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El escritor y economista Carlo Acevedo.
Luis Rodríguez
Cultura

Los días felices de Carlo Acevedo

Con su poemario Fortuna del día, el escritor barranquillero ganó el 40 Premio de Poesía Arcipreste de Hita, en España.

El rostro del escritor barranquillero Carlo Acevedo resplandece por estos días. No es para menos, ganó el 40 Premio de Poesía Arcipreste de Hita que convoca el área de Cultura del Ayuntamiento de Alcalá la Real que se ubica en Jaén, España, con su poemario Fortuna del día, el cual acaba de ser publicado por la prestigiosa editorial valenciana, Pre-Textos.

Para ganar el premio, Acevedo compitió con 48 propuestas de distintas ciudades de España –Barcelona, Cáceres, Córdoba, Granada, Guipúzcua, La Coruña, Madrid, Málaga, Navarra, Oviedo, Palma de Mallorca, Salamanca, Segovia, Sevilla, Tenerife, Valencia y Zaragoza–, y de otro país latinoamericano, Perú.

Acevedo, que ha publicado colaboraciones de periodismo cultural en las revistas nacionales Arcadia, o Latitud, de EL HERALDO y en las internacionales Literal Magazine y Iowa Literaria con perfiles sobre escritores como Gonzalo Arango, José Watanabe y Horacio Castellanos Moya, e, incluso, sobre el neurocirujano Henry Marsh, nació en Barranquilla, viajó a Bogotá donde se graduó como licenciado en Economía en la Pontificia Universidad Javeriana y se mudó a los Estados Unidos para cursar la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa.

Iowa, relata el escritor, “es un lugar bastante extraño. Está lejos de todo. Uno llega y todo el mundo está de paso. Estás en medio de la nada. El aeropuerto internacional más cercano está a cuatro horas. Estás lejos”. Pero de allí no solo lo impactó la soledad, que aparece atrapada en un poema:

“En el tañido

vibra la soledad

de la campana”.

La metamorfosis de la naturaleza provocada por las estaciones y los climas extremos se convirtieron en su material creativo más próximo, uno que le resultaba novedoso para un hombre del trópico. Como lo recogió en este haiku que parece haber sido escrito en verano:

“Garra del sol,

me quemas las pestañas.

Único escudo”.

El poemario Fortuna del día consta de tres partes: “En lo que canta un gallo”, “Nítido el cielo” y “Mi sombra palpita”. Cada una de ellas tiene poemas escritos, respectivamente, en verso libre, haiku y prosa. Dichas diferencias en la composición no impiden que el libro haya sido fabricado con cohesión y unidad. Al navegar por sus páginas, uno se topa con los hilos que el autor suelta y retoma como si construyese un tejido.

En el libro no hay poemas eróticos, sobre el amor o el cuerpo. Tampoco sobre aquellos móviles usuales como las rosas, el mar, las nubes, la noche, la luna y la lluvia. Adentrarse en los poemas de Acevedo implica sumergirse en el acontecimiento del encuentro de un autor con su propia voz; una en la que el lector encuentra imágenes, emociones, pensamientos y, sobre todo, que conduce hacia aquellos sentidos inusuales del tacto, el olor y la escucha.

“El picor de la yema

al rozar la grama de verano,

el olor a madera en las

mañanas lluviosas,

el ardor en el abdomen

en las horas del hambre,

los labios de la hija

que me besan la frente.

Como el rocío en la brizna,

todo acabará”.

O también:

“No quiero nombrar el álamo.

Quiero decir el álamo:

que mi palabra sea el rumor

de su frondosidad”.

Los poemas de Carlo Acevedo entrañan reflexiones que no descuidan la información que aporta la sensibilidad. Leerlos nos obliga a escuchar pausas y silencios, a reflexionar sobre lo que no permanece, el cambio constante, y la fugacidad de lo existente y de la propia existencia. En síntesis, sobre el soplo que somos como seres humanos, arrojándonos hasta comprensiones extremas en la que es rotunda su contundencia: No es posible bañarse dos veces en el mismo río. Tampoco es posible bañarse dos veces.

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