El Heraldo
Varias lanchas llegan a la Intendencia Fluvial desde tempranas horas de la mañana con decenas de personas procedentes del Magdalena.
Mery Granados.
Barranquilla

Viaje por el comercio de la Intendencia Fluvial

Desde tempranas horas del día muchas personas se reúnen en este punto para ofrecer y adquirir víveres o solicitar transporte hacia la Isla Salamanca.

A las 5 de la mañana comienza el ‘voleo’ en los alrededores de la Intendencia Fluvial. Se arma toda una logística marítima para el que llega y para el que se va. Todo el que está despierto en este sector, cuando la mayoría de la comunidad de Barlovento duerme, lo hace porque el tiempo apremia y no hay mucho margen para sacarle unos pesos al día antes de que el grueso alimenticio que llega sea vendido al por mayor en el Centro. A esa hora, un coco, dependiendo de quien sea el interesado, puede conseguirse en 500 o mil pesos. Un par de horas después será comercializado a un valor que ronda los 3.000.

Durante las horas de mayor movimiento, casi siempre antes de que salgan los rayos del sol, llegan lanchas llenas de coco, verduras, yuca y decenas de personas que arriban hasta este punto de Barranquilla provenientes de otros lugares, principalmente de Isla Salamanca, para cumplir con sus obligaciones laborales diarias. Parece un transporte municipal, pero en vez de convivir con el bloque de queso en la mitad del bus, la gallina o el cerdo enjaulado, los magdalenenses, que en su mayoría desembarcan a un costado del caño de Las Compañías, tienen que aguantarse el viaje con varios kilos de frutas tropicales y la incómoda sensación del agua negra que alcanzó a filtrarse por los botes y roza su calzado.

La escena sirve para imaginarse la Barranquilla de antes: una casa grande delante del río que sirve como punto comercial para el intercambio de cualquier cosa. En este caso, en los alrededores de la Intendencia Fluvial, hay dos puntos clave para los lancheros. El primero, ya mencionado en los primeros párrafos, se ubica a unos metros del restaurado edificio, a la par de Cabrito Express, un sitio especializado en venta de comida de mar. Ahí, los lancheros anclan sus vehículos, venden lo que tienen que vender, siendo los comerciantes de fruta sus principales clientes, y luego se quedan largas horas hablando sobre lo bueno que fue el ayer y lo jodido que está el presente. Con pandemia a bordo, que no es lo mismo.

El segundo punto comercial de este rincón de Barranquilla es sobre la carrera 46, a unos metros donde termina el pavimento de la vía. Este espacio es exclusivo para el comercio del pescado. Cualquier otra cosa está prohibida.

“Hermano, esto es un trabajo duro. Uno se viene de la isla (Salamanca) con unos cocos para intentar venderlos. Antes, hace muchos años, nos iba bien, pero ahora todo está muy duro. Uno se cansa. A mí me toca más duro que los otros porque yo me levanto antes de 4 de la mañana hasta venir acá. Los que compran se despiertan ya después de cinco, pero lo bueno es que aquí hay de todo. Lo malo es que la gente no se acerca a este punto de pronto por la inseguridad”, dijo José Miguel Núñez, quien tiene 60 años, de los cuales 40 se los ha dedicado al oficio de lanchero.

“Ahora mismo la vaina está muy mala”, agregó.

En el espacio donde se venden los pescados muchas veces hay frustración. Es un comercio complicado por la sobrexplotación de la pesca y por la cantidad de comerciantes que se lucran de lo conseguido en el río.  Para colmo de males, las lanchas muchas veces llegan con especies muy pequeñas que tienen que devolverse a las aguas negras del caño, una situación que ha sido recurrente con el pasar de los meses, según cuenta.

Cuando la faena estuvo buena, a unos metros del frondoso árbol donde llegan los pescados, pero más cerca de la carrera 46, el comercio le da cara al cliente que transita por ese sector.  Ahí los pescados son exhibidos prácticamente sobre el andén y en medio de una nube de moscas que aguan la venta.

“Aquí se consigue el pescado más barato. Lo ideal sería comprárselo a los mismos pescadores porque sale más rentable para uno, pero uno muchas veces pasa y los ve y están en muy mal aspecto. Se ven los pescados sucios y el entorno es desagradable. Hay muchas moscas y eso lo frena a uno de hacerlo y uno entonces está obligado a ir al Centro donde muchas veces es el mismo pescado que trajeron los pescadores hasta este punto”, dijo una mujer que reside en el barrio Barlovento.

“Las moscas están en todos lados, pero lo bueno es que es un pescado natural que está recién sacado del agua. Aquí consiguen buen pescado y mucho más barato. Si estamos aquí es porque aún tenemos nuestra clientela”, dijo a su paso Roberto Pérez, vendedor de pescado.

Inconformismo
Mery Granados Herrera

No hay un número exacto de cuantos lancheros llegan hasta este punto de Barranquilla a vender sus productos y para servir como transporte fluvial a cientos de personas, pero lo cierto –para ellos– es que necesitan sí o sí una mejor organización y la mano del Gobierno para que su situación sea más digna y mejore. Consideran que deberían tener un espacio idóneo para la compra y venta de frutas y ser apoyados un poco más por las autoridades correspondientes.

Luis Eduardo, conocido como El Manco luego de que tuviera un accidente automovilístico que le lastimó una de sus piernas –en realidad deberían llamarlo El Cojo–, aseguró que, a pesar del movimiento comercial que hay en este punto de la ciudad, pocas son las personas que conocen de su labor y de lo importante que pueden ser en su función.

“En la pandemia fue peor porque nadie nos dio la mano. Muchos se lucran de esto y les va bien, pero a nosotros que estamos al pie del cañón nos va mal. Ahora venden los cocos en 4.000 pesos y antes se conseguían en 500. Para mí, que los vendo, es muy complicado”, dijo.

“Uno quisiera que al menos todas las lanchas tuvieran su organización. Que la gente supiera que aquí pueden comprar sus cosas más baratas, pero uno entiende que a la gente no le gusta venir por acá por el miedo a que les pase algo malo. La verdad hay mucho peligro”, aseguró un lanchero.

Luego de unas horas muertas, que transcurren entre 9 y 12 del mediodía, es normal ver las lanchas acercarse a la Intendencia Fluvial. Lo hacen para continuar con las labores que sirven a la ‘terminal fluvial’ donde decenas de personas, en las que también destacan guardias del parque Isla Salamanca, se encuentran para continuar su viaje, un camino que puede costar entre 2.000 y 8.000 pesos, dependiendo a dónde se vaya. También se terminan de ofrecer los últimos víveres y de observar lo que los encargados de limpiar el caño sacaron, que en muchos días han sido hasta colchones.

“Si uno se pone a pensar puede imaginar cómo era Barranquilla antes aquí. Es que pasa de todo y la gente no sabe de eso. Debería volver a ser un punto más activo”, concluyó Saturnino Prada, asiduo comprador en el sector.

El ‘voleo’ en los alrededores de la Intendencia Fluvial

La escena sirve para imaginarse la Barranquilla de antes: una casa grande delante del río que sirve como punto para el intercambio de cualquier cosa.

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