La convivencia con animales de compañía nos lleva inevitablemente a preguntarnos en qué momento dejan de ser adultos para entrar en la llamada “edad dorada”. Aunque existe la creencia popular de que hay una cifra exacta para marcar este inicio, la ciencia veterinaria aclara que la vejez no es un punto fijo en el calendario, sino un proceso influenciado por la genética, el tamaño y la raza.
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Entender este cambio es fundamental para ajustar los cuidados y garantizar que nuestros compañeros mantengan una buena calidad de vida durante sus últimos años.
De acuerdo con la American Veterinary Medical Association (AVMA) y diversas organizaciones internacionales, se considera que una mascota es “vieja” cuando alcanza el último 25 % de su expectativa de vida estimada. Es en este periodo donde comienzan a manifestarse cambios internos y externos que requieren una atención médica más específica.
Aunque cada animal es un mundo, los expertos han logrado establecer rangos generales que sirven de guía para que los propietarios puedan anticiparse a las necesidades de salud que surgen con el envejecimiento.
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En el caso de los perros, el reloj biológico corre a distintas velocidades según su envergadura. Las razas grandes o gigantes tienden a envejecer mucho más rápido, entrando en la etapa sénior aproximadamente a los 5 o 6 años. Por su parte, los perros de tamaño mediano suelen alcanzar este umbral entre los 7 y 9 años. En contraste, los perros pequeños gozan de una mayor longevidad y muchas veces no se consideran ancianos hasta que cumplen los 10 o 12 años.
Estas etapas suelen venir acompañadas de problemas de salud recurrentes, como el sobrepeso, enfermedades dentales o trastornos en los huesos y articulaciones, lo que motiva la recomendación de iniciar chequeos más frecuentes y ajustes en la dieta a partir de los siete años.
Para los gatos, el proceso suele ser más sutil y gradual. La medicina veterinaria suele dividir su vida adulta en tres fases clave después de la juventud: la madurez, que va de los 7 a los 10 años; la etapa sénior, entre los 11 y 14 años; y finalmente la etapa geriátrica, a partir de los 15 años.
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Durante este tiempo, es habitual notar variaciones en su metabolismo, comportamiento o agilidad. Además, es el momento en el que pueden aparecer enfermedades crónicas silenciosas, como la insuficiencia renal, lo que hace que las visitas preventivas al especialista sean determinantes para su bienestar.
A pesar de que cada perro o gato envejece de forma distinta, los especialistas coinciden en que el séptimo u octavo año de vida es el punto de inflexión ideal para replantear su rutina. Adaptar la alimentación a sus nuevas capacidades digestivas, moderar la actividad física y mantener un control médico riguroso son las claves para que la vejez no sea sinónimo de padecimiento.
Con los cuidados adecuados y una detección temprana de dolencias, muchas mascotas logran superar los 15 años de vida manteniendo una vitalidad sorprendente y una conexión profunda con sus familias.




















