El Heraldo
Yuberlis Salas, de 17 años, trenza los cabellos de su prima, Nerleidys Pérez, en la puerta de su casa, en el barrio Nueva Colombia. Cesar Bolívar
Barranquilla

Nueva Colombia, un pedazo vivo de Palenque en Barranquilla

Distrito estima que 10.800 afros viven en esta zona. Cada 12 de octubre se conmemora el día de la diversidad de etnias.

Soy africana, soy colombiana/ soy de palenque, soy Lucumí/ yo soy Mandinga, yo soy Bantú/ soy de los Nubios, Carabalí”.

Quien recita es Miriam Díaz, ‘La poetisa negra de Barranquilla’, casi dormida, pues está convencida de que así, a través de la etnoliteratura, se debería hablar de los palenqueros, los afrocolombianos, los raizales. Los negros.

Sí, los negros. Los de pelo prieto, de los que muchos han creído que solo danzan africano, bullerengue y mapalé. Dicen que sus mujeres, de largas trenzas, llevan una ponchera en la cabeza. Cuentan que gritan que venden cocadas y alegrías. Pero no es tan así.

En Barranquilla hay un pedazo vivo de San Basilio de Palenque, el primer pueblo que se liberó del yugo español en el continente. La Arenosa guarda un rincón de aquel aislamiento fundado por esclavos africanos, ubicado en las faldas de los de los Montes de María. Está situado en el municipio de Mahates, en el departamento de Bolívar.

Nueva Colombia esconde un terrón de esa historia. El popular barrio del suroccidente de Barranquilla es el principal asentamiento de esta población, con un 80% de afrocolombianidad, según estadísticas de la Secretaría de Gobierno del Distrito. De acuerdo a los datos suministrados por esta cartera, hay cerca de 13.500 habitantes en Nueva Colombia, es decir, alrededor de 10.800 afros, que comparten tierras con “blancos”, mulatos y mestizos.

Con esto, y según las cuentas, esta población podría llenar completamente la tribuna occidental alta del estadio Metropolitano y casi la mitad de las gradas bajas.

En Colombia, el 10, 62% de las personas, unos 4.311.757 se reconocen como afrocolombianos, según el más reciente censo del Dane, en 2005. La cifra; sin embargo, aumentaría significativamente para este año, pues constantemente crece el reconocimiento afro.

El resto de la población étnica en el país corresponde, en gran parte a grupos sin pertenencia étnica (85,94%), indígenas (3,42%), y Rom (0,01%), para un total de 40. 607.408.

Trenzas y tabúes

“¿Dónde está la gente afro de aquí?”, se pregunta Denis Lloreda, una mujer que ha dedicado la mitad de su vida a la educación en Nueva Colombia, en el único colegio que hay, el Centro de Educación Básica Etnoeducativo Paulino Salgado Batata.

La pregunta se la hace así misma, en voz alta, mientras camina las calles ardientes del barrio, saluda a sus vecinos y pregunta por las tradiciones afrocolombianas que “aún estén presentes”.
“Aquí hacemos los dulces, las trenzas, los bollos, bailamos, practicamos el lumbalú (rito funerario), y también el boxeo, pero no lo hacen todos”, advierte Lloreda, en tono serio y con los ojos muy abiertos.

Dentro de una de las casas coloridas, teñida de un azul aguamarina, dos primas trenzan y trenzan, de tres en tres, para dejarse listas, “regias y bien lindas”.

Ambas se arreglan para el Festival de Tambores y Expresiones Culturales que se celebra en San Basilio de Palenque, lugar de origen de gran parte de sus ancestros. Reencontrarse con sus raíces las llena de orgullo, dicen. “Es un honor danzar allí, todos quieren participar y es sumamente importante para todos nosotros”, comentan.

Yuberlis Salas, de 17 años, teje cabellos entre pelos de lana, para alargarle varios metros a su prima, pero hermana de crianza, Nerleidys Pérez, tan solo un año mayor que ella.

Cuando eran niñas su abuela palenquera, Gregoria Hernández, les contaba que trenzar era la única forma de narrar los caminos por los cuales sus ancestros escapaban de la esclavitud. “Yo siento que uno nace aprendiendo a hacer esto”, dice Salas.

En imágenes: En imágenes: Nueva Colombia, un pedazo vivo de Palenque en Barranquilla

Las figuras que dibuja la morena de anchas caderas; sin embargo, nunca han obedecido a legendarias historias de sus antepasados. Son producto de su imaginación, o de las tendencias de la temporada.

Esta semana los niños y jóvenes están en unas cortas vacaciones por la semana de receso estudiantil, también llamada ‘Semana de Uribe’. El descanso coincide con el denominado Día de la Raza, que se celebra el 12 de octubre, día en que se conmemora la diversidad de etnias.

El espacio es aprovechado para practicar todos los días. Esta noche es el último ensayo antes de que tomen, en la madrugada del día siguiente, el bus que las lleve directo a Palenque.
Mientras Yuberlis traza curvas en cabellos rizados, una voz de acento palenquero inicia una fuerte crítica.

“Yo le dije a la del almacén, ¿ajá, niña, es que acaso en Barranquilla no hay peladas negritas?”. Quien cuestiona es Luz Mery Herrera, una joven de 21 años que se queja de la ausencia de maquillajes en tonos oscuros para ellas.

“Ah, pues, tienen ese poco de polvos rosados”, dice, mientras sus amigas ríen.

Luz Mery, que se pasea con un turbante blanco en la cabeza, sabe perfectamente lo que significa –y lo que no– ser “negra”. Es becada del programa Martin Luther King y estudia para graduarse como ingeniera ambiental de la Universidad del Atlántico.

Con firmeza, asegura estar “cansada” de que muchos crean que los negros solo se destacan en deporte y cultura. “Yo nunca me voy a poner una ponchera en la cabeza, nuestras madres lo han hecho y nos sentimos orgullosas, no hay deshonra. Pero es momento de creer que nosotros además de bailar y boxear, podemos ocupar grandes puestos en importantes empresas”.

Habla con el alma desgarrada. Le ha tocado convencer a quien se acerque a ella que su gente debe “empoderarse y ganar identidad”.

Por lo menos, cuenta, sus amigas no se han sentido, nunca más, incómodas por su cabello.

“¿Qué esto es pelo malo?, no, mija. Este pelo es del bueno, yo quiero que de eso se convenzan. Deben lucirlo con la frente en alto, tú a este pelo le puedes hacer lo que quieras”, dice segura, mientras presume sus trenzas.

En la noche los bailarines se encuentran en el barrio La Manga, barrio vecino de Nueva Colombia. El grupo Fuerza Negra lo conforman afros de otros barrios como La Manga, Bajo Valle y La Esmeralda.

Son alrededor de 30 danzantes que se contonean al ritmo del soukous y mapalé. La tambora, el alegre y el llamador se toma un sector de estrato uno que, según sus habitantes, “siempre está caliente”.

Entonces, a punta de baile a pie descalzo y en la arena, congelan por unas cuantas horas a sus barrios de la inseguridad y la delincuencia. Decenas de habitantes se reúnen para verlos, los aplauden y se divierten con los pases.

Mal llamada raza 

La sonrisa blanca e intacta de Luz Mery, o de sus amigas, no es nada más porque el baile se los exija. Que se celebre la diversidad étnica y la Feria de Tambores tiene un valor. “Nos visibiliza”, dice Herrera.

También coincide en esto la poetisa, mientras lanza una advertencia. “La raza es solo la humana, nosotros somos etnias”.

“Sí, juntos negros y blancos, yo con mi cabello prieto, tú con tu cabello lacio”, agrega la afro.

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