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Mauricio Vargas Linares, periodista y escritor barranquillero.
Mauricio Vargas Linares, periodista y escritor barranquillero.

Entrevista Mauricio Vargas

“A Bolívar le entregan un regalo envenenado”

El titulo es:“A Bolívar le entregan un regalo envenenado”

Para Mauricio Vargas, la ‘maldición’ de la gloria del Libertador se destapa la noche que lo asesinaron. Entrevista para El Dominical con el autor de una trilogía de la Independencia, donde la historia y la ficción saben comprenderse.

 

Se sabe que aquel hombre en caballo, hoy hecho mármol, murió vencido por varias y –si cabe decirlo– distintas muertes. Lo hizo solitario, decepcionado y desengañado, tiempo después de abrazar lo que el escritor y periodista Mauricio Vargas, autor de La noche que mataron a Bolívar, considera un “regalo envenenado”.

Sí, porque «la gloria decepciona siempre a quienes la alcanzan», dice Vargas, quien con esta novela histórica pone punto final a su trilogía de la Independencia, que comenzó con El mariscal que vivió de prisa (2009) y Ahí le dejo la gloria (2013). Un relato que revela el rostro más humano de Simón Bolívar, su relación de amor y odios con Francisco de Paula Santander y la fragilidad que puede tener el poder.

P. ¿Por qué hablar de que ‹El Libertador› tuvo varias muertes, pero también insistir en que nunca murió?

R.

En aquella noche de septiembre de 1828 murió el alma del Libertador, hundida en la decepción. Pero además, desde el punto de vista de su maltrecha salud, sus pulmones, que ya estaban enfermos, quedaron irremediablemente dañados después de que Bolívar pasara la madrugada con las piernas hundidas en el agua helada de la quebrada de San Agustín, debajo del puente del Carmen. Desde esa noche y hasta San Pedro Alejandrino, dos años largos después, todo en su cuerpo fue deterioro. Pero claro, no murió porque seguimos hablando de él, discutiendo sobre él, escribiendo novelas con él como protagonista.

P. ¿Qué fue ese «algo» en lo ya escrito sobre Bolívar que le inquietó tanto hasta querer escribir esta novela histórica?

R.

Bolívar es una personalidad muy compleja, un liberal a principios de los 20 cuando confiaba en los pueblos y en la democracia como sistema de gobierno para las repúblicas nacientes, y pocos años después, un conservador, convencido del poder central, que acude a la dictadura y recuerda a San Martín que, ya decepcionado de la gloria cuando se encontraron en Guayaquil, le advertía que estos pueblos eran ingobernables y que lo que ellos, los libertadores, debían hacer una vez terminada su tarea, era largarse.

P. ¿Cómo fue desempolvar el refranero castellano de la época, la vestimenta y los detalles de la vida diaria en aquel entonces?

R.

Lo hice desde  El Mariscal que vivió de prisa, la novela inicial de esta trilogía que culmina con La noche que mataron a Bolívar. El novelista histórico no solo tiene el desafío de reconstruir, en clave de ficción, los hechos históricos y los personajes, lo mismo los próceres que la gente del común. Tiene también la tarea de salvar el lenguaje del olvido: palabras en desuso, refranes perdidos, expresiones y modismos de un español muchísimo más rico que el muy limitado que hablamos hoy. Algo similar me ocurre con la comida, el vestuario, hay tanto qué rescatar del olvido.

P. Fueron más de tres años de investigación y dos de escritura; luego de esto, ¿cambió su forma de ver a Bolívar?, ¿cómo?

R.

El Libertador siempre sorprende. Nadie puede decir que ya lo investigó todo sobre él. Pero además seduce, enamora, encanta. Y como dice el historiador británico John Lynch, hay que evitar caer en las redes de su seducción porque entonces uno pierde el equilibrio. Para evitar caer en esa trampa, me atrajo investigar los lados oscuros, las pequeñeces, las flaquezas del Libertador, porque eso equilibra su imagen, y así su grandeza adquiere las formas de carne y hueso de los humanos.

P. Qué tan fidedigna es la historia que nos cuenta en su novela?, ¿qué tanto de real y de ficción literaria hay?

R.

Soy periodista, reportero desde los 19 años, y no puedo negar ese pasado ni esa manera de aproximarme a los hechos. De modo que aún con la licencia del novelista, con la opción de la ficción, las tres novelas sobre los años de la Independencia se basan en más del 90% en hechos históricos. Hace más de diez años, Gabo me dio un consejo cuando arrancaba con la novela del Mariscal Sucre: me dijo que acudiera a la ficción para llenar los vacíos de la historia, lo que los historiadores y los documentos no hubiesen resuelto, los huecos negros. Y así lo hice en las tres novelas. Pero ojo: la ficción no es solo la invención de alguna escena, es mucho más que eso. La ficción es otra forma de contar la realidad, de relatar la historia.

P. ¿Qué hay que aprender o qué lecciones nos deja la Conspiración Septembrina?

R.

En ese año de 1828 surgieron tres debates que han asaltado la historia colombiana una y otra vez, que la acompañan como si pedaleáramos en una bicicleta estática. El primero es el derecho de quienes consideran que el régimen es injusto, a alzarse en armas, de forma violenta, en su contra, que era lo que reivindicaban los jóvenes santanderistas que asaltaron el Palacio de San Carlos esa noche. El segundo es el derecho del gobierno de turno a defenderse, con el argumento de la razón de Estado, y reprimir a los alzados de manera violenta. Y el tercero es la amnistía, el perdón con el que los gobiernos han intentado, sin lograrlo, cerrar las heridas.

P. Hay un tinte político que conecta la obra con la actualidad del país. ¿Dónde o en quiénes encontramos ese espíritu de Bolívar y de Santander?

R.

No hay que extralimitarse en estas comparaciones que pueden resultar demasiado fáciles. Bolívar era un liberal que se volvió conservador. Santander, un centralista que se volvió federalista. Lo que hay de ellos, aparte de obvias y quizás ligeras comparaciones con, por ejemplo, Uribe y Santos, es toda esa complejidad de una realidad enormemente dinámica que los hace cambiar de pensamiento en unos cuantos años. Y otra cosa: desde Bolívar y Santander, antecesor y sucesor han estado condenados a pelear.

P. Sobre la relación de ambos, que cada vez cobra más protagonismo en la obra, ¿qué conclusiones se pueden sacar?, ¿cómo convivían sus egos

R.

Si es posible decir que Sucre era el hijo que Bolívar nunca tuvo, su heredero natural, el elegido, Santander era una especie de hermano menor del Libertador que buscaba, con desespero, su aprobación. Y nunca sintió que la había obtenido. Esa es una de las claves del conflicto.

P. Cervantes, por mencionar un caso, establecía una oposición entre la verdad de los historiadores y la de los literatos. ¿Cuál es su posición sobre esta ‹lucha› entre lo hecho y lo dicho?, ¿acaso ve una ‹verdad› superior a la otra?

R.

Como la historia no se construye con verdades absolutas, hay campo para ambas labores, la de los historiadores que pretenden el rigor de los hechos, con base en documentos, y la de los novelistas que los recreamos en clave de ficción. Como novelista, no sería capaz de escribir sin la ayuda de los historiadores. Pero así como los novelistas leemos a los historiadores, sería bueno que ellos leyeran a los novelistas: quién sabe, de pronto descubren ángulos de la historia que no han visto.

P. Usted ha manifestado que Bolívar terminó decepcionado de la gloria, ¿por qué?

R.

Porque la gloria decepciona siempre a quienes la alcanzan. Una vez lograda, muy pronto le salen grietas a la estatua del prócer. Por eso San Martín le dice a Bolívar en Guayaquil: “Ahí le dejo la gloria”, para que Bolívar se haga cargo de la tarea final de liberar el Perú. San Martín sabe que lo que le entrega a Bolívar es un regalo envenenado. Y Bolívar lo descubre en 1828, lo descubre en esa noche que lo mataron.

 

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