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Cada llegada de Año Nuevo marcada por las fuertes brisas de enero era el escenario perfecto para que nativos pescadores dieran inicio a una de las más pintorescas y autóctonas celebraciones del Golfo de Morrosquillo, las llamadas por muchos 'carreras de botes o Regatas de veleros'.

Aunque sus inicios fueron motivados por otras causas, Reymer Viloria, un curtido pescador de cabellera alborotada y poblada barba blanca, como si fuese una especie de un milenario y mítico Neptuno criollo, nos relata con los ojos llenos de un alegre brillo, lo que sus antepasados contaban del origen de esta ingeniosa puesta en escena marina, relato que hemos construido en memoria de todos esos hombres de mar que año tras años desafiantes a las brisas y corrientes , demostraron su valentía y saber popular en esta interesante practica que debería hacer parte de manera oficial del patrimonio cultural inmaterial de los toludeños por todas las implicaciones que esta lleva socioculturalmente.

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Corría la década de los 50 y el llamado ‘Bajo de Berrugas’, ubicado a 5 millas antes de este punto geográfico del vecino San Onofre, era el sitio indicado por los pescadores para sus faenas de pesca, las cuales eran generosas y abundantes. En medio del alborozo y la satisfacción y ya en la hora de regreso que por lo general era al mediodía, los alegres pescadores viendo la intensidad de las brisas y como una forma de compartir la alegría se dieron a la tarea de competir por 'quién llegara primero' y el premio sería una ponina del producto de la misma pesca que podía oscilar entre 10 o 15 libras de pescado, los cuales serían entregados al ganador o quienes llegasen al punto establecido como meta.

Ese primer evento que no dejó de ser más que una locura de amigos se fue repitiendo hasta que el entonces alcalde Antonio Fadúl les diera la importancia ya que a diferencia de muchos mandatarios, conocía la relevancia que estos actos tienen para las comunidades y más aún con la quizá más noble actividad económica del Golfo de Morrrosquillo y empezaron a llamarse las 'regatas de botes'. Eran cada 6 de enero y se realizaban como evento asociado al Día de Reyes y por asociación al día del pescador. Convocaba a todos los lugareños a postrarse en las orillas a observar y aplaudir la travesía marina de los que maniobran la brisa y las olas.

Instituidas como evento relevante en el marco del naciente Sirenato del Mar a finales de los años 60s (otro acto perdido en la bruma de la indiferencia administrativa,) con altibajos, estas se fueron realizando, mendigando apoyos e improvisando en muchas ocasiones eventos de clausura y premios que curiosamente eran entregados la noche de la coronación de la sirena del Golfo de Morrosquillo.

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Hoy relegada como una actividad más, con más coloridos que en sus inicios, las ahora llamadas 'Regatas de veleros' han sido desplazadas de sus fechas originales y no se ha visionado un claro norte de las múltiples posibilidades que un evento como este podría traer al puerto, una obra de lo tradicional, de lo autóctono, de lo típico, ancestral y patrimonial.

Todo lo anterior ha motivado a un grupo de inquietos pescadores a buscar a través del Concejo Municipal darle vida y oxigenar aquello que como una simple competencia puede considerarse como una obra del patrimonio inmaterial de las comunidades de pescadores afrodescendientes, ya que es un proceso donde se conjugan muchos saberes y prácticas asociadas al conocimiento del mar, de los materiales tradicionales, de las brisas y otros fenómenos atmosféricos, que sin sus conocimientos no pueden ser posible maniobrar estas nativas embarcaciones por más de 5 millas y media que dura el recorrido que parte de la boca de Guacamayas, en la zona norte de Tolú , hasta las playas de Mi Ranchito al sur del mismo puerto toludeño.

Motivados por ello, se busca la inclusión en la lista representativa del patrimonio municipal y si es el caso un acuerdo municipal que reconozca la importancia de las regatas, su proceso de construcción y puesta en escena como manifestación del patrimonio cultural toludeño y dejar de ser más los mendigos de enero, permitiendo que la celebración se desdibuje en el tiempo y en la fecha precisa como lo hicieron nuestros abuelos pescadores luego de aquella gloriosa y visionaria faena de pesca.