El Heraldo
Remberto Burgos, neurocirujano.
Colombia

“Hay que ser guardián de los protocolos sanitarios”: Remberto Burgos

El reconocido especialista invita a ser optimistas de manera permanente para autocuidarse y ayudar a los demás a hacerlo. 

Remberto Burgos, el neurocirujano nacido en Argentina, pero orgullosamente cordobés, que vive hace 53 años en Bogotá y se siente más Caribe que el casabe con suero que extraña cada día, pide no minimizar la gravedad del coronavirus que dice “lo cambió todo”. Asegura que la clave está en el autocuidado, que empieza por aceptar el presente y convoca a integrar un ejército de guardianes sanitarios para educar con el ejemplo y recuperar la disciplina social que hace falta en el Caribe.

P.

¿Cómo así que el coronavirus ‘abrió’ una universidad?

R.

La universidad del coronavirus nos matriculó a todos y gratis. Nadie esperaba entrar, pero hoy todos los colombianos estamos en ella y cursando sus cuatro módulos. El primero de ellos, el confinamiento. La certidumbre es aceptar esa realidad, pero aprovechando ese espacio para enriquecerme espiritualmente. ¿Cuántos pendientes no tenían las personas? Esta es una oportunidad de reinventarse en otros oficios, que por la ocupación primaria no se tenían. El segundo módulo es, no tengo ingresos. Nada más cierto. La tasa de pobreza en el país se disparó y este un gran momento para entender que los lujos no se necesitan. Puedo dar la misma hora teniendo un Cartier, un Rolex o un reloj común y corriente. El coronavirus nos está diciendo, eso no es esencial, usted no vale porque lo tiene, sino por lo que es.

P.

¿Y los otros dos?

R.

El tercer módulo, el empleo. Millones de personas están perdiendo su trabajo, pero eso da un espacio para la creatividad, y más en el Caribe donde el talento es absolutamente prolijo. Así que hay aprovechar. Y el cuarto módulo, es basta ya carajo. Se lo escuché a una parlamentaria de Paraguay, me sentí identificado y quisiera que fuera la expresión de todos colombianos para que griten: basta ya de robar, basta ya de los mafiosos que están robando en la pandemia. Me parte el alma escuchar sobre robo de mercados, de sobrecostos en alimentos porque conozco la desnutrición que padecen los niños, especialmente en el Caribe. Estos niños enflaquecidos están perdiendo una gran oportunidad porque sus cerebros jamás recuperarán lo que no recibieron en calorías durante la primera infancia. Estos mafiosos no tienen perdón de Dios, hay que señalarlos, denunciarlos y encarcelarlos. Quienes roban en la pandemia son unos canallas. 

P.

¿Cómo cambiar los comportamientos de quienes desestiman la gravedad del virus?

R.

Habla usted de epigenética.

P.

¿En serio?

R.

Los genes que tenemos modulan nuestro comportamiento, pero el ambiente, sin cambiar la estructura del ADN, nos hace que mejoremos o empeoremos ese comportamiento. Y le voy a hablar no como un cachaco que está en Bogotá, sino como un Caribe que vive en Bogotá, que es distinto. La indisciplina social del Caribe es vergonzosa. Ser Caribe es ser alegre, creativo, compartirle el mote de queso al vecino, pero no significa tener indisciplina social. Por ejemplo, no se puede aceptar que hoy un aguacero en Barranquilla sea motivo de fandango, ni que haya gallos en Soledad, corralejas en Sincé o Festival del Porro en San Pelayo. Hágame el favor. 

P.

¿Se salió el asunto de control?

R.

Este es un momento de disciplina social para cuidarnos. Ese ambiente nuestro, que da el temperamento Caribe tenemos que disciplinarlo con educación cambiando los circuitos de recompensa, persuadiendo a la gente. Hombre, por favor, si usted se cuida, cuida a su familia, a sus vecinos, a su barrio, a toda la ciudad. Pero, si el ciudadano no asume con madurez el mensaje de la persuasión, es deber de la dirigencia tomar medidas para garantizar la salud de la comunidad. La autoridad también está para hacer respetar los derechos, entre ellos el de la salud que es fundamental. 

P.

¿Cómo se modifican los circuitos de recompensa?

R.

Es un tema cerebral. Las conductas se repiten en la medida en que nos produzcan placer y bienestar, pero el sistema de recompensa es un paradigma que se puede nutrir de valores o de cosas inmediatas sin sentido. Por ejemplo, yo puedo educar a mis hijos y decirles, ustedes tienen que ser personas responsables que entiendan el bienestar colectivo y el liderazgo moral, pero cuando llego al sector público, me robo el dinero de todos. ¡Por Dios, la incoherencia de lo que digo con lo que muestro! Tenemos que empezar dando el ejemplo como la mejor herramienta pedagógica. El mensaje del liderazgo se hace con el ejemplo y lo primero es la familia. 

P.

¿Y cuál es el papel de la educación?

R.

Los profesores hoy pueden transmitir por la virtualidad todos los conocimientos, pero la presencialidad transmite competencia. Los colegios de cemento no se van a acabar, se van a modificar, pero los educadores tienen que saber que, de acuerdo con la pirámide de aprendizaje, el ejemplo es lo que forma a los muchachos. ¿De qué nos sirve tener esos cerebros tan bendecidos y talentosos si son los que suplantan para los programas de admisión en las universidades? Yo prefiero inteligencias normales, pero rectas, y no inteligencias privilegiadas, pero para la maldad. La educación es la mejor herramienta para cambiar ese ADN del Caribe, mediante todos estos mecanismos epigenéticos. 

P.

Esos procesos pueden ser demorados en medio de la velocidad de esta pandemia. Mientras tanto, ¿cómo reforzamos el autocuidado?

R.

Hay tres zonas de aprendizaje emocional. La primera es zona del miedo. Las emociones negativas hacen a las personas ser generadores de miedo. Se está a 360 revoluciones por minuto, se dispara el cortisol, se dilatan las pupilas, hay temblores, taquicardia, no se puede respirar, hipertensión… y las personas se vuelven insoportables y de alto riesgo para una enfermedad cardíaca o cerebrovascular. Cuando alguien se deja llevar por las emociones negativas y asume comportamientos que violan las normas, es un sujeto tóxico, que hay que enseñarlo y disciplinarlo. La segunda zona es de aprendizaje, son personas que se comportan racionalmente, pero en ciertos momentos el estrés hace que su conducta sea inapropiada. Es por ejemplo, la persona que va a urgencias y no quiere respetar el orden lógico del triage de admisiones y exige que lo atiendan inmediatamente o rompe una ventana. Es una combinación de razón y emoción, son capaces de contar hasta cinco, pero no hasta 10.

P.

La tercera zona, imagino que es la ideal.

R.

Es la de la madurez. En esta zona, yo tengo hoy detenidos mis proyectos porque puedo simular el futuro, pero estoy viviendo el presente. Tengo tiempo para meditar, compartir y enseñar. Es el momento en el que uno puede devolverle a la sociedad lo que la vida le ha dado. Es un tiempo para enriquecerse espiritualmente, que nos está dejando la universidad del coronavirus y en el que debemos estar todos.

P.

Eso suena genial, pero la realidad es bastante distinta para la gran mayoría.

R.

Una de las palabras que le he escuchado al presidente Iván Duque en esta crisis es resiliencia. Pero, creo que hay cambiarla por longanimidad. Resiliencia es cuando alguien se tropieza y se para, y lo hace por segunda vez, pero la tercera vez ya no lo hace. La longanimidad es el optimismo permanente ante todas las vicisitudes de la vida y hay que adquirir esa coraza de perseverancia y constancia de ánimo para que seamos nuestros autocuidadores y el de los demás.

P.

¿Cómo pasar del miedo a longanimidad?

R.

Cuando tengo una reacción de miedo es porque estoy respondiendo a una amenaza física y es una herramienta de supervivencia. Gracias al miedo se pudo evolucionar y eso permitió a los antepasados defenderse de sus enemigos. Pero el miedo tiene un grave problema, deja memoria y se convierte en ansiedad, y ésta es la generadora del circuito vicioso de la persona. Hay que racionalizar el miedo para que la ansiedad no sea la sombra del comportamiento y se pueda pasar a ser líder de un optimismo realista y no ilusorio. Yo no puedo soñar que voy a volver a mi quirófano en 15 días, eso es absurdo, pero sé que en unos meses, con los protocolos sanitarios, podré hacerlo, entendiendo que esto cambió. 

P.

¿Por qué cuesta tanto entender que todo cambió?

R.

Estamos en un momento de bololó o jarana cerebral porque hay demasiada información que no nos permite racionalizar. Tenemos la infodemia, la cantidad de mensajes que se reciben, y la infoxicación, lo tóxico de esos mensajes que no se alcanzan a procesar. La clave está en el autocuidado, que empieza por aceptar el presente. Segundo, tengo que centrarlo. No basta con aceptarlo porque eso es vago, pero cuando yo lo pongo en el lóbulo frontal, centro el problema. Luego, hay que actuar y viene algo que es clave, la pertinencia y la pertenencia. Ante la realidad del virus, me convierto en guardián de los protocolos sanitarios y después de eso, tengo que proyectar.

P.

Trate de explicarlo mejor, por favor.

R.

Se lo voy a decir anatómicamente. ¿Usted se acuerda qué es el cuerpo calloso?

P.

Eso está en el cerebro, estoy segura.

R.

El cuerpo calloso es un puente. Une el cerebro izquierdo con el derecho. Si no existiera el cuerpo calloso, seríamos como dos personas en una. La del hemisferio izquierdo y la del hemisferio derecho. El cuerpo calloso une la parte racional con la emocional, artística o metafísica. Y quiero decirle con franqueza algo que reflexioné, el Caribe no tiene cuerpo calloso.

P.

¿Cómo así?

R.

A las personas se les dice que tengan distanciamiento social, que se laven las manos, que usen mascarilla o tapaboca, que cumplan las medidas de higiene básicas… y se comprometen a hacerlo, pero cuando llegan a la casa se les olvida y organizan una fiesta con los vecinos. La información que se les dio no les llegó al hemisferio izquierdo y como quieren celebrar, terminan haciendo lo que el hemisferio derecho les está diciendo, que organicen una pachanga. No tener cuerpo calloso es como no tener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Cuando no tengo cuerpo calloso, tengo que buscar un responsable de mi incoherencia y ese responsable es quien está al frente de esta batalla. Reconstruir ese cuerpo calloso del Caribe es un imperativo social y de la salud de nuestros pueblos. 

P.

¿Habla usted de lo que le está pasando a los médicos y demás profesionales de la salud?

R.

¿Qué culpa tiene un médico que está en urgencias, que es tan necesario en la pirámide de salud, que de 10 pacientes que llegan a cuidados intensivos la tasa de mortalidad general sea del 20%? Eso no es culpa de nadie, esa es la historia alrededor de la gravedad de las enfermedades. Pero sí es responsabilidad de cada persona que no se tome la medicina hipertensiva para evitar un derrame cerebral.

P.

¿Por qué cree que no se entiende así?

R.

El coronavirus nos enseñó a descubrir lo fundamental y nos mostró lo vulnerables que somos. Todos tenemos los mismos riesgos y el virus no toca timbre para entrar al estrato seis, entra, y en el uno, pasa derecho porque la puerta está abierta. El coronavirus ha penetrado en todos los seres humanos, lo inaudito y reprochable es cuando se le da una respuesta irresponsable y más aún, cuando se trata de personas que por su condición socioeconómica, se supone, tienen acceso a más información y conocimiento sobre el tema. Es injusto e inaceptable que el personal sanitario, que está exponiendo el pellejo por las personas que cuidan, sufra la mínima amenaza. Son profesionales sometidos a ansiedad y miedo, lo que podría llevarlos a tener reacciones adversas. 

P.

¿Quién es el guardián sanitario de su casa?

R.

Mi esposa. Lo hace mejor que yo, pero todos tenemos que ser guardián de los protocolos sanitarios. Cada cuadra debería tener, por responsabilidad colectiva, una persona con esta labor y deberían ser las esposas, madres y abuelas. Estoy seguro que, con esa estrategia, las cifras escandalosas de la incidencia y prevalencia del coronavirus en Barranquilla y el Atlántico disminuirían. Todos debemos estar en el mismo planchón empujando hacia la orilla del bienestar. Hay que aprovechar que en el Caribe somos unos grandes cuenteros para que nos cambiemos la narrativa de nuestra vida, siendo coherentes.

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