El Heraldo
El mítico Belimastth, autor de los dibujos de cientos de picós, falleció en 2006, en Barranquilla.
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La gráfica picotera reclama su lugar

Los dibujos que acompañan las potentes máquinas de sonido dejan los estigmas sociales y se convierten en referentes del arte para admirar.

Cascadas de vinilo derramadas sobre más de un centenar de pinceles de pelos de marta y sintéticos demarcan el territorio del lugar. “Todos los pintores queríamos pintar algún día como Belimastth. Uno siempre lo veía pintando de lejos”, expresa William Gutiérrez, uno de los pintores más destacados de la actual escena picoteril barranquillera, desde un taller ubicado en el barrio Santo Domingo, donde suenan -con picó propio- La Sonora Ponceña y M’bilia Bel. “Cada pintor de picó tenía su técnica o principio de pintura. Yo aprendí de Alexander Lugo (Alsanders)”.

Hoy, quien continúa el legado del veterano Lugo (en la foto) es su hijo Alexander, al que regaló su firma artística.

Sí, todos querían ser Belimastth -tal vez la leyenda más grande que haya quedado grabada en la gráfica popular barranquillera, que repite su nombre, casi, como mantra sagrado-, pero William prefirió serle infiel a los deseos de toda una oleada de artistas populares y tomar la técnica de Alsanders, el archirrival del mítico Belimastth.

Belimastth, el inspirador

De Belimastth no hay mucho rastro en el mundo digital. Su ADN está casi extinto entre los cientos de gigabytes que acumulan la información de un universo que la produce a ritmo vertiginoso. Sin embargo, él se encargó mientras vivía, de darle fuerza a los trazos que repetían su firma, sonora manera de parecer un dios griego de la guerra, pero armado con pincel y soplete, en lugar de espadas milenarias. Be-li-mastth se deletrea el nombre, Belisario de la Mata. Su armadura, ropajes manchados de la tinta que lo hizo famoso.

Poco más de una docena de resultados en Google, más de la mitad arrojados como coincidencias en blogs y solo uno de este medio, es todo lo que queda de él en el ciberespacio.

Pero los restos de su arte quedaron esparcidos en Barranquilla, especialmente en el barrio Carrizal, donde se concentraba la mayor cantidad de trabajo, y de rondas de cerveza cada vez que una jornada concluía.

Un águila de alas grandísimas, voraz y amenazante exhibiendo sus garras en picada, es una de las obras de ese artista urbano que subía escaleras para pintar cielos rumberos. Belimastth, energía vital de esas máquinas de sonidos, las vistió con fosforescencia y un detalle minucioso que se encargó de fijarlo en el radar visual de quienes alguna vez contemplaron sus obras. Sus lienzos, los más democráticos de todos: un muro, un bafle, la calle.

Belimastth, al mejor estilo de un renacentista puro, cazaba pelea acérrima con otro pintor de su época.

Alsanders, el rival. Alsanders aprendió sin volar pinceles en el aire, siguiendo las líneas imaginarias que demarcaba una ruta impuesta por sus caprichos. José Alexander Lugo Caballero, barranquillero de 74 años, “pintor desde que tenía siete”, se convirtió en el enemigo público de firmas de aquel arrogante Belimastth, que ya, gracias a su temperamento, se iba erigiendo en leyenda viva de las artes gráficas locales.

Es Alsanders –Al, como Al Smith; Sanders, por Alexander–, sentado en la terraza de una casa que dice ser suya por los vestigios de color atomizados en el suelo y un letrero que lo señala, es quien recuerda cómo eran esos ‘días de guerra’ agitando aerosoles. “Los dos teníamos la hegemonía. Pagaban bien”, dice, quitándose cualquier asomo de humildad encima. No es un vanidoso, pero sabe que su trabajo abonó un camino que hoy recorren nuevas generaciones, como su hijo, el heredero por derecho genético de su rúbrica personal. O William Gutiérrez, quien es un aventajado alumno suyo, aunque él ni se dio por enterado de cuándo le enseñó. “Estaba pintando un picó en el barrio El Parque, y yo vi cómo revolvía la pintura”, dice Gutiérrez.

“Uno pinta con pinturas de agua y aceite. Vi que él pintaba todo con uno, y luego el otro. Otros pintan al revés. Echan primero colores fríos, luego los sobrios. Yo empiezo con colores sobrios, y luego fríos”. Gutiérrez tampoco sabe que su maestro ocasional, que marcaría una técnica perfeccionada cuando estudió Artes Plásticas en la Universidad del Atlántico, lo señala como mejor candidato para prolongar el arte picotero.

Una causa. El resultado que con mayor profundidad explora la persona de Belimastth está firmado por Dairo Barriosnuevo, un artista plástico e investigador que lo describe como un “show man (…) que nadie se quería perder”, capaz de causar tráfico por la cantidad de personas aglutinadas observando su ritual de pintura. “Su ritual creativo comenzaba desde la bohemia, pues tenía un fuero especial que le permitía hacer uso de una dosis personal para evocar el mito de la inspiración, en tiempos en que este acto era una conducta socialmente cuestionable. Luego lanzaba brochazos en todas direcciones, tiraba y salpicaba la pintura usando la técnica del dripping, aprovechaba la textura irregular de cualquier muro para de allí extraer formas. Era muy rápido y en poco tiempo se devoraba muchos metros cuadrados de pared con increíble habilidad y maestría, logrando unos acabados preciosos”.

Barriosnuevo comenzó a buscar los registros de todo ese movimiento picoteril que había suscitado encanto en los sectores populares de Barranquilla. Tropezó con este estilo en 1993, mientras estudiaba en Bellas Artes y se dio cuenta que sus grafitos y carboncillos de figuras humanas, también elaboradas bajo la técnica del pastel de tres lápices, resultaba “muy convencional, muy kistch, muy corriente”. Fue así como terminó haciendo unos dibujos que tenían que ver con el picó, la verbena, “y eso en ese momento resultó ser muy novedoso”.

La atracción desencadenó la pasión, y entre cuadro y cuadro de escenas verbeneras, con micro picós en 2D refulgentes de fosforescencia, terminó haciendo de su temática favorita “una causa, porque ese arte era subestimado, mirado por debajo del hombro. Siempre lo ha sido”. Un tema popular e “invisible”, y que, con sus imágenes, reivindicaba. “Mientras otros estaban haciendo un óleo bien hecho con temas convencionales de la academia, yo estaba incursionando en esto. A la gente le parecía divertido, exótico, tropical. A la gente le gustaba ver lo que yo hacía. Ese era un indicador que planteaba que lo que estaba haciendo estaba bien”.

La técnica

‘El Palladium’ fue el primer picó que pintó Alsanders. ‘El perro’, una máquina musical traída de Cartagena en 1958, fue su inspiración total. “Nos copiamos del dibujo. Tenía un perrito maluco pintado”, recuerda el viejo, sentado en la puerta de la casa que compró hace más de una década en Soledad 2000, en la carrera 10 N°50-23. Ahí tira sus memorias con palabras, y asegura que tiñó templos de la salsa completos con sus trazos, como el Ipacaraí, recientemente desaparecido del bulevar de Simón Bolívar. Cobraba 50 mil pesos de la época por los grandes trabajos, lo que hoy puede llegar a representar un millón de pesos. Perdió la cuenta de cuántas veces agitó aerosoles sobre esas cajas que hacían retumbar éxitos, pero sabe que fueron más de trescientas.

‘El Coreano’ fue el que más destreza y paciencia requirió. “Es un tanque de guerra con un pocotón de soldados”. Con él coincide William Gutiérrez, quien lo ha relevado en la tarea de darle color a este emblemático picó. ‘El Gran Che’, ‘El Gran Pijuán’, ‘El Solista’, ‘El Rojo’ y ‘El Melódico’, entre muchos otros, han pasado por las manos de este nuevo artista que revitaliza la práctica popular para que las nuevas generaciones conozcan –y valoren- desde dónde puede ser contada la cotidianidad.

Gutiérrez, profesor de la IED Inocencio Chincá (el colegio ubicado en la calle 53D con 51B, que exhibe una serie de rostros famosos, desde Jesús hasta Eduardo Galeano, pasando por Sócrates), considera que a su talento le ayudan los conocimientos adquiridos en la academia, la mezcla entre intuición y aprendizaje.

Muy distante de aquel primer picó que pintó cuando estaba en 8° grado y se ganaba la vida haciendo carteleras para las sustentaciones de grado de sus profesores. Uno, que estudiaba Técnico en Sonido, necesitaba uno de esos aparatos ruidosos, y eso forjó el instinto de creación picoteril que había en William. “Me costó, porque no dominaba las técnicas”.

Él la llamaría mixta, pues se trata de una mezcla de pinturas de esmalte, aceite y aguarrás. La laca, rociada en aerógrafo, se aplica con thinner. Los esmaltes, es decir, los tonos con fosforescencia, con aguarrás, mientras que los vinilos se mezclan con agua. El orden en que sean aplicadas las capas de pintura y los tipos de esta dependen de las preferencias de cada autor.

En cuanto a estilos, algo que parecería no ser un factor diferenciador, sí se logran hallar signos personales en cada arte. Alsanders advierte que sus esbozos son “mucho más realistas; a él (Belimastth) le gustaba mucho la fantasía, sus dibujos son más fantasiosos”.

Y tal vez fuera el saberse diferentes, pero igualmente talentosos, lo que llegó a enfrentar, en alguna ocasión, a estos dos maestros de la gráfica picotera. “Nos íbamos a dar trompadas, porque él se creía muy importante. Un día lo llamaron para pintar ‘El Solista’, pero me vinieron a buscar a mí porque él nunca llegó. Cuando se apareció, me encontró a mí pintándolo y le reclamó al dueño del picó porque me había llamado”.

La moda. La cultura de lo popular salta hoy a la vista como si siempre hubiera sido objeto de admiración. Envases de mayonesa de vidrio en restaurantes de moda, gráficas tan extendidas como invisibles que se convierten en atracción, sonoridades propias que se reivindican vestidas de fusión hablan de ese movimiento que flota en el ambiente local. La gráfica picotera también se suscribe en ese intento por voltear a mirar lo que antes no valía la pena.

Johnny Insignares, miembro del colectivo Todo Mono, abanderado de esta corriente de rescatar lo propio, explica que “hay un movimiento a nivel latinoamericano donde estamos reencontrándonos con nuestras tradiciones, con nuestras costumbres. Estamos viendo más hacia adentro que hacia afuera”, por lo que la riqueza de lo local suscribe a cada territorio en el escenario global.

“Hay cosas muy interesantes desde donde la ciudad habla.  Y los picós (…) han dejado de ser eso en la periferia y han entrado en otras dinámicas de la ciudad. Si  es moda o no, creo que hay que apropiarnos de lo que somos, y la cultura picotera, la música, la gráfica popular, es un todo que resume al ser barranquillero”, remata.

El artista plástico William Gutiérrez también es optimista ante esta idea. De hecho, es el invitado a un taller de gráfica popular que organiza la próxima semana, precisamente, Todo Mono.

El taller se desarrollará en el Museo de Arte Moderno, demostrando cómo lo masivo ha calado hasta las esferas más altas del arte: los museos.

Gutiérrez compartirá las bases de su trabajo, al igual que ya lo ha hecho en países como Chile y Argentina,  donde lo han invitado a explicar de qué va su estética.

Por eso, nada tiene de extraño que hace poco menos de un mes, un ‘cargamento’ de 18 picós hayan sido exportados a Italia desde Barranquilla.

Superadas la barreras idiomáticas, geográficas y hasta económicas, todavía queda la tarea de ir eliminando prejuicios sociales, aunque grandes pasos ya se hayan dado.

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