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“Por buscar verdad y justicia estoy presa en mi casa”: Martha Helena Díaz

Martha Díaz espera que quienes ordenaron la ejecución extrajudicial de su hijo Douglas, paguen.

Temas tratados

Martha Díaz espera que quienes ordenaron la ejecución extrajudicial de su hijo Douglas, paguen.

Martha abre la puerta de su casa a las 6 de la mañana y siente que su hijo Douglas va a entrar en cualquier momento, como hizo tantas veces. La acompaña un retrato de un jovencito vestido con toga y birrete blancos. Un símbolo de la inocencia que perdió, cuando comenzó a fumar patraciado y terminó asesinado por el Ejército.

Douglas hace parte de las cerca de 1.211 personas que han muerto en Colombia por ejecuciones extrajudiciales, entre 2002 y 2010, según el Cinep. Esas que luego pasaron a conocerse como los ‘falsos positivos’.

Martha Helena Díaz Ospina es una mujer recia, que dice lo que piensa y no se queda con nada. Llegó a Barranquilla desde Medellín a los 12 años y aún conserva algo de ese tono de voz característico de los antioqueños. En el caminar se percibe la energía de quienes no cejan en su empeño hasta conseguir lo que quieren. Eso fue precisamente lo que le ayudó a recuperar el cuerpo de Douglas.

“A mi hijo se lo llevaron un martes 28 de marzo de 2006”, cuenta Martha, sentada en la terraza de su casa. Está a un costado del cementerio Universal, sobre la carrera 37, en Barranquilla. Los rayos de sol alcanzan a colarse entre las ramas de un almendro y endurecen su rostro, que contrasta con su voz quebrada.

Douglas jugaba fútbol con varios muchachos del barrio Chiquinquirá, en el Suroriente de la ciudad, a una cuadra de esta misma casa. Eran las 11 a.m. cuando unos hombres, entre ellos un desmovilizado de las Farc, llegaron a ofrecerles trabajo. “Varios chicos dijeron que no, pero mi hijo aceptó”, asegura Martha. Dos jóvenes indigentes también se fueron con ellos.

“Viajaron a Valledupar, supuestamente para darles un empleo de recolectores de algodón. Él me llamó el jueves 30 y hablamos un rato — relata Martha, mientras baja la mirada — Me dijo que estaba bien y que iban a venir unas personas a la casa para buscar una copia de su cédula (de Douglas). Cuando le pregunté quiénes, la llamada se cortó. Desde ahí no volví a saber más de él”. Sigue pensativa, quizá tratando de entender por qué su hijo fue a parar a la capital del departamento del Cesar.

Pasaron seis meses desde ese último contacto. Martha recuerda esos días con tristeza. Fija su vista en el lugar donde Douglas solía sentarse en las noches a fumar droga. Desde la ventana de su casa ella podía observarlo y se sentía tranquila, a pesar de saber el daño que se causaba a sí mismo.

“Él era un chico enfermo y la droga lo mantenía tranquilo”. Mantiene vivo el recuerdo de verlo arreglarse y salir a las 7 de la noche, para solo regresar hasta las 6 de la mañana. “Cada día le daba dinero para que comprara su vicio. Así evitaba que tuviera que robar y que la Policía me lo matara. Por eso es que me duele que el Ejército lo hiciera”. Cruza los brazos en una postura defensiva, como para evitar que su comportamiento sea juzgado.

Al llegar a Valledupar empezó a buscar a Douglas por cada sitio que se le ocurrió. Fue a Medicina Legal, a los parques, rastreó las calles y se acercaba a cada indigente con la esperanza de que fuera su hijo. Durante un tiempo continuó, sin resultados. Ahí comenzó una travesía que la llevó a entrevistarse “con altos mandos de la guerrilla, pero me dijeron que mi hijo no estaba entre sus filas”. Después hizo contactos con las Águilas Negras, “pero ellos no lo tenían”. Finalmente “fui a Amalfi, Antioquia, donde los ‘paras’. Mi hijo no estaba con ellos, aunque mencionaron que lo había matado el Ejército”.

Detrás de una reja electrificada, Martha mantiene protegido y vivo el recuerdo de Douglas.

Bajo el calor de esta tarde de agosto, recuerda cómo de regreso en Valledupar un señor le recomendó “cotejar las huellas de Douglas con las de los muertos en combate en ese sector”. Así fue como se enteró de que lo habían hecho pasar por guerrillero del frente 59 de las Farc, y “dado de baja” en Guamachal, corregimiento del municipio San Juan del Cesar, en La Guajira, el domingo 2 de abril de 2006, seis días después de haberse ido de su casa. “Ahí empezó la tortura y mi calvario. La vida se me transformó totalmente”, admite Martha.

A través de tutelas y mediante una tediosa exhumación de cadáveres en el cementerio de San Juan del Cesar pudo recuperar el cuerpo de su hijo el 8 junio de 2008 y enterrarlo, “con desconfianza”, en la iglesia San Judas Tadeo, con sede en la calle 85 con Vía 40. Para Martha “son tantas las mentiras que me ha dicho el Estado que no sé si creer que ese sea mi hijo”, a pesar de las 59 pruebas de ADN que se practicaron a varios despojos para identificarlo.

Ya había recuperado a su hijo pero aún le faltaba la verdad de lo sucedido ese 2 de abril. Por eso no se detuvo en su empeño por saber “cómo un joven de 27 años, al que no le faltaba nada en la casa, apareció muerto a 376 kilómetros de donde jugaba fútbol, con un fusil AK-47, forrado en municiones, vestido de militar y con un cuchillo al cinto”.

Martha tiene los ojos enrojecidos, inyectados de la misma ira mezclada con impotencia que sintió al enterarse de esa historia. Esa misma rabia fue la que la motivó a realizar una cruzada ante la justicia para obtener la condena de los hombres que ordenaron el homicidio de su hijo, y el de los indigentes que salieron con él de Barranquilla y el desmovilizado de las Farc que los había incitado a irse.

El cuerpo de Douglas fue hallado caído de bruces en el río Guamachal. Tenía siete impactos de bala en el brazo derecho, como si hubiera intentado defenderse, y un tiro de gracia en el hueso temporal izquierdo del cráneo. “Según un forense, murió desangrado. Estoy segura de que mi hijo tuvo que decirles que ‘cuando mi mamá se entere, esto no va a quedar así’. Aquí le estoy cumpliendo”, dice Martha. Un orgullo contenido se instala en sus ojos y dibuja una media sonrisa.

Hasta el momento hay nueve personas sentenciadas por su ejecución extrajudicial, entre ellas el mayor Julio César Parga Rivas, quien ordenó el ataque. “Parga Rivas fue condenado a 30 años de prisión por 60 casos de falsos positivos y espera sanciones por otros 76. Pero aún me falta ver a Álvaro Uribe Vélez pagando por estos crímenes. Su política de Estado fue lo que mató a mi hijo”, afirma Martha con el rostro ensombrecido de repente y las manos crispadas.

Para evitar que esos crímenes queden impunes creó la Asociación de Madres Unidas por un Solo Dolor, Afusodo, donde brindan asesorías y acompañamiento judicial a personas víctimas de desplazamiento forzado y de falsos positivos.

Esa es su vida ahora. Todo el día se mantiene ocupada en diligencias de una oficina a otra, y solo llega a casa a dormir, para no encontrarse con el dolor que le causa saber que Douglas no estará esperándola, listo para salir a fumarse la vida; “así por lo menos estaría vivo”, argumenta, con lágrimas en los ojos.

Cuando llega al tema de la reconciliación, Martha recupera su porte firme y seguro. Se endereza en la silla de plástico blanca y revela “puedo perdonar, pero nunca olvidar”, como lanzando una anatema. Para ella “es necesario que todos los actores se sienten a negociar. Las Farc no son las únicas victimarias. El Estado también lo es y los paramilitares igual”. Por esas posturas y por su labor como activista de los derechos humanos, ha sido amenazada de muerte varias veces.

Desde la partida de Douglas muchas cosas han cambiado en su hogar y en Martha. Tuvo que dejar su trabajo como vendedora estacionaria de accesorios y collares para perros, en el Paseo Bolívar, en el centro de la ciudad. Ahora unas rejas electrificadas y varios guardaespaldas son los testigos de esa inocencia y tranquilidad que le fueron arrebatadas. “Por buscar verdad y justicia estoy presa en mi propia casa”, protesta Martha, quien pasa sus días esperando que la sinceridad de los victimarios le devuelva la paz.

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