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Petrona Blanco, primera a la izquierda, junto a sus familiares. Desde el 2002 buscan a sus hermanos menores Javier y Jesús.
María Victoria Bustamante
Sucre

El doloroso retorno al epicentro de las masacres de las AUC

Entre lágrimas y abrazos, familiares de las víctimas de desaparición forzada de los ex ‘paras’ se reencontraron en la finca El Palmar, en San Onofre,  donde masacraban a sus víctimas.

Si hay una mujer en el departamento de Sucre que está esperanzada en la labor que cumplirá la Justicia Especial para la Paz (JEP) en torno a la búsqueda de las personas desaparecidas es Petrona Blanco Mendoza.

El 16 de julio de 2002 emprendió la búsqueda incesante de sus hermanos menores Javier y Jesús Alberto, a quienes las Auc desaparecieron de la plaza principal del municipio de San Onofre, en donde sobrevivían con la reparación de electrodomésticos.

Vivía en su natal Ovejas, en los Montes de María, pero desde la desaparición de sus hermanos, a quienes consideraba sus hijos, se fue a Sincelejo y se unió a la Red de Mujeres Tejedoras de la Memoria.

Desde entonces, bajo la dirección de Roumalda Paternina, se ha encargado de visibilizar este delito que la carcome y le causa dolor a ella, a su familia y a otras miles de personas en el país.

El único relato que Petrona tiene de estos hechos es que en una camioneta de vidrios oscuros se llevó a sus hermanos, tal como lo narró la compañera sentimental de Jesús Alberto. Una noticia que cambió sus vidas.

Para ella, la plaza de San Onofre, donde se congregó el 19 de noviembre con otras mujeres y hombres que al igual que ella cargan con el dolor de sus familiares desaparecidos a manos de las exparamilitares, no es nada nuevo. 

Finca El Palmar, centro de ajusticiamientos de las antiguas AUC.

En muchas oportunidades fue en busca de noticias que le permitieran ubicar a sus muchachos de 21 y 23 años. Ir a la finca El Palmar, donde las Auc tenían su centro de operaciones, ajusticiamiento y crueldad, tampoco era nuevo para ella porque también había ido allí a buscarlos. Pero ese martes, cuando la JEP protagonizó un acto simbólico en ese sitio, sus fuerzas flaquearon. No pudo contener las lágrimas y sentía que no podía respirar. Para ella, este malestar no es más que el presentimiento de que sus hermanos sí están sepultados allí.

“Aquí (en la finca El Palmar) he venido muchas veces, pero hoy sentí un pálpito, mi corazón me dice que mis hermanitos están aquí”, le dijo a Alejandro Ramelli, el magistrado de la JEP que la buscó, como a otras más, para darles un abrazo de solidaridad y respaldo en medio de su llanto. Ramelli es relator de la Sala Dual de la Sección de Primera Instancia para casos de Ausencia de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad.

En ese acto simbólico a Petrona la acompañaron cuatro hermanos y una sobrina. Una de sus hermanas se desmayó. “No aguantó esto, es que esto ha sido muy duro para mí, que he sido la que he estado al frente siempre, pero sigo con fuerzas para encontrar a mis hermanos”, anotó la mujer, de baja estatura, pero gigante en fuerzas y, ahora, en esperanzas.

Bien temprano, en la plaza de San Onofre, también llegaron a la cita con la JEP Magaly Gamarra Navarro y Carmela Barboza Berrío, ambas de 67 años y que comparten la tragedia de tener a un hijo desaparecido. La primera, evidencia en su rostro el dolor por no saber de su hijo Apolinar Antonio Baquero Gamarra, quien a sus 28 años se ganaba la vida como motosierrista, hasta que hace 16 años, cuando estaba en Arroyo Seco, zona rural de San Onofre, lo desaparecieron.

Carmela Barboza sigue en la incesante búsqueda de su hijo Franklyn.

“Solo deseo que me encuentren sus restos. Sé que vivo no está, pero quiero que esté en un cementerio para irlo a visitar”, pidió compungida la madre.

Carmela es, en cambio, una negra fornida, alegre, de esas que hablan sin tapujos. Pero al llegar por primera vez a El Palmar sus fuerzas se debilitaron. El presentimiento de madre la llevó a pensar que su “pelao” está allí enterrado. Fue una de las que presenció el acto simbólico sentada en una silla plástica porque se sentía débil.

Esta madre de nueve muchachos, cuatro de ellos fallecidos, aún le duele que hombres que ella conocía y a quienes identificó plenamente a pesar de que se cubrieron el rostro, hubiesen irrumpido abruptamente la madrugada del jueves 15 de mayo de 2002 en su casa de El Rincón del Mar para llevarse a Franklin Ruiz Barboza, uno de sus hijos, que para ese entonces tenía 18 años.

“Eran las tres de la mañana. Estábamos dormidos cuando llegaron un poco de hombres que partieron la puerta del frente y la de atrás, y yo les dije: ‘Ajá, qué buscan; qué quieren’. Y me dijo uno de ellos que buscaban a Franklin, y no lo pude negar porque al otro muchacho que llevaron y tiraron al piso con una piedra puesta en la cabeza, el hijo de Emérita, decía que Franklin estaba allí. Entonces, no pude hacer nada, y se lo llevaron. Donde se encuentran deben estar junticos”, relató Carmela, que lleva 17 años esperando el retorno de su hijo.

Recordó que aquella situación casi la enloquece y hasta le cuesta la vida porque comenzó la búsqueda que finalizó cuando un joven en una moto se le atravesó en la vía para advertirle que a su hijo se lo habían llevado y que no buscara que los responsables le hicieran daño a ella y su familia.

Carmela no quiere reparación, solo anhela que le encuentren los restos de su hijo. Lo mismo pide Luz Neyda Bertel Torres, otra sanonofrina que desde el 29 de julio de 2003 espera tener noticias de su hijo Claudio José Julio Bertel, quien tenía 16 años cuando se lo desaparecieron.

En su memoria está fresco el instante en que Claudia salió de su casa en el barrio Manga hacia el sector de La Bomba a botar un animal que encontraron en la casa, regresó a desayunar y salió a las 9:30 de la mañana. Desde entonces lo está esperando.

“Quiero verdad, justicia, reparación y no repetición, y que los restos de mi hijo aparezcan para darles cristiana sepultura, para ponerle una velita”, imploró.

 Al igual que Carmela, su coterráneo en San Onofre Fidencio Berrío Torres, de 82  años, tiene certeza de quiénes le desaparecieron el 1° de enero de 2002 a su hijo Andrés Berrío Primera.

Fidencio Berrío, 82 años, busca desde el 2002 a su hijo Andrés Berrío.

Andrés vivía con su familia en San Marcos y había llegado a pasar Año Nuevo a la casa de sus padres en el barrio Alto de Julio. Salió a la entonces sede de Telecom en los alrededores de la Plaza de Toros: “Se fue a hacer una llamada porque cuando eso no había celulares, y de allí me lo desaparecieron. Los que hicieron eso andan libres, por allí se les ve”, afirmó Fidencio, uno de los pocos hombres víctimas de desaparición forzada presente en el acto simbólico en San Onofre y en las audiencias de Cartagena, donde los magistrados de la JEP ordenaron unas medidas de protección para los lugares donde, se presume, hay personas enterradas que son dadas por desaparecidas.

Ana Rosa y Betty Luz Olivo son dos sanonofrinas que ante la muerte de su mamá, Lorenza Cárdenas Berrío, hace tres años, han continuado la búsqueda de los restos de José Luis, uno de sus hermanos, a quien desaparecieron en 2001 cuando salió a hacer una carrera en un bicitaxi a Berrugas y no regresó.

“Sabemos que a él lo mataron ese mismo día porque llegamos al sitio y encontramos su sangre, lo que siempre hemos querido y anheló mi mamá toda su vida es que le entregaran los restos para una cristiana sepultura. Ella se fue de este mundo con ese dolor, y dos años antes ya se le había adelantado mi papá. Los dos murieron con ese pesar”.

Como Petrona, Magaly, Carmela, Luz Neyda, Fidencio, Ana Rosa y Betty Luz hay centenares de personas que han buscado por años, sin hallar respuesta. Ha pasado tanto tiempo que ellos ya no los esperan vivos, pero quieren tener sus restos para mitigar un dolor que les invade el alma y que los lleva a tener presente en cada situación de sus vidas a esos que ya no están.

La llegada por primera vez a la finca El Palmar, lugar en el que el desaparecido jefe paramilitar Rodrigo Mercado Peluffo, alias Cadena, ajustició a muchos de los desaparecidos, no solo conmovió a las víctimas, también a los Rhenals, propietarios del predio de 556 hectáreas –que está copado de maleza– y a los magistrados titulares y auxiliares Alejandro Ramelli, Reinere de los Ángeles Jaramillo, Gustavo Salazar, Hugo Escobar y Ana Cristina Portilla, quienes no pudieron contener las lágrimas al escuchar a los dolorosos relatos de las víctimas.

Fue un encuentro duro con la realidad, en especial para cuatro de los cinco integrantes de la familia Rhenals, que por primera vez se encontraban con las víctimas de desaparición forzada y a quienes la justicia representada en la JEP les reconoció, como nunca antes lo hizo ninguna entidad del Estado, en este caso representada por la JEP, su condición de víctimas.

“Llegar aquí es doloroso, es recordar una infancia feliz que contrasta con esta casa de terraza amplia y abierta que está destruida. Es ver un caucho tan resistente a tanta atrocidad”, resumió una de las Rhenals en medio de lágrimas.

Luz Neyda Bertel entrega un cofre simbólico al magistrado Alejandro Ramelli.
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