"Cientos de personas acuden estos días de enero a la Registraduría para tramitar los documentos de identidad.

El esperpento. Eran las 8:15 a.m. cuando abrieron las puertas de la Registraduría Municipal del Centro de Barranquilla. La gente abarrotaba la puerta en cuatro filas diferentes destinadas para cada función: renovación, rectificación, registro civil o primera vez de expedir la cédula; y los buenos conocedores del rebusque, mermaban la espera con la venta de jugos, empanadas o minutos a celular.

Sin embargo, en un lugar donde las horas se hacen eternas, las colas se incrementan por momentos y el desespero puja por encima de la dignidad, parece que todo vale, incluso, la información. Desde el señor de los tintos, el fotógrafo que lo dispone todo para el carné, hasta los expertos conocedores de todo lo que se mueve dentro y fuera, y que no dejan de pedir plata por informar, hacer las diligencias para agilizar el proceso o guardar los primeros cupos en la fila.

Las colas tenían horas de demora y algunos confesaron que estaban allí desde las 4 a.m. Los niños tampoco se libraron del madrugón y esperaban cansados y abatidos a que todo el enjambre burocrático siguiera su curso. La entrada fue imposible y, tras esperar y observar el ajetreo y riñas de la carrera 45 con 38, salí entonces para la Registraduría del Norte.

Barranquilla cuenta con cuatro Registradurías auxiliares y la central. Además de las especiales dispuestas en los diferentes municipios del departamento, aunque la mayoría prefiere tramitar sus documentos en la del Norte por causas ajenas a la comodidad y agilización del proceso.

“Estamos en temporada alta”, afirma el fotógrafo Reynaldo Ahumada. Enero es el mes más agitado puesto que están los procesos previos a toda la matrícula de los niños. “En julio vuelve otra vez porque están de vacaciones”, añade.

Sin embargo, los propios ciudadanos afirman que lo dejan “todo para última hora” y por eso se forman congestiones en el acceso. “En diciembre están pensando en Navidad y en los regalos. Llega enero y les entra el afán”, agrega un vendedor.

Apoyado por muletas, Alberto Orozco salía con la cabeza cabizbaja de la Registraduría. Era la tercera vez que iba a recoger la cédula de su hijo quien la expidió en Medellín, y aún no le han hecho el traspaso. “Mi hijo está enfermo y necesita su carné para que lo puedan atender”. La única alternativa que le han dado es que vuelva a emitir dicho documento.

Las colas también rodeaban el edificio de la Registraduría del Norte y los solicitantes se amontonaban en la puerta creyendo que a más ruido o bulla emitieran, antes entrarían. Luego de una hora de demora para alcanzar la puerta y a duras penas identificarme con el vigilante de seguridad, pude acceder a una especie de ‘sala de los horrores’ porque los golpes y empujones también forman parte de la travesía de recoger un documento de identidad.

La gente se agolpaba en las esquinas, dormían en el suelo o se acomodaban en las escaleras. Los niños eran los más afectados por el desorden y la mala logística del proceso que iban, siguiendo a sus responsables, cansados y abatidos.

“Faltan funcionarios para darle agilidad. Hay muchos que han madrugado y se han quedado fuera. Esto está muy desordenado y los más afectados son los niños que están por los suelos. Debería de hacerse una fila especial para ellos” menciona María Ortiz, quien llevaba en la Registraduría desde la 6 a.m. y esperaba sacar por primera vez la cédula de su hija.

Por otro lado, la delegada de la Registraduría, Patricia Cárdenas, lleva desde que comenzó el mes visitando las diferentes Registradurías del para controlar la afluencia de ciudadanos. Garantiza que tiene a todos los funcionarios trabajando, pero “en estos meses hay mucha demanda”. Asegura, a su vez, haber llevado a cabo campañas para concienciar a la población de que “revisen los documentos con tiempo” para que no se le pasen los plazos.

Pocos minutos después de revisar el lugar y conversar con los ciudadanos y responsables del servicio, se cerraron las puertas. Nadie entraba ni salía. Mientras, los golpes resonaban en la sala y la gente aporreaba la puerta alertando un mal peor.

El vigilante decidió no abrir hasta que llegara la policía y ayudara a establecer el orden. La gente que estaba en el interior se acumulaba para salir. Los números ya estaban repartidos y no quedaba cupo para atender a nadie más. Sin embargo, unas doscientas personas aguardaban al otro lado de la puerta.

Finalmente llegó la policía; pero la puerta seguiría sin abrirse. Se habilitó una salida alternativa a través del garaje que no resultó efectiva debido a los fuertes enfrentamientos entre los que desde fuera, aspiraban a entrar. A su vez, muchos imprudentes se aventuraban a empujar a los más pequeños quedando ellos dentro, y los papás fuera.

“No somos máquinas”, asegura Denis Márquez, funcionaria del puesto de información, “Todos quieren venir a la sede del Norte porque está en mejores condiciones, pero tanta gente se nos sale de las manos”. Darío Pérez, quien espera desde las 7 de la mañana, asegura que hay falta de recursos y, mientras señala todo lo que le rodea, añade: “seguimos en la edad arcaica”.

En el segundo intento, con la masa de gente más disgregada, pudimos salir sanos y salvos, por el lugar puntualmente asignado. Aunque con la certeza de que ir a la Registraduría es mucho más que una aventura.

Valle Inclán, poeta y escritor español decimonónico de la generación del 98, inventó el esperpento como un género literario que se utilizó para designar hechos grotescos o deformados de la realidad. Después de un recorrido por las instalaciones con su debida explicación, seguía sin comprender cómo se permite tal esperpento; y la ciudad, amparada en las leyes y restricciones gubernamentales, queda impune.

Por Paula Romero 

 

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