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Julio Cano trabajó en la tienda Sears cuando tenía 18 años. Cortesía.
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“Sears cerraba a las 6:00 de la tarde y lo anunciaba con un himno”, extrabajador

“Me ganaba $1.000 mensuales, como un millón de pesos hoy”, recordó ayer Julio Cano, quien trabajó Sears en 1967 y 1968.

Aunque tal vez muchos no recuerden la cancioncita que sonaba faltando quince minutos para las seis de la tarde y que anunciaba que en breve Sears cerraría sus puertas, en los años 60’ era común que al escuchar este sonido los barranquilleros apuraran sus compras.

O al menos así lo recuerda Julio Cano, quien durante casi dos años trabajó en el exclusivo almacén Sears de Barranquilla, que este lunes anunció su quiebra a nivel mundial.

“Los jóvenes seguro no tienen ni idea de eso, pero antes esa era la tienda pupi de la ciudad. Ahí compraban los ricos y las familias iban a pasar las tardes allá”, afirma Cano sobre la cadena que, tras ser la líder de las ventas en Estados Unidos, pionera con el modelo “de todo a todo el mundo”, no logró reembolsar una deuda de USD 134 millones y terminó en la quiebra.

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La Sears llegó a capital del Atlántico cerca de la década del sesenta y se ubicó en la carrera 46 y la calle 53, junto al Club Unión Española, donde tiempo después los trabajadores de la estadounidense compartirían en torno a las fiestas de fin de año. Llamaba la atención por el novedoso método del autoservicio, el aire acondicionado central (único en ese entonces) y las escaleras eléctricas.

“La tienda llamaba la atención por el sistema americano de que todo era autoservicio. Ahí vendían ropa, calzado, muebles y herramientas. Pero el principal centro de atención eran las escaleras eléctricas”, cuenta Cano.

“La gente subía y bajaba las escaleras como una atracción, pero permitían que lo hicieran porque los niños eran felices y eso los ayudaba a llevar clientela”, recordó.

Tomado de Facebook.

Para Barranquilla los almacenes Sears representaron el progreso y la modernidad en la ciudad. La evidencia viva de que las grandes marcas del mundo podían estar al alcance de sus habitantes sin necesidad de salir del país.

Y para Julio Cano también fue así. Un joven de 18 años que llegó desde Mompox en 1965 en busca de las oportunidades que ofrecen las capitales y que encontró en la zona de cafetería de Sears una oportunidad para obtener ingresos mientras adelantaba sus estudios de bachillerato.

“Yo vivía por el Club de Leones y tenía un amigo que era jefe de una de las divisiones de allá y me llevó y me presentó  a la jefe de personal”, asegura Cano, quien cuenta que luego de pasar varias pruebas empezó a trabajar en la división de cafetería por $1.000 mensuales.

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Recordó que en ese entonces los colombianos sacaban la cédula a los 21 años. “Mi abuela me firmó un permiso para que pudiera trabajar”, dice. Trabajaba de 10:00 de la mañana hasta el mediodía. A esa hora cerraban y volvían a abrir a las 2:00 de la tarde. “Yo volvía de 4:00 a 6:00 a trabajar. Y así comencé a trabajar de día y estudiar de noche”.

La cafetería estaba ubicada en el primer piso, no había mesas ni sillas y las personas compartían de pie. El trabajo de quienes estaban en esta división consistía en atender a los comensales y cobrar en las cajas, explica Julio quien tiempo después también participó en otras dependencias.

Tomado de Facebook.

A través de las redes sociales, los lectores de EL HERALDO recordaron este lunes la variedad y calidad de los productos que se conseguían tanto en Sears, como en Súper Rayo, el primer supermercado de la ciudad, ubicado al lado de la tienda norteamericana.

“En ese entonces las compras eran con el llamado SRC (Sistema Rotatorio de Crédito) y se realizaban con bonos”, cuenta el ahora contador, quien explica que era un método de crédito que tenía la tienda y que luego de aprobado se entregaban talonarios con cupones con los que podía comprar el cliente.

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Como una tienda que marcaba tendencia en la ciudad y entre sus rivales, Sears era muy cuidadoso con quienes hacían parte de su equipo de trabajo, incluso durante las contrataciones temporales.

Según contó Julio Blanco, quienes aspiraban hacer parte de Sears debían ser personas bien presentadas y carismáticas.

“Cuando uno hablaba con los clientes siempre había que preguntarles ‘Qué más quería llevar de Sears’. Uno siempre trataba de averiguar preguntándole a los clientes a qué se dedicaban y así poder recomendarle más cosas”, dijo.

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