“No pierdas la cabeza, no caigas en la trampa”. Pocos podían sostener esa frase con más sentido que Ismael Escorcia Medina, creador del disfraz El Descabezado, un hombre que nunca la perdió, que siempre la tuvo bien puesta para transformar el dolor, la violencia y el miedo en un mensaje de paz dentro del Carnaval de Barranquilla.
Este lunes, por el ciclo natural de la vida, Ismael bajó la cabeza por última vez, dejando a la fiesta sin uno de sus grandes patriarcas, pero con un legado que seguirá caminando con las tres generaciones que ahora sostendrán esta emblemática puesta en escena.
La voz de su hijo, Wilfrido Escorcia, rey Momo 2009, se quebró al intentar poner en orden los últimos recuerdos. El dolor era reciente, casi intacto. Contó que su padre estaba a pocos días de cumplir 96 años, el próximo martes de Carnaval (17 de febrero). “Estábamos cerquita. Teníamos un homenaje bien bonito para él y ahora debemos asimilar que no lo veremos más”.
Relató que la salud de Ismael Escorcia se deterioró de un momento a otro. Hubo malestares, vómitos, señales que parecían pasajeras. “Pensamos que era normal. Llevaba un par de días en cama cuando, en la noche, su cuerpo no resistió más. Todo apunta a un infarto”, dijo a EL HERALDO.
Cuando Wilfrido recibió el aviso y llegó hasta donde estaba su padre, ya había fallecido. Eran entre las seis y siete de la noche. A él le avisaron un poco más tarde, cerca de las ocho o nueve, y de inmediato se trasladaron al barrio El Santuario, al sur de la ciudad, donde residió hasta su último día Don Ismael.
En medio del duelo, reconoció que lo más reconfortante es saber que desde el cielo, su padre seguirá viendo con vida el intrépido disfraz que ha recorrido hasta las calles de la vieja Barranquilla, paseándose con picardía cada escenario de las carnestolendas.
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“El Carnaval no para y es una tristeza que se haya ido justo en esta época y este disfraz es un hecho antropológico que él quería seguir viendo con vida siempre y para eso estamos nosotros que con los años nos hemos podido convertir en un ícono de la fiesta y seguiremos defendiendo este legado”.
Estuvo cerquita de él hasta el final. Lo acompañó con la misma devoción con la que ha defendido durante años el legado familiar. En cada evento y salida, Wilfrido aparecía con el machete en la mano, símbolo infaltable del disfraz, llevándolo como todo un emblema cultural.
El guardián de una gran historia
El 3 de enero de 2024, un equipo de EL HERALDO visitó la casa de Ismael Escorcia, ubicada en la carrera 8 No. 48-47. Estaba cerca de cumplir 94 años. Hablaba poco, pero su silencio decía mucho. Lo que no expresaba con palabras se sentía en su mirada tranquila y en la manera en como sostenía el machete.
Desde su mecedora, Ismael sabía que cuidaba una historia importante. Cerraba los ojos por momentos, pero su mente seguía llena de recuerdos. Pensaba en su pueblo natal, Calamar, Bolívar, y en uno de los días más duros que recuerda el país, aquel 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán y la violencia empezó a marcar a muchas familias.
Recordó que, por el recorrido del río Magdalena, apareció un cuerpo sin cabeza. Esa escena lo impactó tanto que nunca la pudo olvidar. Con los años, esa imagen se transformó en una idea que terminó convirtiéndose en disfraz.
La primera cabeza colgada que llevó El Descabezado fue un homenaje a Gaitán. Desde entonces, el personaje pasó a ser una forma de recordar a las víctimas de la violencia en Colombia.
La violencia también alcanzó a su familia. En Calamar fueron perseguidos por ser liberales y tuvieron que salir del pueblo para proteger sus vidas. Así llegaron a Barranquilla, dejando atrás el miedo, pero sin soltar los recuerdos.
En 1954 nació El Descabezado. Aunque a muchos les parecía un disfraz fuerte o inquietante, para Ismael siempre fue una forma de honrar la memoria. Cada vez que sale en el Carnaval, las cabezas colgadas vuelven a contar esa historia, recordando a quienes perdieron la vida en medio de la violencia política y social del país.
A sostener el legado
La casa queda a pocas cuadras. Allí, en ese mismo sector donde por años latió la historia de El Descabezado, Wilfrido Escorcia Camargo (nieto), guarda uno de los recuerdos más duros y, al mismo tiempo, más reveladores del legado que hoy continúa.
Cuenta que su abuelo, Ismael Escorcia Medina, ya no vivía en la casa donde funcionó durante años el museo del disfraz, ubicada en la calle 7H con la 47. Ese lugar fue adquirido por la familia con el compromiso de que no dejara de ser un espacio vivo para la memoria. Y así ocurrió. Gracias a un estímulo de la Alcaldía de Barranquilla, gestionado a través de Diana Acosta, en 2024 se logró consolidar allí el Museo Vivo de El Descabezado, un punto de encuentro donde la tradición sigue respirando.
Ismael, ya en sus últimos años, residía a una cuadra de distancia. La cercanía hacía parte de la rutina familiar. Por eso, cuando una tía llamó para avisar que se sentía mal, Wilfrido no dudó. Tomó el carro pensando que, si había que correr, el tiempo no podía perderse, pero al llegar, el silencio ya era otro.
“Él contaba con servicio médico domiciliario por su edad. La doctora revisó, conectó los equipos y confirmó que ya no había signos vitales. Lo que más nos sorprendió a la familia fue que, poco antes, el médico lo había examinado y lo había encontrado bien. Se levantó un momento para ir al baño, lo ayudaron, y en ese instante se desplomó”.
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Y ahora lo recuerda con gratitud. “Él nos amaba mucho a todos. Cuando yo tenía cinco años me venía para acá a pasar las vacaciones del colegio y me quedaba observando cómo hacían el disfraz y siempre existió esa conexión que me hace con orgullo ser parte de la tercera generación”.
Ahora queda su hijo Wilfrido Escorcia Salas; su nieto Wilfrido Escorcia Camargo; y sus bisnietos, quienes ya empiezan a tomar el machete y cargar la cabeza en la mano.
Todos lloran su partida
La gestora cultural Diana Acosta, quien acompañó de cerca a la familia Escorcia durante décadas, recordó que su vínculo con esta historia comenzó en los años noventa, cuando trabajaba en Carnaval S.A. Fue entonces cuando entendió el verdadero significado de El Descabezado.
“El disfraz es impactante, impresionante, pero no es una alegoría a la muerte, es un llamado a la paz. Wilfrido, hijo de Ismael, siempre fue generoso al contar qué había detrás de esa figura que a muchos les produce temor”.
Ismael Escorcia vivió en Calamar, Bolívar, en una de las épocas más duras de la violencia en Colombia. Desde allí fue testigo de escenas que marcaron su vida como ver cuerpos mutilados que bajaban por el río. De ese horror nació la idea del disfraz, que con los años fue evolucionando. “Las cabezas a veces tienen los rostros de personajes importantes y el mensaje es claro: entre todos, de manera unida, no perdamos la cabeza”, relató Acosta.
Con el tiempo, el creador se convirtió en un gran artesano, un maestro, un patriarca cuya sabiduría popular logró que la ciudad entendiera que el Carnaval también es un espacio para reflexionar. “Desde la fiesta, estos hacedores nos hacen pensar sobre temas tan dolorosos como la violencia”.
Para ella, Ismael fue un gran artesano, un sabio popular y un patriarca. El año pasado compartió con las cuatro generaciones de la familia Escorcia durante la celebración de sus 95 años, en el museo vivo del Descabezado, en El Santuario. “Por eso duele tanto. Aunque tenía problemas para escuchar, él estaba bien, presente, lúcido”.
Un hombre cercano y respetado
Carlos Cervantes, quien se disfraza de El Mohicano Dorado, también lamentó su muerte. Para él, Ismael Escorcia es un ícono del Carnaval.
Recordó que solía verlo llegar a la casa de Wilfrido, su vecino, y quedarse observando cómo trabajaban otros artesanos. “Tenía una risa muy particular, era amable, siempre estaba de buen genio y hablaba con todo el mundo”, dijo.
Cervantes destacó que Ismael siempre defendió la importancia de contar la historia de los disfraces. “Él sabía por qué creó El Descabezado y enseñaba que todos debemos explicar el motivo de nuestro disfraz. Eso es parte del Carnaval y de su valor cultural”.
Para Carlos Amaya, quien interpreta a Charles Chaplin, la noticia fue inesperada. “No estaba enfermo, estaba bien. Pensábamos celebrarle el cumpleaños este 17 de febrero”.
Amaya recordó que cuando era niño, El Descabezado causaba miedo, pero con los años comprendió su mensaje. “Es un disfraz fuerte, pero al final deja una enseñanza: a pesar de todo, la vida sigue y hay que seguir adelante”.



















