En los 55 años que lleva pescando en el Embalse de El Guájaro, Víctor Mateo Marchena Otero no recuerda haber 'agonizado' tanto para atrapar un pez como en la actualidad.
Para este veterano pescador (70 años) hace tiempo que no sucede un milagro, pues dice que solo alcanzan a pescar cuatro o cinco mojarras, que por lo general llegan a pesar dos kilos y en ocasiones les toca regresar a su casa sin nada, lo que entristece a su esposa, sus seis hijos y 12 nietos.
En el caso de Marchena se aplica el popular refrán que dice que 'todo tiempo pasado fue mejor' y en su mirada se nota como añora esa época cuando salía a sus faenas, desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, y regresaba con tantos peces (10 kilos), que hasta alcanzaba para el consumo de su familia.
'Hace diez años nos quedaban 40 mil o 50 mil pesos y eso era bastante plata para nosotros. Hoy si logramos $10 mil es mucho', relata Marchena al indicar que ese dinero es compartido con la persona que los acompaña en la canoa durante la faena. Hay quienes tienen que pagar por el alquiler de estas pequeñas embarcaciones.
A lo lejos se observa un par de hombres navegando por las tranquilas aguas del embalse. Detienen la barca y lanzan una atarraya. 'Así llevan todo el día', dice Marchena, pero de seguro que vienen sin nada, porque hay una 'pobreza total'.
Difícil situación
De repente se acerca otro hombre, de 52 años, en compañía de un joven que se cubría del inclemente sol con un buzo de capucha. Con su mano izquierda señala su canoa y alerta también de la difícil situación que atraviesan. La pequeña embarcación está completamente vacía.
Se trata de Nadín Eduardo Coronado, quien afirma que si logran pescar un kilo de mojarra tienen que venderlas para tener con qué comprar el arroz. Dice que el kilo lo pagan a $5.500.
'Ojalá el Gobernador, el alcalde de Sabanalarga y las demás autoridades nos ayuden, porque la ciénaga está en crisis. Aquí no hay nada y nosotros vivimos de la pesca', asegura.
Según Coronado, hace 10 años pescaban bocachico, barbul, arenca y bagre, especies que eran comercializadas en Barranquilla, Sabanalarga y otros municipios del Atlántico. Hoy solo hay tilapias rojas y amarillas, que 'no crecen mucho'.
A unos dos metros abajo, en la arena, Alfonso De la Hoz conversa con un grupo de pescadores. Luego camina con resignación hasta uno de los botes atracados.
El hombre reúne las fuerzas de sus 74 años y manifiesta que 'El Guájaro está así desde hace rato, que ya no queda nada de este cuerpo de agua desde hace diez años'. Agrega que las canoas están dañadas y no tienen plata para arreglarlas, pero las que están en buen estado las alquilan a $3.500.
Como la situación está dura, asegura De la Hoz, es mejor dejarlas quietas, porque de pescar algo solo les quedaría $5.500 a los dos que vayan en la barca. Por lo general, van dos personas por canoa y lo que vendan tienen que dividirlo.
Las causas del problema
El grupo reunido a la orilla de la ciénaga analizan los factores que estarían incidiendo en la escasez de la pesca.
Por la experiencia que tienen y la abundancia de peces que conocieron desde niños, unos creen que es por las camaroneras que se han establecido en cercanías del complejo lagunar. Otros consideran que el problema radica en que los pescadores no usan los trasmallos adecuados, que las compuertas están cerradas y la cantidad de agua que tiene el embalse no es suficiente para la reproducción de las especial, y que no hay siembra de alevinos.
Denuncian, además, que El Guájaro ha perdido casi todas sus rondas naturales.
El embalse
El Guájaro fue construido por el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, Incora, entre los años 1964 y 1965, como respuesta del Estado a las repetidas y cíclicas inundaciones generadas por el río Magdalena y su derivación del Canal del Dique, lo que hacía inviable la producción agrícola y pesquera en el centro y sur del Atlántico.
Es la unión artificial de las ciénagas Limpia, Ahuyama, cabildo, Playón de Hacha, La Celosa y El Guájaro.
En sus inicios representaba un cuerpo de agua de 16 mil hectáreas. En las últimas décadas, según datos de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) ha perdido por lo menos 4 mil hectáreas y la casi totalidad de sus rondas naturales. Aun así se constituye en la principal fuente de trabajo para los habitantes de La Peña y Aguada de Pablo, corregimientos de Sabanalarga.
También se encuentran asentadas en el embalse las poblaciones de Repelón, Rotinet, Villa Rosa, la vereda El Porvenir (Las Compuertas).
Ayari Rojano, bióloga de la CRA, dice que cuando no hay peces para tanta gente o se les dificulta las faenas y se les aumenta el esfuerzo para pescar, siempre le echan las culpas a las camaroneras o a otros factores, cuando en realidad lo que pasa es que 'hay una sobrepoblación de pescadores en el embalse'.
Argumenta que por lo general hay setenta personas todo el día pescando en el caño de comunicación en las Compuertas, lo que incide considerablemente, porque 'nuestras especies nativas son migratorias' y necesitan los flujos de agua para poder moverse.
Detalla que el caño de comunicación con el Canal del Dique, que es el proveedor principal de peces, está tapado por trasmallos.
'Tienen que ser conscientes del impacto que tienen en el embalse. No es que falten peces, sino el aumento del esfuerzo de ellos para pescar'. Son más de dos mil los pescadores en el cuerpo de agua, considerado el más grande del Atlántico.
Rojano explica que, según el manual de operaciones de la CRA, las compuertas deben permanecer cerradas durante los meses de febrero, marzo y abril.
En los últimos siete años la CRA ha invertido alrededor de $45 mil millones en dragado en El Guájaro (recursos de la Nación), $2.500 millones en instalación de motobombas y $200 millones en la reparación de compuertas.




















