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El sábado 31 de enero Barranquilla amaneció distinta. En una mezcla de alegría y tristeza. Quizá porque se acerca el Carnaval, pero sin duda, porque uno de los hombres que hizo cultura en la ciudad partió de este mundo. Édgar Manuel Sánchez García, conocido popularmente como Manuel Sánchez, el hombre que con el teatro, los títeres y los escenarios se hizo mito, murió en la noche del viernes.

Llenaba las salas con niños, llenaba las plazas con cuenteros venidos de todas partes del mundo y llenaba el espíritu de quienes tenían la fortuna de cruzarse con él. Su partida no es solo la muerte de un director o de un fundador; es el cierre de un capítulo físico para el teatro en el Caribe, aunque el libro que él escribió sigue abierto de par en par.

Manuel fue muchas cosas. Fue titiritero, de esos que saben que un muñeco de trapo puede decir verdades que un humano no se atreve a pronunciar. Fue teatrero, de los que cargan escenografías y venden boletas. Fue uno de los fundadores de Arro’conmango Teatro y la brújula que mantuvo el norte en Luneta 50. Pero sobre todo, y esto es lo que más se repite entre quienes lo lloran hoy, fue un maestro generoso.

Eduardo Lora Cueto, director de la corporación Baúl Polisémico y colega de batallas artísticas, lo define como alguien que no se limitó a una sola faceta.

“Manuel Sánchez fue un gran titiritero, un gran maestro, un gran narrador oral y un gran gestor cultural. Entonces su figura se puede entender como alguien que le aportó muchísimo a esta ciudad, al formato de teatro de títeres, al carnaval como tal a través de su comparsa teatral y todo el gran trabajo que ha hecho en Luneta 50”.

Una sala de teatro independiente en Colombia es una tarea titánica, casi quijotesca. Pero él lo hizo parecer posible, y no solo posible, sino necesario. Luneta 50, ese lugar que palmo a palmo alzó con el amor de su vida, Zoila Sotomayor, no es solo paredes; bajo la batuta de ‘Mañe’ y su equipo, se convirtió en una casa de puertas abiertas.

Su legado más visible quizás sea El Caribe Cuenta. Ese festival que cada año nos recuerda que la palabra hablada es poderosa, que sentarnos a escuchar una historia es el acto más humano que existe. Barranquilla, una ciudad que a veces parece correr demasiado rápido, aprendió a detenerse y escuchar gracias a la insistencia de Manuel. Él trajo el mundo a Barranquilla y llevó a Barranquilla al mundo.

Lora Cueto resalta precisamente esa proyección que Manuel le regaló a la región: “Lo recordamos y lo seguiremos recordando como un gran referente para el teatro, no solamente local, sino regional y nacional, por su larga trayectoria que tuvo y por haber dejado muy, muy en alto el teatro y todo este quehacer a nivel nacional”.

El teatro le dijo adiós

Darío Moreu, otro baluarte del teatro y fundador de Ay Macondo Teatro, dijo que la vida los juntó en 1974, en la Normal de La Hacienda.

“Éramos jóvenes y en los recreos —que eran más bien encuentros— compartíamos visiones, preguntas y esa necesidad temprana de pensar el teatro como forma de estar en el mundo. La vida volvió a cruzarnos en 1987, en La Retorta Viva, espacio que programaba Arrocónmago bajo el liderazgo de Manuel y Lucho, mientras nosotros llegábamos con La Papaya Partía. El teatro, otra vez, como lugar de coincidencia y conversación”.

La foto con la que lo despidió fue tomada en 1998, en un Festival Iberoamericano en Bogotá, cuando Manuel hizo parte de la comparsa Carnavalada, uno de esos momentos importantes compartidos por estos dos grandes.

“Hoy duele la ausencia, pero permanecerá por siempre lo compartido: el camino, la complicidad, las ideas, la memoria viva del teatro que nos reunió. Buen viaje, viejo Manu. Un abrazo a toda la familia”.

También, la periodista y gestora cultural Carolina Ethel, comentó “yo no sería quien soy sin su amor y sin su abrazo. Sin su guía. Y si, sin su regaño. Sin su mirada amorosa celebrando mis pasos. Sin su corazón, desde siempre herido, sosteniendo el mío remendado”.

“Manuel y su luneta siempre llena, aunque en libros de contabilidad se mirara menguante, fue mi refugio, ha sido mi casa, mi maestro, mi amigo, mi ídolo y mi fan. Mi corresponsal de palos de mango y hojas en forma de corazón. Abrazo eterno, Manu… Zoilé, Simon, Sally, Mingo, familia amada de Luneta 50 y La Tropa de Melquíades”, finalizó Ethel.

Siempre sonriente

Pero más allá de los logros administrativos o los festivales exitosos, lo que queda en la piel de la gente es la esencia humana. En un medio donde a veces las vanidades chocan, Manuel desarmaba a cualquiera con un gesto simple: su buena energía. No era un saludo protocolario; era una bienvenida real.

Eduardo Lora Cueto hace hincapié en este rasgo, que parece pequeño pero que en realidad lo era todo: “Manuel tenía muchas cosas que lo destacaban, pero de lo que más recuerdo siempre es su sonrisa al saludar, esa buena energía y esa buena vibra que transmitía, no solamente al verlo así por la calle, sino también al verlo en escena. Es una energía única que le caracterizaba, una sonrisa radiante”.