Se repite cada año, pero conserva intacta su devoción. Barranquilla se llenó nuevamente de palmas, cantos y recogimiento, en una jornada que marca el inicio del Domingo de Ramos y abre el camino hacia la Semana Mayor.
Desde temprano, familias enteras, adultos mayores y jóvenes comenzaron a reunirse en la Plaza de la Paz, elevando en su mayoría las palmas de areca que fueron distribuidas por la Alcaldía de Barranquilla para cuidar el medioambiente.

La tradicional procesión inició a las 7:30 de la mañana encabezada por Monseñor Edgar Mejía, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Barranquilla, acompañado del sacerdote Álvaro García y el diácono Manuel Castillo. El trayecto condujo hasta la Catedral Metropolitana María Reina, donde se concentró el momento central de la jornada.
Al llegar al templo, los fieles permanecieron de pie, con los ramos en las manos, atentos al inicio de la primera eucaristía del día.
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El Domingo de Ramos recuerda la llegada de Jesús a Jerusalén, un episodio que marca el comienzo de sus últimos días antes de la crucifixión. La gente, según los relatos, salió a su encuentro con ramas en las manos como una forma de reconocerlo.

Con el tiempo, esa imagen se convirtió en tradición. La Iglesia empezó a repetir ese hecho en distintos lugares del mundo, adaptándolo a cada cultura. En algunos países se usan olivos, en otros palmas, pero el significado es el mismo.
En Barranquilla, ese acto adquiere un valor especial, ya que mantiene viva una práctica que une a familias y comunidades. Hay quienes llevan años asistiendo, otros que llegan por primera vez, pero todos participan en un mismo ritual .
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Este domingo también tiene una particularidad, y es que comienza con un ambiente de cantos y encuentro, pero marca el inicio de días más reflexivos. Es como una transición de la alegría inicial a un tiempo que invita a pensar, hacer pausas y a mirar hacia adentro.
A reflexionar
Con un abanico en mano, moviéndolo sin descanso para apaciguar el calor que se sentía dentro del templo, Julia Peñaranda sostenía en el otro brazo a su nieto, dejando ver su disposición para vivir la Semana Mayor con respeto y recogimiento.

“Siempre que puedo venir lo hago. Venimos desde La Alboraya y es una linda celebración para empezar esta semana, encomendándole todo al Señor para que los demás también puedan reflexionar mucho”.
Luego de leerse el relato completo de la Pasión de Cristo que este año es según San Mateo (26,14–27,66) y que narra desde la traición de Judas hasta la crucifixión y sepultura de Jesús, llegó la homilía del obispo auxiliar, Monseñor Edgar Mejía.
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“Hay que entender que nosotros los católicos hacemos nacer la vida, la vida de la naturaleza. Luego lo dejamos crecer un poquito y lo matamos. Y ya va a crecer la vida. No hay una contradicción entre la vida y la muerte. Es el hecho y la situación que estamos viviendo”.
En su reflexión, insistió en que este tiempo se invita a avanzar. “Conciencia de que el techo central de la humana fe, listo, entregado por ti o para ti, para la próxima vida. Y eso, uno no puede dejar de crecer. Eso no puede estar igual”.

El obispo también llevó ese mensaje a la vida diaria, señalando que no se trata solo de lo que ocurre dentro del templo. “Nos debe llevar a que nosotros juntamos, eso es juntar a esa gente desde el negocio, desde el negocio público. ¿Qué tengo que hacer? ¿Y sabes cuál es la recuerda del medio? Conciencia”.
En su cierre hizo énfasis en el amor como base de todo. “De entender que Dios nos ama. De entender que es el signo del amor de Dios, que es el signo entregado a su vida por ti, por mí, cien por cien. No depende de cualquier realidad. No depende de cualquier realidad”.



















