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Este 20 marzo se celebra el Día Internacional de la Felicidad, una fecha que busca resaltar el bienestar personal, más allá del aspecto económico. Alejado de ser una consigna simbólica, en los últimos años esta perspectiva comenzó a incidir en la forma en que los Estados evalúan su propio desempeño y las políticas públicas concretas que ejercen como gobierno.

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El origen de esta celebración se centra en Bután, que desde la década de 1970 decidió reemplazar el Producto Interno Bruto como principal indicador por la Felicidad Nacional Bruta. La iniciativa fue impulsada por el rey Jigme Singye Wangchuck, quien planteó que el crecimiento económico debía ir acompañado por el bienestar espiritual, cultural y psicológico de la población.

En ese sentido, el progreso no se mide solo en términos materiales, sino en la calidad de vida integral, por ello la importancia de fechas como estas.

El reconocimiento global del Día Internacional de la Felicidad llegó en 2012, cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución que estableció esta fecha. Desde entonces, el concepto de felicidad comenzó a formar parte del lenguaje político internacional.

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El Informe Mundial de la Felicidad, elaborado con apoyo de la Universidad de Oxford y en el cual se analizan más de 140 países, se basa en indicadores como el ingreso per cápita, el apoyo social, la esperanza de vida, la libertad para tomar decisiones, la generosidad y la percepción de la corrupción, factores que determinan el estatus de felicidad en un Estado o Nación en general.

En los últimos años, Finlandia lideró el ranking de manera sostenida, después de Dinamarca e Islandia.

Otros aspectos que revela el informe

El informe señala que América Latina suele ubicarse por encima de lo esperado en niveles de felicidad en relación con su ingreso. En el caso de Argentina, el país logró mejorar su posición en 2024 hasta el puesto 48. Este dato resulta significativo en un contexto de inestabilidad económica, y expertos lo explican por el peso de los vínculos sociales, la vida comunitaria y la cultura del encuentro, que funcionan como factores de resiliencia.

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Aunque la desigualdad tiene un impacto directo en la percepción de bienestar, ya que las sociedades con grandes brechas económicas tienden a registrar menores niveles de satisfacción, incluso si su riqueza total es elevada, en Latinoamérica hay una excepción, pues en algunos países la felicidad y estabilidad emocional sobrepasa la preocupación por la pobreza o los problemas económicos.