El Heraldo
Fachada de la capilla colonial de San Antonio de Padua de Badillo. Jesús Rico
Entretenimiento

Casi 60 años después, Badillo aún espera el regreso de la ‘custodia’

La muerte de José María Cheíto Daza, el inspector del corregimiento y personaje de la célebre canción de Rafael Escalona, revive la misteriosa historia de la reliquia desaparecida.

“Era una custodia linda
muy grande y pesada
que ahora por otra liviana
la quieren cambiar”.
La custodia de Badillo
Rafael Escalona

               
En Villanueva, familiares del antiguo inspector de Badillo añoran que Rafael Escalona hubiese escrito la segunda parte de su paseo La custodia de Badillo. “Si la historia la hubiera contado mi tío, la versión musical sería muy distinta”, dice el médico Rodrigo Daza, sobrino de José María ‘Cheíto’ Daza, quien fuera el inspector de la población en los meses en que ocurrió el robo de la reliquia.

El inspector murió a los 93 años el pasado 9 de agosto llevándose consigo la otra versión de ese suceso inmortalizado musicalmente hace 56 años.

En Villanueva, La Guajira, José María Daza fue sepultado entre lágrimas y en medio de los acordes de la famosa melodía en la que como inspector de 1958 no sale, en apariencia,  bien librado.

“Parece que el inspector como que tuvo miedo/ Mucho miedo en este caso para proceder/ Porque todavía no ha dicho quién es el ratero/ aunque todo el mundo sabe quiénes pueden ser”.

El paseo narra la denuncia de los habitantes de Badillo tras el “cambiazo” y “robo” de uno de sus tesoros litúrgicos, “una reliquia del pueblo tipo colonial”. Escalona llegó hasta a señalar al cura como el responsable del hecho.

“Como la palabra custodia rima más que cáliz, para efectos de la composición musical, Escalona la acomodó”, dicen ahora algunos habitantes de Badillo y Villanueva.

Familiares de Cheíto cuentan una versión diferente al paseo. “Mi tío siempre fue un hombre guapo (bravo) y él buscó el cáliz, porque no era custodia, en varios puntos de Cesar y La Guajira”, expresa Rodrigo Daza.

Ni tan de malas. A primera vista el corregimiento de Badillo ya no está “de malas” como anuncia la primera estrofa de la canción.
Hasta esa fértil depresión ubicada a 35 kilómetros de Valledupar se llega por una de sus seis entradas vía a Villanueva.
Badillo está rodeada por fincas ganaderas y arroceras, que en esta época del año están teñidas de un verde intenso, producto de las últimas lluvias y el agua proveniente de la Sierra Nevada.
Atrás quedaron los angustiosos días del primer semestre en los que la fuerte sequía acabó con 800 hectáreas de arroz en la zona, temporada en la que muchos agricultores se negaron a sembrar.

Al llegar al centro del pueblo al visitante lo recibe el estrépito de una maquinaria pesada y una cuadrilla de obreros que trabajan en la construcción de una nueva plaza peatonal. “En adelanto van estos lugares”, repite Carmen Díaz citando animada un verso de La Diosa coronada de Leandro Díaz. La mujer es una bogotana que se quedó a vivir en Badillo y hoy hace las veces de guardiana de la Capilla de San Antonio.
Un cáliz que no era custodia. Un documento sobre la restauración de la iglesia, registrado por Monumentos Nacionales en 1993, entrega indicios de  por qué Badillo albergaba estas reliquias coloniales.

Según decisiones de la Real Audiencia y del Virrey en 1770 fueron fundados pueblos en las proximidades de Valledupar, la Sierra Nevada de Santa Marta y del río Magdalena para controlar a los indígenas de esas regiones, entre ellas Badillo.
La tradición local dice que el templo fue mandado a construir por Liberato Padilla, tío del almirante José Prudencio Padilla, reseña el historial de la capilla que reposa en el Ministerio de Cultura. En una de las dos campanas, cuyos letreros están en mal estado, se aprecia con nitidez el año de 1775. “Badillo fue fundada por los españoles. Siempre fue una región muy rica, de gente adinerada, y tuvo el primer molino de arroz de la zona”, explica Rodrigo Daza.

OTROS PERSONAJES. En Valledupar sobrevive otro de los personajes de la canción. Se trata de Colás Guerra, aquel al que Escalona manda a vigilar “con una cuarenta y cinco en la puerta de la iglesia y a ninguno con sotana lo dejen pasar”.
Colás, a sus 94 años, se encuentra en delicado estado de salud, al cuidado de su hija Miriam Guerra, la matrona de la casa, quien tiene un talento innato para contar historias. “Dicen la ‘custodia’, pero eso era un cáliz que Escalona acomodó en la canción y puso a mi papá con su pistola cuarenta y cinco del cura pa’ abajo a requisar”, rememora en medio risas.
Detrás de la iglesia de Badillo todavía se puede ver la casa que perteneció a Colás Guerra, en la que había una tienda de granos, un almacén de ropa, billares y una caseta con pista de baile.

La gente del pueblo aún recuerda los parrandones que se formaban en aquella época. “Es que no hay cosa más alborotada que un badillero pa’ hace fiesta”, exclama Veder Zabaleta, sobrino de José María Daza, en un recorrido por el pueblo para recordar la historia.

Jaime Daza, dueño de un negocio de víveres en Badillo, tendría 15 años para la época del suceso, y como si hubiese sido ayer dibuja en la arena de la terraza de su casa un bosquejo de la ‘custodia’. “Era como una estrella refulgente en oro. Tenía un pedestal que sostenía una virgencita labrada con una aureola o una especie de corona que brillaba. Eso se lo robaron también y nadie supo quién”, dice airado.

En la mampostería de las ventanas y las puertas de la sencilla capilla, que se eleva blanca en la plaza del pueblo, sobresalen una especie de ramas y frutos que según le contaron a Carmen Díaz son las mismas decoraciones que tenía el cáliz.

La versión oficial. Consuelo Araujonoguera en su libro Rafael Escalona, el hombre y el mito dedica varias páginas a reconstruir la historia de la desaparición de la reliquia.

En la publicación describe que el padre español Lorenzo de Alboraya no había cambiado el cáliz sino que lo había enviado a reparar donde uno de los orfebres más famosos de Bogotá de apellido Bejarano.

Estando en la capital, el cáliz se confundió entre los paquetes de envíos y terminó en Popayán.

Debido a la demora en la entrega de la joya la gente en Badillo comenzó a protestar ante el Alcalde y el palacio del obispo. “Ya daba lo mismo que el cáliz no fuera ‘custodia’ y que la ‘custodia’ no estuviera perdida porque ya la bola de nieve estaba rondando”, escribió Araujonoguera, quien finalizó este pasaje afirmando que el sacerdote entregó de nuevo el cáliz a la población.

Esta versión coincide con la del periodista Daniel Samper Pizano, una autoridad en los temas vallenatos. En respuesta a una pregunta de EL HERALDO sobre este misterio escribió desde España: “Hasta donde recuerdo, conocí al padre Lorenzo en Valledupar por allá en 1968 o algo así, y al preguntarle por el famoso caso sostuvo que no había existido trueque alguno, que había sido necesario mandar la custodia a Bogotá para que le arreglaran algunos adornos que tenía medio desprendidos, y que el vaso sagrado que había regresado a Badillo era el mismo que siempre tuvo la iglesia. Que todo fue producto de una mala información y del folclor surgido alrededor del episodio. (Es evidente que el pueblo de Badillo no le creyó)”.

Badillo a la espera. En el patio de Alonso Guerra, otro de los testigos del caso de la ‘custodia’, sus nietos juegan mientras al fondo, sobre un fogón de leña, cocinan a fuego lento un dulce de coco.

Por años, Guerra fue uno de los pocos escogidos de cargar hasta la iglesia, durante las fiestas de la Virgen del Rosario y San Antonio, el baúl de las reliquias desde la casa de Gregorio Díaz donde, según Escalona, “muy segura estaba” la ‘custodia’.

Hasta el día de hoy Guerra sostiene que el cáliz original nunca regresó a Badillo. “El padre Lorenzo lo cambió y se fue. Al año siguiente fue que la gente se dio cuenta. Lo que dejaron era un cáliz pequeño de aluminio. Se lo llevaron, ya se perdió”, enfatiza.

En las calles de Badillo corren diversas versiones del hecho y hasta dicen que el cáliz terminó en colecciones de museos en España y Bogotá. Incluso otros afirman que también existió una custodia de verdad, que esa también se perdió tiempo después.

“El no tuvo miedo”. Vestida de luto, Elsa Daza, viuda del inspector, cuenta las pesquisas que este realizó para dar con la reliquia. “Le decían que estaba en un pueblo, que la vieron en otro, que la tenían en una finca, y a todos esos rincones fue a buscarla. Él no tuvo miedo. Él estaba casi seguro de que el cura tenía que ver con la perdida de la ‘custodia’ de Badillo. Quiso denunciarlo pero la gente no lo dejó por el poder de la iglesia en ese momento. Si hasta amenazas de excomunión existían”, dice en nombre de su esposo.

Recuerda que al principio Cheíto Daza estuvo molesto con su primo Escalona por la canción, pero al final de sus días, en su lecho de enfermo, cuando programaban el tema en la radio pedía que le subieran el volumen y sonreía.

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