Llegó escaso de músculos, pero repleto de ilusiones. Antes de que Luis Díaz debutara en el Barranquilla FC. Antes de que gritara campeón con Junior cuatro veces (Copa Colombia 2017, Liga 2018 II, Liga 2019 I y Superliga 2019). Antes de que disputara la final de la Copa Sudamericana 2018. Antes de que anotara golazos en la Champions. Antes de que levantara trofeos en el Porto, Liverpool y Bayern Munich. Antes de que se coronara goleador de la Copa América 2021 y se convirtiera en la principal figura de la selección Colombia. Antes de que estuviera en boca de todos en Colombia. Antes de que lo ovacionaran en Europa. Antes de todos los bombos y platillos, Luchito era un flaco tímido, escuálido y callado que se presentó a una veeduría de las divisiones menores del equipo rojiblanco.
No “vendía” por físico. Pero sí por fútbol. Y hubo dos mensajes concretos, directos y decisivos, que alertaron a la dirigencia de Junior de que ese muchacho de Barrancas, La Guajira, no era uno más: una carta de Melquisedec Navarro y un correo electrónico de Octavio Rivera.
Dos documentos. Dos advertencias. Dos avisos tempranos de que en la cantera rojiblanca había una joya. Hoy parecen piezas de museo. En ese momento eran actos de fe. Porque Luis Díaz todavía no era Luis Díaz. Era apenas ‘Luchito’.
PRIMERA EXHIBICIÓN
Mucho antes de que Junior lo descubriera, ya había señales. El 6 de enero de 2009, en el estadio Metropolitano Roberto Meléndez, un niño de 11 años —a días de cumplir 12— hizo una jugada que obligó a este periodista a escribir su nombre por primera vez en EL HERALDO.
Jugaba para El Cerrejón, en el Torneo Asefal. Lo dirigían Arnoldo Iguarán, legendario ex jugador guajiro de Millonarios y la selección Colombia, y Óscar García, ex futbolista barranquillero que militó en Unicosta y otros clubes. Ese día tomó la pelota, eludió rivales y marcó un golazo.
Era un niño flaco haciendo cosas de grande. Barrancas ya sabía de él. La Guajira también. Su padre, Luis Manuel Díaz, lo había moldeado a pleno sol y polvo en el ‘Club Bayer’, mientras el pequeño imitaba a Ronaldinho a través de lo que veía en televisión. Ahí empezó todo.
Pero la historia con Junior comenzó oficialmente el 23 de enero de 2015. Su tío Wilson Díaz lo llevó a una veeduría. Cerca de 800 muchachos se presentaron en Bomboná. Entre todos, uno empezó a llamar la atención. “En la cancha de Cantillo hay un flaco que juega full”.
La frase empezó a correr como pólvora. Juan Carlos Cantillo, exfutbolista currambero y veedor rojiblanco, fue el primero en levantar la mano y advertir. Los demás dudaron. Era muy delgado. Demasiado frágil. Excesivamente liviano para el rigor competitivo. Hasta que entró a la cancha. Y entonces desaparecieron las dudas.
“Cuando lo vimos de entrada no vendía por físico, pero apenas entró, descrestó a todos”, recuerda Fernel Díaz, actual director de las fuerzas básicas de Junior.
LA ALERTA FORMAL INICIAL
Melquisedec Navarro, entrenador de las inferiores de los ‘Tiburones’ en aquella época, lo vio y entendió rápido. Ahí había algo distinto. Algo fuera de lo común. Algo que no se enseña. Inventiva. Desequilibrio. Atrevimiento. Gol.
Ese talento lo llevó a involucrarse incluso más allá de la cancha. Navarro lo ayudó con pasajes. Con almuerzos. Con el colegio (terminó undécimo grado en el barrio Las Nieves, donde vivía con su tío). Con la cotidianidad. Porque entendía que proteger al jugador también era parte de formarlo.
Y fue tanto lo que creyó en él que dejó constancia escrita. Una carta. Un documento interno. Una recomendación formal. Una especie de aval futbolístico. Navarro advirtió que ese muchacho debía ser protegido y potenciado. Que no podían dejarlo escapar. Que estaban frente a un futbolista diferente. Era la primera alerta seria.
Corría el 2015 y ‘Melqui’ se puso pilas. Llegó una vitrina internacional, la Selección Colombia indígena, dirigida por Carlos ‘el Pibe’ Valderrama y John Jairo ‘el Pocillo’ Díaz. Lo convocaron para la Copa Americana de los Pueblos Indígenas. Se disputó en Chile entre el 16 y el 25 de julio.
Navarro insistió. Había que firmarlo. Ya. Su temor era simple: si lo veían allá, se lo llevaban. Porque el talento de Díaz ya no cabía en silencio. No pasaba desapercibido.
El 29 de junio de 2015 envió una misiva a Octavio Rivera, director de las divisiones menores en ese entonces (hoy en día dedicado a su escuela Sporting Football Club). Firmaron Melquisedec Navarro y Javier Romero Martínez.
Aunque Navarro dice que a partir de ahí le arreglaron su primer contrato formal a Luchito, en el Barranquilla FC el registro oficial del vínculo laboral inicial tiene otra fecha. Ya estaba en el radar. Ya lo cuidaban celosamente. Francisco Sánchez, gerente del Barranquilla FC, le daba un auxilio económico.
UNA DECISIÓN IMPORTANTE
Junior tuvo un problema en su llegada al club. No había espacio natural para él. No encajaba en la estructura competitiva. La sub-17 ya no le daba. Y la sub-20 tenía jugadores más adelantados. Entonces tomaron una decisión extraordinaria. Le armaron competencia. Crearon un equipo sub-18 y lo inscribieron en la Liga del Atlántico. No podían dejarlo quieto.
“No podíamos dejar ese talento sin competencia”, recuerda Navarro. Y Díaz respondió como respondía siempre: marcando diferencia.
ADVERTENCIA DECISIVA
Y entonces apareció el segundo documento. El correo. La fecha: 14 de marzo de 2016. El remitente: Octavio Rivera. Los destinatarios: Antonio y Arturo Char Chaljub, Ernesto Herrera Diazgranados y otros directivos. La cúpula. La dirigencia. La decisión. Rivera no escribió para informar. Redactó para advertir.
“Personalmente pienso que Luis es el jugador más avanzado y con mejor proyección a futuro en estos momentos”. La frase, simple y contundente, era una sentencia futbolística. Pero el correo iba más allá.
Rivera advertía algo urgente: había que ayudarlo. Prepararlo. Alimentarlo. Fortalecerlo. Porque su déficit de peso corporal podía convertirse en obstáculo. Pidió contrato. Solicitó apoyo nutricional. Recomendó respaldo económico. Pidió acelerar porque ya había visto lo que podía hacer. Y porque ese domingo, jugando contra profesionales, Díaz había vuelto a sobresalir. El mensaje era claro: cuídenlo. Inviértanle. No lo dejen perder.
Para entonces, Rivera ya había hecho su propia evaluación. Recién llegado a Junior, estructuró un ranking interno de prospectos. Luis Díaz quedó primero. El número uno. La piedra angular. El proyecto debía construirse alrededor suyo.
Así lo decidieron el 16 de diciembre de 2015 en una reunión interna con el cuerpo de trabajo de divisiones menores. Francisco Sánchez, Fernel Díaz, Richard Garcés, César Gaitán y Javier Romero. Todos ellos asistieron. Dulio Miranda, Melquicedec Navarro y Juan Carlos Cantillo se ausentaron esa vez, “pero estaban muy cerca en el proceso”, destaca Rivera. No era intuición. Era convicción colectiva. Luchito tenía en la frente un letrero que decía crack.
Aun así, el proceso no fue inmediato. Gaitán hizo un trabajo físico especial con él. Cuando Alexis Mendoza quiso llevarlo al primer equipo tiburón en 2016, Rivera y Arturo Reyes, técnico de ese entonces, intervinieron. Lo frenaron. No por falta de condiciones. Por estrategia. Consideraban que primero debía curtirse en Barranquilla FC. En la B. Con roce profesional. Con golpes. Con ritmo. Con oficio. Fue una decisión clave. Porque le dio contexto competitivo antes del salto definitivo. Y funcionó.
El primero de mayo de 2016, Día del Trabajo, hace 10 años, Luis Díaz firmó su primer contrato laboral, confirmó Ernesto Herrera, presidente del Barranquilla FC. Hasta entonces, según Octavio Rivera, no tenía ni subsidio de transporte. Ni casa hogar. Ni estabilidad. Solo talento. Y hambre. Literal y futbolística. Le dieron vitaminas. Lo prepararon físicamente.
Un apoyo económico inicial. Y siguió. Sin quejarse. Sin exigir. Sin detenerse. “La comodidad es enemiga de un jugador que quiere ser profesional. Luis Díaz fue todo lo contrario: resiliente, trabajador, nunca se quejó”, recuerda Rivera.
“Su tío, Wilson, el que lo llevó a la veeduría, fue muy importante porque todos los días lo llevaba al entrenamiento en una moto. No se perdió ni un solo entrenamiento. Era el primero que llegaba y el último que se iba”, afirma Rivera.
El 6 de julio de 2017, con Julio Comesaña como entrenador, debutó oficialmente con Junior en Manizales, ante Once Caldas. Ganaron 1-0. Al colombo-uruguayo le interesó. Dulio Miranda y Reyes afianzaron su idea. “Tráelo”, le dijeron.
Y empezó la historia que ya conoce el mundo. Después vinieron FC Porto, Europa, la selección Colombia, la Copa América, Liverpool, la élite y finalmente el Bayern Munich. En todos lados ha brillado, pero atraviesa su momento más fulgurante en el gigante alemán, ad portas del Mundial 2026. El primero. Se le escapó el tiquete a Catar-2022.
Pero la historia resplandeciente de Luis Díaz no comenzó en Alemania. Ni en Portugal. Ni en Inglaterra. Ni siquiera en la primera división colombiana. Comenzó en una carta. En un correo. Dos mensajes que hoy, vistos en retrospectiva, parecen profecías.
Porque mientras el mundo todavía no sabía quién era Luis Díaz, en Junior ya había quienes lo tenían claro: en ese cuerpo flaco vivía una estrella.


