El Heraldo
El pasado martes, una turba enardecida quiso tomar justicia por sus propias manos por el homicidio de un labriego. Archivo
Judicial

¿Por qué estalló Santa Cruz?

A escasos 90 minutos de la capital del Atlántico, un hecho violento reveló las calamidades de una población que pide a gritos atención integral por parte de las autoridades.

La pequeña población de Santa Cruz, ubicada a 16 kilómetros de su cabecera municipal, Luruaco (Atlántico), hasta hace una semana era desconocida para la gran mayoría de los barranquilleros y atlanticenses.

Los santacruceños, como es su gentilicio, suman un poco más de 4 mil con predominación de la raza negra, viven de la cosecha y venta de maíz, plátano y su producto estrella: la yuca. 

En sus calles, tres pavimentadas y diez más polvorientas, se levantan 1.100 casas, un cementerio, una institución educativa, una inspección de policía, una comisaría de familia, una discoteca, tres estaderos, un playón al que llaman cancha de softball, una estación y un arroyo que la atraviesa de cabo a rabo.

Sus moradores, líderes sociales, concejales municipales y hasta las mismas autoridades coinciden en que es un pueblo pacífico, pero que el resentimiento social, el rezago, la falta de oportunidades, la intolerancia y la drogadicción formaron un coctel mortal que desencadenó en una reacción primitiva donde se alzaron machetes y piedras para cumplir la ley del Talión.

Esta semana, dos horrendos crímenes marcaron la historia de Santa Cruz y volvieron a sus moradores tristemente célebres en prensa nacional. 

Los asesinatos de Antonio Abel Ávila Cabrera y Keiner Pérez Cabrera guardan similitudes. Fueron crímenes de odio, de irracionalidad y de sevicia.

El primero fue hallado sin brazos, sin piernas, sin cabeza y hasta sin genitales el lunes 14 de enero a las 7:00 p.m., 9 horas después de haber sido atacado en su finca. Tenía 78 años, cinco hijos y un machete que usaba para su labor agrícola, el mismo con el que lo mataron. No era de vicios ni problemas –afirman sus familiares– conmocionados aún por la extrema crueldad.

El segundo, Keiner, murió la mañana siguiente. Fue cazado, acribillado, lapidado y botado en la cancha de softball. Su cara fue desfigurada con machetes, su cuerpo estaba golpeado y sucio. Tenía 21 años, sin hijos o pareja, reconocido por sus familiares como drogadicto y desempleado.

Uno murió a manos del otro, y ese otro, a manos de los demás, al menos eso es lo que todos dicen en Santa Cruz.

La comunidad se abalanzó contra Keiner Pérez, a quien acusaban del descuartizamiento. Quemaron su casa, lo mataron, a su hermano lo hirieron y a los suyos los desterraron en venganza por la muerte de Ávila y en medio de la caldera que era el ambiente, con unos 40 grados de temperatura, más los ánimos de la gente, un inocente perdió la vida: Jeison Vásquez Pérez, de 17 años. No pudo grabar otro sencillo champetero, su pasión.

Las autoridades llegaron, militarizaron el pueblo, decretaron toque de queda y ley seca indefinidos, dejaron más uniformados de manera temporal mientras se cumplían las exequias de las víctimas, menos Keiner, a él no lo quieren “ni muerto”, dijeron.

Un problema de fondo

El miércoles 16 de enero se realizó un consejo de seguridad con dirigentes departamentales y policiales en donde la comunidad expuso, el que a su juicio, sería el principal problema en Santa Cruz: la drogadicción.

Los jóvenes entre los 16 y 25 años, que componen la tercera parte de la población santacruceña, se dedican a nada, eso dijo Isaac Vásquez Grau, exalcalde de Luruaco y líder social de Santa Cruz.

“El problema de la drogadicción no se ha atacado como es debido, no tenemos nada que ofrecerle a esta juventud, si aquí hubiera oportunidad de empleo, estoy seguro que más de la mitad de los jóvenes que consume drogas no lo hiciera porque tuvieran en qué ocupar sus mentes”.

Keiner Pérez, a quien le decían ‘el Culebro’ en el corregimiento, era parte de ese porcentaje de vitalidad y juventud desperdiciado. Su mal camino lo emprendió a temprana edad, tenía 16 años cuando presenció un crimen.

“Él era consumidor de droga, licor, no hacía nada. Llegaba a donde la gente que tenía sus negocios y les exigía que les entregara que si el pescado, que si la yuca, que si una compra completa en la tienda a cambio de no agredirlos. La gente por miedo les daba todo”, contó una familiar de alias el Culebro, quien pidió reserva de su identidad.

Como Keiner, según las autoridades en el corregimiento, son muchos los jóvenes que padecen de esta enfermedad.

“Aquí tenemos una banda que se llaman los Pisa Suave y más adelante están los de La Loma, cada que se encuentran se presentan riñas que porque uno piropeó a la mujer del otro, que por que lo miró feo, por la mínima cosa se comienzan a tirar piedras, y son puros pelaos entre los 14 y los 18 años”, dijo Leudina López, secretaria de la Inspección de Policía de Santa Cruz.

El comandante de la estación policial, intendente Freddy Caro, tiene  tres meses al mando y le ha tocado lidiar en múltiples ocasiones con esas pandillas.

“Son pelaos que se drogan y consumen licor, después se ponen a buscar peleas, se llama a los padres se llega a un acuerdo, pero siguen”, sostuvo.

Como chismes de pasillo se corre la voz en Luruaco sobre la presencia de grupos alzados en armas que pernoctan entre las poblaciones de Atlántico y Bolívar.

“Ellos transitan de un departamento a otro. El papá de Keiner, según dicen, les servía de mensajero, les lleva comida”, contó una persona que pidió omitir su identidad.

Maestros sangrientos

“Los primos que llegaron de Venezuela fueron los que los enseñaron. Esa gente es como psicópata, en una ocasión acuchillaron a una señora y ese que le dicen Lucho León se lamía la sangre delante de ella”, contó una de las cinco familias que dicen  haber sido víctimas de Keiner Pérez Cabrera.

Danilo Villa Ortega, 26 años, hallado el 26 de enero de 2014 tirado en el Arroyo de la Sabana degollado, con los brazos cortados, sin una oreja y sin nariz. No le encontraron ni el celular, ni su billetera, se presume que fue un robo.

Gustavo Vásquez, fue atacado a palo y machete mientras dormía en la parcela de sus hermanos, donde trabajaba. Sus agresores lo dieron por muerto y lo dejaron tirado. Sobrevivió, pero ya no depende más de sí mismo.  Los huesos de sus brazos fueron destrozados. 

Gabino Zúñiga, de 60 años, corrió una suerte similar a Vásquez. En marzo de 2018 también fue atacado a machete mientras dormía para arrebatarle $20 mil pesos que cargaba en el bolsillo. “Yo se los iba a entregar, pero antes me machetearon”, contó. Sus brazos conservan las incontables heridas que recibieron mientras protegía su cabeza, que era a donde apuntaban los delincuentes. Como consecuencia, tardó más de cinco meses hospitalizado y, pese a las operaciones, sus manos y brazos no funcionan.

Jairo Antonio Lemus Vásquez, 54 años, fue hallado muerto el 2 de septiembre del año pasado. Lemus fue apuñalado en nueve oportunidades en el puente del barrio Carrizal. Acababa de comprar una botella de Coco Anís, su preferido. Luego, un grupo de cuatro pretendían quitársela, él se resistió y lo acribillaron.

Antonio Abel Ávila, de 78 años, sorprendió a varios intrusos dentro de sus predios arrancando arbitrariamente los cultivos de yuca, les reclamó y terminó descuartizado.

Todas y cada una de estas familias señalan al unísono que fue Keiner Pérez Cabrera y ‘los Culebros’  los responsables

“Fueron ellos. Él, su hermano Álex, su tío Luis Cabrera, al que le dicen Lucho León, su primo Sergio Cabrera, Elvis Sarmiento Cabrera, y unos primos que llegaron de Venezuela de apellido Barrios Sarmiento conforman ‘Los Culebros’. Son ellos los que han matado, robado, amenazado y atemorizado el pueblo por años”, dijo Rafael Lemus, hermano de Jairo Antonio.

¿Y la justicia?

 En el escritorio del inspector de Policía, Antonio Ibáñez, reposan once folios de denuncias interpuestas por los santacruceños en contra de Pérez Cabrera y los Culebros.

De las once, solo una por amenaza de muerte tiene número de SPOA, es decir que cursó un proceso al interior de la Fiscalía, aunque a la fecha se encuentra inactiva.

“Nos dijeron que las denuncias por amenazas de muerte solo son válidas si la víctima es un funcionario público, de lo contrario son solo riñas entre vecinos que podemos resolver nosotros aquí”, dijo al respecto Leudina López, secretaria de Ibáñez.

“Quieren que la gente denuncie, pero y si no pasa nada con esas denuncias, la gente entonces no lo hace. Yo recibí todos esos denuncios y a esa gente nunca la cogieron. Lo que pasó esta semana no es más que el resultado de la falta de justicia”, dijo Ibáñez.

Con once policías cuentan los pobladores de Santa Cruz, los cuales se dividen en turno, razón por la cual hay máximo cuatro en cada guardia. 

Con lo acontecido, el comandante de la estación, intendente Freddy Caro, señaló que por ahora cuenta como con diez hombres más que temporalmente patrullan el corregimiento. Cuenta con un arma para disparar gases y 20 granadas de aturdimiento en caso que una revuelta similar se llegue a presentar.

“No hay tranquilidad. Pensamos que si quedan libres regresarán a matar al que sea y la comunidad sabrá cómo responder”, dijo uno de los santacruceños ante la posibilidad de que la justicia no actúe.

El CTI de la Fiscalía debió proteger la vida de dos mujeres, dos niños y cuatro hombres, familiares de alias el Culebrito para evitar que corrieran su misma suerte. En los carros que destrozaron el martes pasado iban ellos.

El objetivo ahora es que las investigaciones que adelanta el equipo interdisciplinario de la Fiscalía asignado para tal fin agilice y así poder expedir órdenes de captura en contra de dos de los protegidos que son señalados como responsables de la muerte del campesino Ávila, antes de que estos puedan ‘volarse’.

 

Danilo Villa Ortega, de 26 años, fallecido el 26 de enero de 2014 | Pedro Antonio Ávila, de 78 años, asesinado el 14 de enero de 2019 | Jairo Antonio Lemus Vásquez, asesinado en septiembre de 2018.
Gabino Zúñiga, de 60 años, sobrevivió al ataque atribuido a Keiner Pérez | Gustavo Vásquez fue atacado a palo y machete por ‘Los Culebros’.
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