A menos que se registre una viraje supremamente sorpresivo, imprevisto, súbito y casi que sobrenatural, las elecciones presidenciales de Colombia de este domingo tendrían en el senador oficialista Iván Cepeda, la opositora Paloma Valencia y el outsider Abelardo De la Espriella los principales candidatos a reemplazar a Gustavo Petro en el tercer piso de la Casa de Nariño.
La batalla política, en esta ocasión, parece tener los tintes claros. Es negro o blanco. Derecha o izquierda. Orillas distintas. Extremos que se repelen. Nada de grises o tibiezas. No obstante, ni el Gobierno de Gustavo Petro, que cuenta con un respaldo sólido y fiel a lo largo del país, ni los otros dos aspirantes, que dividen los votos de la oposición, tienen, de acuerdo con las recientes encuestas, el suficiente respaldo popular para ganar de un tajo en primera vuelta.
Claudia López, Sergio Fajardo o Roy Barreras, candidatos del espectro político de centro, siguen perdidos en el laberinto de un proyecto que, en tiempos de polarización y radicalismo, no convence ni mueve las fibras de la sociedad en general. Sus votos, en cambio, se subastan al mejor postor. Se anhelan, se pelean y se cuentan uno a uno. El centro –que a juzgar por los expertos es el gran botín a pelear- está jugado por los extremos.
Por un lado, la izquierda apela a arropar a los colombianos de centro-izquierda, sin embargo, los cuestionables resultados de gestión del Gobierno en los últimos años son vistos con recelo aún. La derecha, por su parte, ha apostado por tratar de inclinar la balanza acercándose más a otros grupos alejados un poco de su ideología; sin embargo, este movimiento, promovido por el Centro Democrático, ha generado fisuras en sus bases más tradicionales.
Debido a lo anterior, el consultor político Jairo Libreros asegura que la emoción, aquel sentimiento que no pueden cuantificar las encuestas ni los análisis, será finalmente quien incline la balanza en los comicios.
“La suerte está echada. Un sector entre el 20 y el 25% no ha tomado la decisión, la va a tomar antes de ir a las urnas. (...) En las elecciones pasadas el presidente Gustavo Petro le sacó a Rodolfo Hernández cerca de 600 mil votos, que es muy poco. Si tú sumas lo que tiene Sergio Fajardo o lo que representan Claudía López estamos hablando fácilmente de 900 mil votos, eso puede hacer la diferencia. En segunda vuelta las formas de actuación son distintas”, señaló.
A su turno, el analista Gabriel Cifuentes consideró que la actual campaña está marcada por pos impulsos que generan los candidatos en sus bases más marcadas.
“La primera lectura es tal vez la más simple de todas. Los colombianos tendrán que elegir entre un proyecto continuista o de oposición. Las presidenciales serán un referendo de la administración Petro. Este escenario se desarrolla en un contexto marcadamente maniqueísta donde más que ideas afloran emociones que dan pie a una tóxica polarización, ajena a todo propósito común, puesto que se alimenta de la exclusión del otro y su aniquilación política. No gana necesariamente quien presente las mejores propuestas. Lo hace el que encarne de la manera más apasionada la antítesis de su oponente”, explicó.
De acuerdo con el experto, cuando el populismo “decide tomarse en serio a sí mismo y se asume como poder constituyente, buscando convertir el clamor popular en fuente inmediata de derecho, la separación de poderes y las libertades comienzan a derrumbarse. Pero también el populismo de derecha, al margen de cualquier veleidad constituyente, de hecho, podría reducir el Estado social de derecho y sus avances a su más famélica expresión y convertirlo en mero Estado de seguridad”.
Por su parte, Alejandro Chala, investigador de la universidad Externado, consideró que el viraje al centro, que fue la apuesta de Álvaro Uribe Vélez y Paloma Valencia para tratar de contener la disputa por la derecha que había propuesto la campaña de De La Espriella, “terminó saliendo mal”.
“Las negociaciones con la centroderecha, que la campaña de Abelardo señaló de ser pactos con el establecimiento terminó calando en un votante de derechas que percibe que el uribismo como proyecto político ya no le llena en sus demandas políticas.
Las opciones institucionalistas terminaron sin la capacidad de articular un mito fundacional que sustentara cómo iban a escuchar a sectores políticos de izquierda y derecha que demandan fuertes transformaciones en el sistema político colombiano.
Considerándolos amenazas para la democracia, estos sectores sociales, tanto desde el clivaje de redistribución y desigualdad, como desde el clivaje de seguridad y disputas socioculturales, los castigan con el voto. Ahora mismo no hay una opción de centroderecha o de centroizquierda que sea capaz de entender el voto antiestablecimiento que está moviendo estas elecciones”.
Confianza excesiva
Por su parte, la Fundación Paz y Reconciliación, Pares, señaló hay grandes diferencias entre la campaña de Gustavo Petro y “esta que encarna ahora las banderas del progresismo: la de Iván Cepeda”.
“Una de esas diferencias es la renuencia que sigue teniendo el candidato del Pacto Histórico a abrirle la puerta a los operadores políticos con los que Petro hizo realidad algo que parecía absolutamente imposible para un político de izquierda: romper la barrera de los ocho millones de votos y llegar a rozar los 12. Está claro que Iván Cepeda no le contesta el teléfono a los Benedetti ni a los Roy. Esto hizo que la esposa de Benedetti, Adelina Guerrero, diera declaraciones públicas y advirtiera que, si se descuidan, los de Cepeda podrían llevarse una derrota inesperada”.
En este sentido, de acuerdo con el observatorio, desde diferentes sectores, incluso desde el mismo progresismo, “se ha criticado ampliamente la falta de chispa que ha tenido una campaña como la de Cepeda a la que se le ha cuestionado, desde hace semanas, una presunta sobradez de confianza. En realidad, lo que han hecho Cepeda y sus huestes es intentar dar una imagen muy cercana a la de la austeridad y contrastar el derroche del que han hecho gala sus rivales”.





















