Barranquilla

Invasión de Las Flores, entre la ciénaga, el barro y el hambre

Al menos 145 personas, según información entregada por el Distrito, hacen parte de este sector de la ciudad.

Las noches en la invasión de Las Flores tienen su encanto y su maldición. Su belleza y su extremo peligro. Pocas son las personas que tienen una vista tan amplía y privilegiada de la ciénaga de Mallorquín, un ecosistema lagunero riquísimo en fauna y flora en el que cuando reina la luna hace despertar todos los sentidos. Hasta ahí, al menos para la vista y el oído, obviando el hambre y las necesidades, todo parece estar definido en un recital finísimo que brinda la naturaleza.

Sin embargo, la penumbra también se ‘encompincha’ con la diversidad de animales que ahí habitan y que, en más de un centenar de ocasiones, ha hecho pasar un horroroso sofoco a las personas que, humildemente, han levantado una fila de casas palafíticas en esta zona con el pasar de los años.

Las escenas son repetitivas, desagradables y angustiantes. Pueden iniciar con la secuencia de un festival de cangrejos ‘invadiendo’ las salas de estos hogares, continuar con la imagen de un sapo encima de la cabeza de un recién nacido dormido y concluir con las filosas y anchas fauces de una babilla que está a punto de devorarse a un menor de edad que decidió salir a orinar en la madrugada.

Aún así, a pesar de los peligros, de una vida rodeada de fango, basura y carente de servicios básicos que dignifiquen la vida, desde hace unos años para acá una treintena de familias, según información entregada por el Distrito, por distintas razones, principalmente la incapacidad de pagar un arriendo, se estableció en esta zona de Barranquilla.

Ahí viven, o mejor dicho sobreviven, con el prácticamente único sustento que tienen: el chipichipi, una especie de molusco que en esta zona de la ciudad sirve para todos y para todo. Está en el desayuno, en el almuerzo, en la comida (si es que hay), en los menjurjes para curar una enfermedad y hasta en la ‘pavimentación’ de las calles, que son una mezcla de tierra, barro, relleno y una extensa y gruesa capa de conchas marinas.

Pobreza extrema

En la invasión de Las Flores solo se habla de tres cosas por lo general: hambre, agua y chipichipi. En esta comunidad, principalmente constituida por pescadores, la falta de comida es algo palpable. Los niños lucen anémicos, las cabezas de hogar aseguran que solo prueban un bocado una vez al día y los hombres, encargados de ganarse el día a día, reconocen que la apretada realidad los ha hecho cuestionarse si realmente “vale la pena vivir así”.

El agua, pese a estar rodeada de ella, no es potable y solo es obtenida de una tubería artesanal que va (enterrada) desde la zona central de la invasión hasta el río Magdalena, el mismo río al que muchas veces lanzan bolsas de plástico con sus heces fecales.

Por esta obra, algunos miembros de la comunidad pagan 5.000 pesos mensuales al encargado de este conducto.

“Aquí nuestros niños pasan hambre y pasamos muchas necesidades. Aquí se come una sola vez. Si hay para el desayuno no hay para el almuerzo. El otro problema que tenemos es que cuando llegan las lluvias todo se inunda, ni siquiera los niños pueden ir al colegio por cómo quedan las vías”, contó una mujer del barrio.

Las calles del sector cuentan con gruesas y extensas capas de conchas de chipichipi.
La mayoría de casas de la invasión están hechas de madera.

“Uno lo que come son dos mil de sopa porque no tenemos para más. Yo trato de que mis hijos se levanten después de 10 u 11 de la mañana para que no desayunen, sino que almuercen y luego mucho más tardecito ver qué se les puede dar”, explicó Yelieth Puche, que hace dos años vive en esta invasión.

En esta zona de Las Flores, pese a las grandes precariedades que se encuentran, los invasores de los terrenos más grandes se las han ingeniado para arrendarles terrenos a la población nueva que llega a esta zona de la ciudad, principalmente parejas migrantes de Venezuela. El canon por estos inmuebles, que en realidad son las casuchas más pequeñas y que están construidas sobre el terreno más fangoso y puerco del sector, van desde los 80 hasta los 120 mil pesos colombianos. Las casas más grandes, que en su mayoría están hechas de madera, tienen un valor de 250 mil.

“Hago parte de este cruel barrio. Aquí la luz se maneja con cables intervenidos y es muy deficiente. Aquí me gustaría que cambiara todo. Aquí hay muchas cucarachas y los cangrejos se suben y pican a los muchachos. Hay muchos mosquitos. Necesitamos una casa de material”, manifestó Marian Tequedor, una mujer venezolana que reside en el sector junto a su esposo y sus dos hijos.

Aspecto general de la invasión de Las Flores.

El clamor de esta comunidad tiene sustento. La vida allí es muy cruel, muy infrahumana y echada a su olvido. El fluido eléctrico es tan inestable que ha ocasionado cortocircuitos, la carencia de alcantarillado genera malos olores por doquier y la ciénaga, que antes era el gran sustento de alimentos, ahora ha disminuido su tamaño y cada vez contiene menos pescados, según los pobladores.

Adicional, esta invasión ha presentado grandes focos de inseguridad en los últimos meses, una situación que ha empezado a llenar el vaso de maldiciones a sus habitantes.

“Aquí uno vive del día a día para sobrevivir. A veces se hace algo y a veces no. Más bien uno ayuda a la gente de aquí porque nadie tiene dinero. Estamos luchando para salir adelante. Uno quiere salir de aquí porque vivimos bien feo”, manifestó Ángel Mendoza, quien se dedica a arreglar abanicos.

Al igual que en otras invasiones del área metropolitana de Barranquilla, la comunidad de este sector explicó que el barrio ha crecido en número debido a los devastadores efectos económicos de la pandemia y por la falta de un empleo formal de muchos de sus habitantes.

Según ellos, solo tienen dos posibilidades de conseguir dinero: la pesca y el mototaxismo.

Un hombre transporta una carga de chipichipi.

Reubicación

Según información entregada por la Alcaldía de Barranquilla, en este sector del barrio Las Flores habitan un total de 145 personas, de las cuales 27 son migrantes, que pertenecen a 35 familias.

La precaria vida en esta invasión, a la que se ha sumado el daño a la ciénaga y disminución de la fauna, algo que han reconocido los habitantes, ha hecho reflexionar a muchos integrantes de esta comunidad, que están de acuerdo con abandonar la zona invadida. Eso sí, con algunas solicitudes al Distrito.

“Lo que queremos  es que nos reubiquen. Estamos de acuerdo con eso, pero que nos den una casa digna. No tenemos para dónde coger con nuestros niños. Por eso es que pedimos ayuda. Es lo que necesitamos”, dijo Sandra de Ávila.

Con respecto a esto, y teniendo en cuenta la iniciativa de crear un Ecoparque en Mallorquín, la Alcaldía Distrital aseguró que ha venido adelantando una serie de conversaciones con la comunidad invasora para llegar a una solución.

“Después de suspendida la diligencia policiva en donde se realizaron las ofertas institucionales de estas familias, se realizaron varias visitas de campo en compañía de los líderes del sector, los cuales estaban compuestos por líderes Las Flores y ocupantes del sector. Dentro de las mismas se revisaron las unidades sociales que fueron caracterizadas y se socializó la información que se tenía como antecedentes, se persuadió nuevamente a las personas para que voluntariamente se retiraran del sector e inclusive en acompañamiento de los organismo de control se escucharon las peticiones que tenían las persona que habitan el sector. Se continúan estudiando individualmente las peticiones presentadas por cada uno de ellos”, informó el Distrito.

“La recuperación de ciénaga es más allá que un tema de la decisión policiva un tema ecológico y ambiental, la recuperación del cuerpo del agua por ser zona Ramsar obliga al Distrito de Barranquilla y a la Nación a realizar la recuperación de sus bienes de uso público, la población que habita en el sector no ha hecho buen manejo de la zona, la acumulación de desechos, las construcciones de vivienda palafíticas dentro del cuerpo de agua, han causado daños irreparables para la flora y fauna del sector, los pescadores se han visto perjudicados por la reducción de las hectáreas de ciénaga”, aclararon.

Esta invasión, que empezó a nacer desde 2016, ha afectado, según las autoridades ambientales, la ciénaga de Mallorquín, una problemática que ha obligado a tomar las autoridades decisiones puntuales, que aunque poco populares, son necesarias para el cuidado del cuerpo de agua y para la protección de esta población, que anhelan pronto llegar a un lugar más seguro y mejor.

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