Sociedad

Bailarines de estaderos ahora tienen otro ‘tumbao’

La pandemia los dejó sin trabajo, pero buscaron alternativas.

Heidy Pérez pasó de bailar en estaderos de Barranquilla los fines de semana a emprender con jugos naturales en San Antero, Córdoba. William Suárez, que llevaba 50 años bailando en los establecimientos, pasó a ser domiciliario.

Karen Padilla, una mujer que se hizo viral bailando música africana en sitios de rumba, decidió dejar atrás ese modo de vida y se dedicó a las clases personalizadas de baile. Jessica Ardila, bailarina profesional contratada por dueños de estaderos en la Costa, es ahora instructora de danza en distintos parques de la ciudad. 

Los cuatro bailarines tienen en común la pasión por la danza, su labor artística en lugares como La Troja o La Estación, y la búsqueda de alternativas para generar ingresos, luego de que la crisis sanitaria obligara a que las autoridades tomaran medidas en sitios fiesteros como la prohibición del baile, un fuerte golpe a sus almas y economías.

En diálogo con EL HERALDO cuentan cómo ‘danzan’ con su nueva realidad.

 

La salud de su hija la motivó a bailar

‘Karrumba’ es Karen Padilla y, como su apodo lo indica, la barranquillera era el centro de las rumbas por sus presentaciones de baile. En diferentes estaderos reconocidos de la ciudad, Karen impregnaba el lugar de alegría con sus exóticos pases al son de música africana.

En 2014, la licenciada en danza e instructora de rumbaterapia inició un recorrido nocturno los viernes, sábados y domingos en busca de dinero para una operación que necesitaba su hija Alexa. 

“Mi hija sufría de adenoides cerrados, mantenía todo el tiempo en el hospital porque no podía respirar ni por la nariz ni por la boca, y Amalfi Rodríguez, una bailarina, me invitó a bailar con ella en estaderos a raíz de que vio mi necesidad de reunir el dinero para la operación”, dijo a EL HERALDO.

Al principio, Karrumba se presentaba apenada en los establecimientos públicos. Al ser una bailarina estudiada, sus trabajos, por lo general, los hacía en el norte de Barranquilla. Fue una transición difícil pasar a pedir dinero mesa por mesa en los diferentes sitios. 

“Nos reuníamos en la (calle) 30 y de ahí íbamos a estaderos cerca del barrio Hipódromo, luego a la 8, después a La Troja de la calle 74 y hasta donde nos alcanzara el tiempo. Al principio era chévere, pero después había mucha competencia. Muchos bailarines se dedicaban a hacer el mismo trabajo”. 

Después de cuatro años de estar recogiendo de 400 a 500 mil pesos los fines de semana, Karen paró y tomó otro rumbo. La mujer de 38 años decidió recuperar a sus clientes y seguir con las clases personalizadas. 

“La situación era bastante complicada por lo que siempre en los estaderos del sur había delincuentes esperando que recogiéramos la plata para atracarnos. Yo no les demostraba miedo para que no me quitaran la plata. Tuvimos varios sofocos, pero al final no lo lograron. Nos tocaba lidiar con borrachos y, aunque recogíamos plata rápido, era muy agotador”, expresó. 

La pandemia ha sido una época muy dura para ella, pero su fuente de ingresos siguen siendo las clases personalizadas.

“En cuarentena algunas clientas tuvieron solidaridad conmigo y me mandaban compras para las niñas y para mí”, finalizó.

De bailarín de salsa a domiciliario

Un niño de 9 años se ponía a bailar en la puerta de un casino en el barrio Cevillar.

Su motivación era recoger dinero para poder ir a cine. 50 años después, William Suárez, más conocido como ‘Willy Salsita’, reafirma que la mayor parte de su vida se la ha pasado bailando. 

“A medida que fue pasando el tiempo ya me iba para la 21 y bailaba afuera de los estaderos, ahí me fui dando a conocer. Después ya me dediqué de lleno y me iba a bailar a los grandes estaderos como La 100, La Casita de Paja, El Ipacaraí de Simón Bolívar y La Gran Vía de Cevillar”, contó a EL HERALDO. 

El hombre de 59 años ha estado presente en “casi todos los concursos de salsa que han hecho”.

Ha llevado su improvisación de baile en canciones como El monstruo, del Nuevo Swing, o El rey del timbal, de Tito Puente, a otras ciudades. El baile ha significado en su vida diversión, amor y sustento.

“Yo crié a cuatro hijos y los gradué con el baile y pago los servicios con el baile, pero menos mal ya están graduados y hasta soy abuelo”, dijo.

Ratifica que presentarse de estadero en estadero viernes, sábados, domingos y hasta lunes festivos es con lo que sacó adelante a su familia, pero la crisis sanitaria por la covid-19 lo dejó sin ingresos y debió buscar otra forma de ganar dinero. 

“Lo más duro de esto ha sido la pandemia porque eso fue lo que me dejó varado. Cerraron los estaderos y me dediqué a hacer domicilios. Un vecino que tiene un taller de motos por la casa es el que me ayuda y me conecta con los mototaxis para hacer domicilios con mi bicicleta. Voy, compro los repuestos de moto y así”. 

Ahora, Willy vive con la ilusión de volver a los sitios de rumba y ver al público que le aplaude cada una de las locuras que se inventa cuando baila y las mímicas que hace al son de la salsa brava. 

“Yo el día que deje de bailar es porque Dios no quiere que baile más, porque ese es mi trabajo, mi hobby, mi todo”. Mientras tanto, sigue en la bicicleta que modificó para trasladarse y hacer domicilios.

La bailarina profesional de estaderos

Su papá fue el ‘cambambero’ que la llevó por primera vez a un estadero. Jessica Ardila, la misma que baila y goza, se tomó “en serio”, según cuenta, ir a bailar a los establecimientos públicos.

La barranquillera participó en su primer concurso de “salsa pa‘ los bailadores” a los 17, y desde entonces baila ante un público que va a rumbear y a disfrutar de un rato agradable. 

“Los dueños de estaderos se daban cuenta de cómo yo bailaba y empezaron los contratos. Primero iba a rumbear y me levantaba, luego me di cuenta que gustaba y empezamos a trabajar a nivel de contratación, de eventos, ya hacíamos concursos y distintos planes de bailes en los establecimientos”, recordó Jessica. 

Para ella, hacer concursos y organizar eventos en distintos estaderos hace parte de la cultura popular, y al ser licenciada en danza cree firmemente que vivir de esto es posible, siempre y cuando se tome con seriedad. 

“Sí, se puede vivir del baile cuando te organizas, cuando lo tomas como tu profesión, con mucha pasión y respeto. Tengo dos hijas ya grandes y ellas son profesionales gracias a mi baile en los estaderos, a mis clases y a todo lo que he hecho culturalmente. Y claro que sí, se puede vivir de esto”.

Jessica tiene en su armario diversos vestuarios con los que se presentaba en los estaderos de Barranquilla y la Costa Caribe. En el 2019 fue invitada al Mundial de Salsa en Cali a representar a su ciudad como bailadora, es una de las “cosas bonitas” que le ha dado el baile, afirma. 

“Esto dentro del ámbito popular era un gran evento, porque antes la gente no estaba acostumbrada a ver bailarinas en un estadero con todo el espectáculo coreográfico, la música, el maquillaje, el vestuario, entonces las presentaciones populares se convirtieron en una gran manifestación cultural”, expresó. 

Pero como a las demás personas que viven del mundo del entretenimiento, la pandemia le pegó duro al bolsillo de Jessica. 

“Quedé con las manos en la cabeza pues de esto es que vivimos, pero al mismo tiempo se empezó a crear esa palabra de reinventarse, y como yo soy profesional empecé a hacer clases personalizadas”. 

En la actualidad, Ardila guarda la esperanza de volverse a presentar en sitios de rumba, pero mientras tanto se dedica a hacer clases grupales de danza en distintos parques en Barranquilla. 

Bailar le devolvió las ganas de vivir

En dos ocasiones Heidy Pérez pensó en quitarse la vida. La depresión la llevó al borde de la tristeza y frustración, pero el baile le devolvió las ganas de vivir. 

‘La Diva de África’, como la conocen en el mundo artístico, es de San Antero, Córdoba. Vivió un tiempo en Bogotá y luego se trasladó a Barranquilla para estudiar.

Estando aquí no encontraba trabajo y la depresión se apoderó de ella. No veía razón para seguir viviendo si no era capaz de encontrar algo que le generara ingresos. 

Para su fortuna, conoció a una bailarina que la invitó a bailar con ella en estaderos. Amalfi Rodríguez fue quien “le abrió los ojos”, según cuenta, para que aprovechara el don del baile que tiene. 

“Fue muy difícil para mí al principio, me avergonzaba, lloraba, pero ya después me puse a pensar que tenía la suficiente personalidad para hacerlo, igual me gustaba mucho bailar y lo tomé como una forma de laborar, de cobrar por mi trabajo”, dijo a EL HERALDO.

‘La Diva’ duró tres años bailando música africana en los establecimientos públicos, tiempo en el que ahorró para crear un emprendimiento de jugos naturales en su pueblo natal. ‘Cielos Abiertos’, como lo bautizó, es lo que le ha permitido “sobrevivir” después de la pandemia en su terruño.

“La pandemia nos perjudicó a todos los bailarines, por eso me tuve que devolver para mi pueblo, y con el negocio que hice es que he podido seguir comiendo. Por un tiempo lo cerré, pero después volví a abrirlo”, afirmó. 

La mujer de 30 años piensa “seguirle invirtiendo a su emprendimiento”.

Del baile en los estaderos, a los cuales les agradece por haberla sacado de la depresión, no piensa volver más. 

“La verdad es que mi pensamiento no está en volver a bailar en estaderos. Me gustaría mostrar nuestra cultura, pero en otro país. Esa es una etapa que quemé y la pandemia me hizo reflexionar sobre muchas cosas”.

Para ‘La Diva’, bailar en los sitios de rumba fue algo “muy desgastante”, pero al mismo tiempo una bonita experiencia que la salvó y además la ayudó a crear lo que hoy es su sustento diario y uno de los proyectos que piensa seguir cosechando. 

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