombia como la entrada al país de los descendientes de Israel. Capítulo de la historia donde ella fue una de las protagonistas.
Sarah inmigró a Barranquilla con tan solo cuatro años. A sus 92 años, muy serena, con un acento perfectamente caribeño en sus palabras y unos ojos azules calmos que se iluminan de recuerdos, contó a EL HERALDO los detalles de ese viaje, en los tiempos previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial y la posterior invasión de la Alemania nazi a su natal Polonia.
“Salimos de Polonia a París a pernoctar para poder al día siguiente ir al puerto de Francia para coger el barco. Estuvimos 20 días en el mar para llegar aquí. Viajamos en un barco alemán, lleno de gente que venía para Colombia. Mi papá estaba acá hacía dos años. En ese barco venían cuatro familias judías más. Fue en noviembre de 1937”, recordó.
Viajó con su madre, Eva, por instrucciones de su padre, Samuel, quien se había mudado dos años antes, sintiendo en el ambiente los tambores de guerra desde tierras teutonas y llamado desde el Nuevo Mundo por amigos que le prometían ayudarlo a prosperar.

Un muelle, un nuevo hogar
Tras los 20 días de navegación e incomodidad, llegaron a Puerto Colombia.
“Ya vivía muchísima gente acá; mi padre ya había hecho amistades. Llevaba dos años trabajando en la ciudad, vendía mercancía a plazos y, cuando llegamos, alquiló una casa. Estuvimos viviendo ahí unos meses, en el centro, en la 41 con 39, que era lo que se llamaba antes Bolívar con Ricaurte. En esa esquina vivimos muchísimos años, hasta que tuve quince años que nos fuimos mudando más hacia arriba, donde estaba el parque Tomás Suri Salcedo”, recordó.
Prosperidad y tragedia
A Samuel Pancer, sus amigos le cumplieron las promesas y lo ayudaron a reunir el suficiente dinero para montar un emprendimiento, el cual le traería prosperidad a él y a toda su descendencia.
“A mi papá le fue muy bien, trabajó duro, hizo una fortuna. Después de que recogieron algo de dinero, compraron un almacén en la calle Progreso, que vendía telas. El negocio se llamaba ‘El Paraíso’. Trabajaron muchísimo, y le fue muy bien, y pudo hacerse una casa por más arriba; cada vez iba progresando más”.
Sin embargo, Adolf Hitler expandió su reino de sangre y locura por Europa, invadió Polonia e impuso el odio racial contra el pueblo judío, concentrando a todos en un barrio de Varsovia, denominado el gueto.
“Cuando empezó la guerra, mi madre y mis padres sufrían muchísimo; todos los días ponían la radio para ver cómo estaba la familia en Polonia. En 1943 se perdió la comunicación, porque ya habían exterminado a toda mi familia, que eran mis abuelos y mis tíos. Supimos que fue en el gueto de Varsovia donde ellos murieron”.
Una tierra feliz
Entonces, el clima humano de Barranquilla fue lo que les permitió seguir adelante. “Toda mi vida viví en Barranquilla, mis hijos crecieron, se fueron de aquí, viven en Estados Unidos todos. Tengo nietos y bisnietos. Aquí lo tuve todo: colegio, amigos, todo. Soy muy colombiana, tengo ciudadanía y pasaporte; de Polonia no tengo nada. Me asimilé mucho a Barranquilla, y la verdad que uno no sentía tanto ese dolor, pero era por el ambiente que te hacía olvidar, muy alegre. Fue una época divina”, cerró.




















