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¿Qué significa realmente progresar? ¿Tener dinero, irse a una gran ciudad, conseguir un cargo importante? ¿O quizá quedarse cerca de los afectos y encontrar tranquilidad en medio de las dificultades? Sobre esas preguntas gira El Juego de la Vida, el nuevo largometraje documental del realizador colombiano Andrés Ruiz Zuluaga, una película que durante 14 años siguió la vida de varias familias en distintas regiones del país para construir una mirada íntima sobre la desigualdad y las oportunidades en Colombia.

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La película, producida por Séptima Films y distribuida por Cineplex Colombia, se estrenó en salas el pasado 7 de mayo y este fin de semana tendrá funciones especiales en la Cinemateca del Caribe.

Lejos de un documental académico o estadístico, la cinta busca conectar emocionalmente con el público a través de las historias de vida de sus protagonistas. En pantalla aparecen familias que enfrentan desplazamientos, pobreza, migración y decisiones difíciles en medio de contextos donde las oportunidades no están repartidas de la misma manera.

“No quería una narración típica de superación personal”, explicó Ruiz Zuluaga durante una entrevista con EL HERALDO sobre el proyecto. “Puede ser que alguien salga adelante económicamente y aun así esté triste o desconectado de su tierra. La película también habla de eso”.

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La idea del documental nació a partir de una investigación impulsada por la Universidad de los Andes, que durante más de una década ha seguido a miles de familias colombianas para estudiar la movilidad social y las llamadas “trampas de pobreza”. Sin embargo, el director tenía claro que la película no podía quedarse solo en cifras.

“Escogimos historias que permitieran narrar una película que generara emociones, que cuando uno vaya a la sala esté viendo una película y no un documental científico”, comentó. “Es una película de lágrimas, de risas, donde te conectas con los personajes”.

Después de grabar durante tantos años y acumular una enorme cantidad de material, uno de los principales retos fue decidir qué historias debían permanecer en la versión final. Ruiz asegura que hubo casos muy poderosos que quedaron fuera simplemente porque repetían conflictos similares a otros personajes.

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“Había historias muy buenas, pero algunas se parecían mucho entre sí. Tocó tomar decisiones difíciles”, dijo.

Daniel Alvarez/Cortesía

Uno de los elementos más personales de El Juego de la Vida es que el propio director terminó incorporando fragmentos de su historia familiar dentro de la película. Aunque la idea apareció en 2020, en plena pandemia, Ruiz inicialmente se resistió.

“Nunca se me ocurrió que debía ir mi historia en la película”, recordó. “Pero entendí que también tenía sentido porque yo había vivido muchas de esas situaciones”.

Según contó, el documental terminó convirtiéndose también en una especie de viaje íntimo hacia sus propios orígenes. En varias regiones del país encontró conexiones inesperadas con la historia de sus padres y con recuerdos de infancia que terminaron atravesando la narración.

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“Yo llegaba a lugares que sentía cercanos. Iba conectando con las familias, pero también conmigo mismo”, señaló.

Esa experiencia personal también transformó su manera de entender el país. El director confesó que cuando comenzó la investigación tenía una idea mucho más ligada al éxito económico y al ascenso social tradicional.

“Yo pensaba que el éxito era conseguir un gran cargo y ganar mucha plata”, contó. “Pero empecé a conocer personas que, aun con dificultades, tenían otra manera de ver la vida, y eso me hizo cuestionarme”.

En el documental aparece, por ejemplo, el caso de una mujer que debe abandonar Gramalote tras la tragedia que destruyó el municipio nortesantandereano. En otra historia, un personaje regresa a su pueblo y descubre que el lugar que recordaba prácticamente desapareció. Para Ruiz, esos procesos de desarraigo son una de las heridas silenciosas que deja la búsqueda de mejores oportunidades.

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Cortesía

“Salir adelante también puede significar perder cosas”, explicó. “Perder la conexión con la tierra, con la familia, con lo que uno es”.

El director insiste en que la película no pretende imponer respuestas definitivas sobre la pobreza o el éxito, sino abrir conversaciones que muchas veces permanecen ocultas o reducidas a frases simplistas.

“Quiero que la gente se quite ciertos prejuicios”, afirmó. “Esa idea de que el pobre es pobre porque quiere es terrible. Hay personas que nacen con unas cartas distintas y eso les hace la vida mucho más difícil”.

Ruiz también espera que el documental ayude a generar discusiones sobre empatía, racismo, clasismo y xenofobia en Colombia, temas que considera profundamente presentes en la vida cotidiana del país.

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“Quiero que entendamos que no todos arrancamos desde el mismo lugar”, dijo. “Y que quienes tienen privilegios también sean conscientes de eso”.

Con una mirada cercana y sin discursos grandilocuentes, El Juego de la Vida pone el foco en algo que pocas veces se aborda con calma: las contradicciones humanas detrás de las estadísticas. Porque, como plantea la película, el destino no depende únicamente del esfuerzo individual, sino también del lugar donde se nace, de las oportunidades que aparecen en el camino y de las pérdidas que cada persona está dispuesta —o no— a asumir para cambiar su vida.

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