Uno de los mayores desafíos en salud pública no es únicamente lograr que una persona con obesidad pierda peso, sino evitar que lo recupere. Un estudio reciente del Imperial College London advierte que, tras la pérdida de peso, el organismo puede desarrollar cambios biológicos persistentes en el tejido adiposo que favorecen el llamado “efecto rebote”.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué muchas personas recuperan con rapidez el peso perdido después de dietas o tratamientos para adelgazar. Estas observaciones científicas, fortalecen el llamado de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo para que la obesidad sea vista y tratada como una enfermedad crónica, metabólica y hormonal, y no como un asunto estético o una cuestión de fuerza de voluntad.
Para la Asociación, esta evidencia confirma la necesidad de un abordaje integral y estructurado, con atención médica especializada y liderazgo del endocrinólogo, orientado no solo a lograr la pérdida de peso, sino a prevenir el efecto rebote y reducir el riesgo de complicaciones a largo plazo.
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Dentro de ese abordaje integral, la actividad física regular cumple un papel fundamental no solo durante la pérdida de peso, sino especialmente en la fase de mantenimiento y en el contexto del tratamiento farmacológico.
La evidencia científica demuestra que el ejercicio de fuerza y resistencia ayuda a prevenir la pérdida y a preservar la masa muscular durante el tratamiento, contribuye a sostener el gasto energético y a mejorar la sensibilidad a la insulina, factores determinantes para reducir el riesgo de reganancia a largo plazo.
El efecto rebote
El efecto rebote es la recuperación parcial o total del peso después de haberlo perdido y, lejos de ser un asunto de falta de disciplina, tiene una explicación biológica. Tras una pérdida de peso significativa, el cuerpo activa mecanismos de defensa: reduce el gasto de energía, aumenta las señales de hambre y disminuye las de saciedad, en un intento por volver a su peso anterior.
Investigaciones recientes también sugieren que el tejido graso puede conservar cambios que facilitan esa recuperación si no existe un seguimiento adecuado. Por eso, la recuperación de peso es frecuente cuando se abandonan dietas restrictivas o se suspenden tratamientos sin un plan estructurado de mantenimiento. Comprender que el efecto rebote es una respuesta fisiológica del organismo, y no un fracaso individual, resulta fundamental para cambiar la conversación pública sobre la obesidad y reconocerla como una enfermedad crónica que exige seguimiento médico continuo, ajustes terapéuticos y acompañamiento especializado a largo plazo.
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“En la práctica clínica entendemos que la pérdida de peso no puede abordarse de manera aislada ni improvisada. Debe formar parte de una estrategia integral que incluya la evaluación de comorbilidades como resistencia a la insulina, dislipidemia o alteraciones tiroideas, acompañamiento nutricional personalizado, actividad física orientada a preservar masa muscular y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico supervisado. La obesidad no es simplemente un balance entre calorías que entran y salen; intervienen señales hormonales y metabólicas como la leptina, la grelina y la insulina, que regulan el apetito y el almacenamiento de grasa. Si se suspende un tratamiento sin haber consolidado cambios sostenidos y sin seguimiento médico, es altamente probable que el peso regrese. Por eso el rol del endocrinólogo es clave para reducir el riesgo de rebote y de complicaciones metabólicas,” agregó el doctor Duque.




















